por Alfonso Pinilla

Desencanto, desengaño, decepción. Son los primeros síntomas. Una sociedad sin esperanza ni horizontes anhela un redentor que dé ilusión al gris correr de los días. Tantos lunes al sol pesan en el alma, por eso da igual la facha del personaje: pelo amarillo, coleta morada, todo vale.

El verbo del líder ha de ser florido, su actitud resuelta, su porte diferente, buen conocedor y dominador de la oratoria, perfecto animal mediático que vive como pez en el agua rodeado de cámaras y micrófonos.

Y ahí, consciente de que el propio medio es el mensaje, va dejando de ser persona para convertirse en personaje, diciendo al personal lo que quiere oír, satisfaciendo de palabra tanta expectativa concreta. Alucinados con el imprevisto éxito del “fenómeno”, quienes hasta ahora llevaban las riendas de la nave se preguntan ¿por qué? Temen que, como elefantes en cacharrería, las soflamas se abran paso hasta convertirse en realidades y los desvaríos en decisiones. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Como siempre, los imperios caen, los sistemas se derrumban, las civilizaciones perecen por causas endógenas, por contradicciones internas. Roma, España, Inglaterra. Pequeños contingentes humanos capaces de dominar el mundo, creando grandes imperios, acaban reducidos a anécdotas de la historia. Y siempre por la misma razón: no supieron regular, moderar, superar, enfrentar sus propios desajustes.

Hay contradicciones que matan. Ayer, en “Got Talent”, infumable programa, vi a una chica poco agraciada físicamente que cantaba muy mal. La reacción del jurado: risa desbordada, comentarios denigrantes, burla masiva. La respuesta del público, mientras la muchacha intentaba terminar su canción: pulgares hacia abajo, cual populacho en medio de los juegos circenses, y crueles palmas de tango. Sin solución de continuidad, la siguiente actuación consistió en un chico al que le faltaba una pierna. Resuelto, hacía cabriolas ayudado por su prótesis metálica, sobre un monopatín. El muchacho cayó al principio y el jurado –¡oh, qué loable muestra de solidaridad y generosidad!– decidió concederle una segunda oportunidad que el chaval supo aprovechar, bordando el número y asombrando a quienes hacía unos minutos demostraron frente a la desafortunada cantante crueldad e inmisericordia. “En este programa no importa caer, sino saber levantarse”, dijo un individuo del jurado, famoso por guardar la pose de maldito sin causa. Cuánta magnanimidad para unos, cuánta crueldad para otros.

Todo mentira. Lo “políticamente correcto” es una hoguera donde arden nuestros valores; y el espectáculo, esas pavesas que vuelan en prime time, las cenizas de una humanidad vacía, entregada al entretenimiento. Tener valores implica jerarquizar categorías morales, conceptos fundamentales que rigen nuestra vida: la libertad, la igualdad, el respeto, la solidaridad… Para unos, la igualdad estará antes que la libertad, para otros será a la inversa, pero he ahí el debate, la pugna, la alternativa, la tensión dialéctica que soporta las civilizaciones. Sin esa pugna todo se va al garete.

Y por eso nuestras democracias languidecen, presa de los populismos que arrecian a izquierda y derecha, movimientos que son puro envoltorio, simple espectáculo, escena sin bambalinas. En la era de la “posverdad”, o de las mentiras vestidas de certidumbre; en la época del todo vale y de las ideas líquidas (que no son ideas sino ocurrencias); en este instante de la historia donde hemos renunciado a reflexionar, definir y defender nuestros valores, estamos desarmados ante la demagogia y los radicalismos. Confundiendo “tolerancia” con “rendición”, “libertad” con “libertinaje”, “igualdad” con “igualación” hemos ablandado tanto el cuerpo social que sólo ponemos la otra mejilla cuando desde fuera, o desde dentro, nos golpean.

La culpa es nuestra. O las democracias liberales reaccionan, regenerándose, o todo el bienestar acumulado, el progreso duramente conseguido, tanto esplendor en la hierba, se marchitará con más prisa que pausa. Y la belleza, pese a los lamentos, “sólo habitará en el recuerdo”.