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El bruto desalmado que anda suelto entre nosotros
El bruto desalmado que anda suelto entre nosotros
por Chema Álvarez

Todo apunta a que no ha sido el fuerte viento de esta tarde de primavera el que ha tronchado un naranjo que crecía a la sombra de la iglesia de San Pedro de Montijo en su pared este.

Ni tan siquiera parece que el tronco astillado que todavía se yergue sobre el alcorque, separado de su otra mitad desgajada, arrumbada en el suelo, hayan resultado de algún fortuito accidente.

Más bien se diría que alguien se ha empeñado en romper el árbol, en doblar su tronco hasta conseguir partirlo.

Y no sabemos a qué se debe ese afán por destrozar algo que está vivo, de dónde le viene la saña a quien lo haya hecho, qué interés hay en infringir tanto a daño a un ser vivo que, en definitiva, no molestaba a nadie y daba sombra durante las mañanas al paseante mayor que por las mañanas se sentaba a su vera, en el poyo aledaño.

Sólo intuimos el momento brutal de la mutilación, la hazaña cobarde del miserable que se atreve a agredir a quien no se puede defender ni puede ofender, la bajeza moral del desgraciado que anda suelto por la vida, entre nosotros, el mismo individuo que ahoga en el canal perros recién nacidos o envenena camadas de gatos para enterrarlos, vivos aún, en una bolsa de plástico donde asfixiarlos que tirará después en cualquier lugar apartado de los ojos de sus vecinos, como por ejemplo detrás de la tapia del cementerio.

Y lamentamos -una vez hecho el daño y en la convicción de que lo seguirá haciendo siempre que se le presente la ocasión- el desamparo, la desgracia y el riesgo de quienes le rodean en su vida diaria, sin saber tal vez que conviven (y malviven) con un ser violento, cruel, desalmado, sádico y, sobre todo, un seguro verdugo de sus propios vecinos y vecinas en tiempos de violencia consentida.