por Chema Álvarez

Tal vez a usted, hipotético lector o lectora, le importe un pimiento que la materia de literatura universal se elimine de segundo de bachillerato y pase a primero como optativa a elegir en esta etapa. Allá usted con sus intereses y preocupaciones, pero a quienes está claro que sí les importa tal ejecución vil y sumaria es a la caterva de políticos zoquetes y marrulleros que tienen la oportunidad de meter la zarpa en la caja de Paideia y elegir qué saberes y valores hay que cultivar en la enseñanza, con el fin de que sirvan no al interés general, sino a su propio interés particular y al de sus amigotes, que es el de enriquecerse sin que nadie cuestione su afán de codicia, mientras hacen del sistema educativo un antro donde se entrena al alumnado a ser un pelín más cabroncete en la vida, donde hay que aprender a alzarse sobre los demás y donde la empresa, al más puro western capitalista, se convierte en el último objetivo neoliberal al que uno o una pueda aspirar.

Estos hijos e hijas de Friedman saben perfectamente que los educandos de hoy son los votantes de mañana, y por eso se empeñan en eliminar o menoscabar aquellas materias tradicionalmente consideradas como de letras, que contribuyen a lo que conocemos como una formación integral del individuo, y que complementan, sin ser menos, a las otras tan necesarias de ciencias, de las que tratan de desprender todo valor humanista en beneficio de un utilitarismo a sabiendas mal entendido.

Ya lo intentaron con la música y con la filosofía y ahora le toca a la literatura universal.

De este modo, con esta paulatina merma de disciplinas humanistas, contribuyen a afianzar esa indolencia infantil y perpetuo hedonismo adolescente que aqueja, a ráfagas, a parte de la gleba estudiantina, ensimismada –como sus mayores- con los nuevos cachivaches tecnológicos, ajena a la cuestión colectiva de la polis y que sólo mira por su pellejo individual cuando Dios aprieta, momento en el que agacha la cerviz o se descubre frente al señorito de turno, ignorante de las estrategias que le podrían ayudar a dar una respuesta adecuada a quien ejerce de canalla con total impunidad.

Lo borrego, lo mediocre, es entonces lo único que queda en este mundo sin referentes literarios donde jamás podrá escapar Edmundo Dantés del Castillo de If, porque no sabe qué cosa es la libertad del individuo, ni la anhela, como tampoco sabrá qué hacer el náufrago con los tablones de madera y el barril de pólvora que salvó de su naufragio, con los que puede construir una cabaña en la que, tarde o temprano, tendrá que explicarle a Viernes que se puede ser esclavo sin necesidad de llevar cadenas.

La censura, ese afán por levantar muros ante el avance del conocimiento, se ejerce de muchas y diversas formas. Nuestra élite política, sumida en el pudridero de la corrupción más que tocada por la virtud griega de la areté, está empeñada en hacer de la nuestra una sociedad iletrada. Es la única forma de que no reconozcamos fiscales corruptos, gobernantes ladrones o empresarios zambullidos en la codicia, o que, a pesar de reconocerlos, no nos atrevamos a señalarlos con el dedo, lo que quizás sea peor.   No andaba muy desencaminado Ray Bradbury cuando en su obra Fahrenheit 451, joya de la literatura universal, escribía (extracto de una traducción de Alfredo Crespo en Debolsillo):

“Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares. Atibórralo de datos no combustibles. Entonces, tendrán la sensación de que piensan. Y serán felices. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino, se encuentra la melancolía”.

 

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