por Alfonso Pinilla García

En 1981, el genial John Huston dirigió una película cuyo reparto reunía jóvenes promesas de la taquilla (Silvester Stallone), maestros de la interpretación (Michael Kane, Max Von Sydow) y una constelación de futbolistas que ascendió por méritos propios al olimpo del balón (Pelé, Boby Moore, Osvaldo Ardiles). El film, que recuerda a la “Gran Evasión” de John Sturges, narraba la historia de un grupo de soldados que escapa de un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, aprovechando un partido de fútbol que los alemanes organizan para mayor gloria del “Fhürer” contra los demacrados prisioneros. La historia termina con final feliz, y aunque su título original es “Victory”, en España la conocimos con este otro título que expresaba una inquietante disyuntiva: “Evasión o Victoria”.

Ni Cristiano Ronaldo, ni Messi, ni Neymar, ni Mourinho, ni Özil, ni Mascherano, ni Casillas, ni otros magos del balompié y del fisco tienen que elegir entre evasión de impuestos o victoria ante las masas, pues este mundo postmoderno es tan fútil que el estafado aplaude al estafador haciendo gala de un vergonzoso síndrome de Estocolmo. Aquí no caben disyuntivas cinematográficas: la Evasión es compatible con la Victoria.

Las iras de la masa se lanzan contra el político de turno. La indignación acampa en las Plazas Mayores, gritando contra los recortes y la artificialidad de unas instituciones que “no nos representan”. Las cajas destempladas vuelan sobre las cabezas de los banqueros y de los grandes empresarios que, “con cuernos y rabo”, estrujan la buena fe del común para llevarse los pocos cuartos que permitían al currante llegar a fin de mes. Los corruptos que estafan al fisco nos privan de una sanidad y educación públicas de calidad; de unas pensiones dignas; de una prestación por desempleo cada vez más exigua; de un Estado del Bienestar, en fin, que se nos viene abajo por los recortes de Rajoy, los pagos en “B de Bárcenas” y tantos latrocinios dentro y fuera del hemiciclo, a uno y otro lado del espectro político.

Sería sospechoso que una sociedad ante la que desfila tanto corrupto se mantuviera con los brazos cruzados, y no lanzara gritos de repulsa contra los salteadores de caminos. Por otra parte, es tan legítimo como saludable que haya discrepantes con la gestión de las políticas sociales que desarrolla el gobierno, pero, aún aceptando que la contradicción es materia prima del existir –y que la vida es pura regulación de contradicciones– sólo cabe sorprenderse por los vítores que siguen registrando estos ases del balón que ganan miles de millones de euros y ocultan al fisco las suculentas migajas. Vivir es contradecirse, pero hay contradicciones que matan.

¿Qué supone un mísero 20% de sus ingresos para un multimillonario como Ronaldo? Pues ahí está la figura, impune y aplaudida, mientras pone a buen recaudo de Hacienda (que somos todos) el dinero ganado con el sudor de una frente tan maltratada –ay– por los focos y flashes de durísimas sesiones fotográficas. Si este comportamiento, repulsivo por insolidario, fuera endosado por el Follonero al presidente de Mercadona, no duden que mañana estaría nuestra montijana calle del Conde atestada de cacerolas indignadas. Pero si el evasor se llama Ronaldo y juega en el Madrid, o Messi y marca goles para mayor gloria de su club (que simboliza a una nación, y por tanto es más que un club), entonces la repulsa se convierte en apoyo al héroe perseguido, la indignación en forofismo, el escrúpulo en “pelillos a la mar” y el “no nos representan” en “gracias por salvarnos” de la rutina que inunda el almanaque. Porque para eso están los héroes, para “darnos pasiones con las que ejercitarnos”; para rescatarnos de la gris jornada laboral –en eterno retorno de 8 a 3–, de nuestro aburrido matrimonio y del callejear cansino por las tardes de invierno (cual taxista inopinado), repartiendo a la prole entre una actividad extraescolar y otra… El fútbol es un oasis y una evasión. Aquél regate se convierte en una obra de arte ante tanta mediocridad, el gol es explosión de emociones que sublima frustraciones y los minutos de descuento la dulce agonía que precede al inapelable pitido final, tras el que vuelve la vida triste que sólo endulza El Larguero al filo de la madrugada. Y como el fútbol es deporte de masas, y se vive en manada, compartes con mil gargantas todas estas pasiones, amplificándolas hasta que tanto grito se funde en afónica sinfonía hasta forjar una increíble, impenetrable, aleación. De ese bullicio está hecho el escudo que te protege de tus debilidades, de tus miedos, de tus desencantos, de tu silencio, de tu tristeza. La tribu te fortalece porque tu naturaleza –como la de todo hombre– es gregaria y sólo se siente libre asida a un himno, a una bandera, a un héroe, a un Dios.

Y a los Dioses no se les derriba, ni se les ridiculiza, ni se les critica, ni se les ataca, ni por supuesto se les exige pagar impuestos. Por eso tanto monta, monta tanto: igual defrauda Messi que Ronaldo.