Publicidad
por Alfonso Marín Caballero

Día a día vemos y oímos muchas campañas desinteresadas y muy loables en favor de diversas causas. Muchas de ellas tienen como denominador común la protección de especies como el Lince Ibérico, la Cigüeña Negra, el Oso Pardo, el Búho Real, los tronistas de Mujeres Hombres y Viceversa, etc…

Pues bien, hay una especie de vital importancia en nuestras vidas que está desapareciendo inexorablemente de nuestros ecosistemas. Esta especie hace unos años era impensable que desaparecieran y por culpa de nuestro ritmo de vida y nuestras costumbres inmobiliarias (adosados, pareados, urbanizaciones privadas, chalets, etc…), se nos están yendo como agua entre los dedos; no nos estamos dando cuenta de esa perdida y lo peor es que cuando llegue ese día, el daño será irreparable. Me refiero como no, a las vecinas.

Pero no esas vecinas jóvenes y de buen rollito; ni esas otras que no sabes que viven en tu calle. Tampoco esas que se colocan sus mallas, su camiseta fucsia y sus zapatillas y salen a la “Ruta del Colesterol” (qué daño está haciendo el joío Decathlon); las vecinas que yo digo no han hecho deporte en su vida, ejercicio sí, deporte no, que no es lo mismo. Yo estoy hablando de esas vecinas cuyo nombre siempre empezaba por “la siña”: La siña Juana, la siña María, la siña Francisca… esas vecinas.

Personas que para tu madre eran de total confianza, “¡más que de familia!” decía muchas veces. Algunas solían tener siempre un juego de llaves de tu casa por si las moscas y por si te ibas fuera unos días, para que pudieran ir a “darle una vuelta a las macetas”. Mujeres que sin preguntarles, solían informarte de todo lo que ocurría en la calle y que estaría dispuesto a asegurar, que informaban a toda la calle de lo que te ocurría a ti…

Vecinas que no se cortaban un pelo en hacerte preguntas, en muchos casos incisivas y en otras ocasiones preguntas de portugués (que pregunta lo que ves):

–Si te veía con las “Bolsas de Gragera”: ¿Qué venimos de la compra…?

–Si te veía con bolsas pero era jueves: ¿Qué venimos del mercadillo…?

–Si te veía con la nevera y la mesa plegable: ¿Qué nos vamos de campo…?

–Si te veían llegar a casa de noche, en su versión veraniega (con su sillita en la acera): ¿Ya venimos de “recogía”…?

Por supuesto también las había discretas, esas que aunque nos las vieras, sabías que estaban ahí, ninguno éramos Íker Jiménez pero todos podíamos percibir su presencia detrás de una ventana o una persiana. El Climalit es su kriptonita, la insonorización de las viviendas está acabando con ellas.

Las había muy hacendosas, podían tirarse toda una mañana barriendo y fregando su puerta (“su puerta”: Dícese del espacio comprendido por el total de la fachada de su casa, más la parte proporcional de acera que le corresponde por fachada, más una porción de asfalto o carretera, que irá variando en función de lo lejos que sea capaz de lanzar el agua con el cubo, una vez ha terminado de fregar “su puerta”).

Las había también cariñosas, esas que siempre tenían para ti una palabra amable, un piropo ó un halago; para ellas tú nunca crecías, pasasen los años que pasasen tú siempre eras “Alfonsito”…

Las había de todos los tipos: viudas o casadas, con luto o sin luto, con bata o sin bata… pero las había. Y es que da igual cuánto se las critique o cuántos chistes se puedan hacer sobre ellas, la realidad es que siempre estaban ahí, para lo que nos parecía malo o molesto, pero sobre todo también estaban para lo bueno. Las calles tenían vida, las puertas tenían caras y los patios tenían voces. Vecino a vecino se hacían calles, calle a calle se hacían barrios y barrio a barrio se hacían pueblos. Empecemos las casas por los cimientos y empecemos los pueblos por los vecinos. Cuidemos a nuestros vecinos, al fin y al cabo todos somos vecinos y es como cuidarnos a nosotros mismos.

Ahí lo dejo…