por Chema Álvarez

Por arte de birlibirloque y sin venir a cuento, el escudo de Montijo que figura, de modo oficial, en la llamada y supuesta Revista de Ferias aparece con una corona de cinco puntas que no le corresponde ni le ha correspondido nunca, no sabemos si de duque, de marqués o de conde, o quizás de los Latin Kings, que también utilizan este símbolo como seña de identidad.

Semejante ocurrencia, atribuible a quienes firman como colaboradores del pastiche, es similar a la de aquella señora que, creyéndose con libertad de hacerlo porque se le había encargado por las autoridades locales, redibujó a su modo un Ecce Homo mural de un santuario de Borja, en la provincia de Zaragoza, situando pintura y pueblo en el centro de la rechifla internacional.

En la trama que pretende coronar con un símbolo de nobleza aristocrática a lo que siempre ha sido el escudo mondo y lirondo de un pueblo llano y sencillo, como lo es el de Montijo, es de imaginar que se han combinado el desconocimiento absoluto sobre la iconografía del municipio y laissez faire de la concejala encargada de la revista con el atrevimiento de quien veía que la ocasión la pintaban calva para hacer de las suyas y encasquetar al blasón un motivo ajeno que casa con su particular interpretación de las cosas, costumbre ya más que demostrada en otros trabajos pueblerinos suyos, donde se cuenta la Historia de aquella manera.

Puestos a añadir aderezos, hubiera quedado mejor ir con los tiempos y convertir a uno de los maceros en macera y colgar de los árboles pelones algún que otro columpio, con un pozo a rebosar de camalote. Tal vez así se hubiera disfrazado ese afán por hacer con lo que es de todos lo que a uno le da la gana y quedarse después tan pancho, sirviéndose del consentimiento o, lo que es peor, la ignorancia absoluta y pasividad de quien debe velar por lo público.