Guernica, Picasso, 1937.
Guernica, Picasso, 1937.
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por Chema Álvarez

“Y nos lanzaron una lluvia de fuego, metralla y muerte. Y destruyeron nuestro pueblo. Y aquella noche ya no pudimos volver a cenar en nuestra casa, ni a dormir en nuestra cama. Ya no teníamos hogar. No teníamos casa”.

Declaración de los testigos supervivientes al bombardeo de Gernika tras la lectura del reconocimiento del Presidente de Alemania.

Quien vaya a Bilbao o ande cerca no puede dejar de visitar el Museo de la Paz de Guernica, en la Plaza de los Fueros de lo que hoy día es la villa de Gernika-Lumo.

El museo no sólo llama la atención por su temática, inscrita en el ámbito de la Cultura de Paz a partir de un concepto de esta última como paz activa y transformadora, según los trabajos del filósofo Johan Galtung, sino también por disponer del Fondo Southworth, compuesto por más de 3.000 libros, periódicos y diversa documentación sobre la Guerra Civil y el franquismo perteneciente a la biblioteca de Herbert Rutledge Southworth, el autor de El mito de la cruzada de Franco, publicado en español por la Editorial Ruedo Ibérico en 1963 y Guernika, Guernika!, Un estudio sobre Periodismo, Diplomacia, Propaganda e Historia, publicado originalmente en inglés en 1977. Ambos libros son esenciales para conocer los muchos empeños que se han llevado a cabo desde gobiernos y profesionales del periodismo y de la Historia para falsear la verdad de los hechos más crueles de la Guerra Civil Española, tales como la matanza en la plaza de toros de Badajoz y el bombardeo de Guernica.

El 26 de abril de 1937 la villa de Guernica fue arrasada literalmente por el bombardeo y ametrallamiento sistemático de la aviación alemana y las fuerzas aéreas italianas a las órdenes del mando rebelde, especialmente los sublevados Franco y Mola. La Legión Cóndor alemana, a cuyo mando se encontraba el teniente coronel Wolfram von Richtofen -quien, como cuenta Paul Preston en El holocausto español, luego organizaría la Blitzkrieg sobre Polonia-, se empleó a fondo sobre una población civil que ese día, lunes, disfrutaba del mercado al aire libre. La estrategia a seguir fue la de lanzar primero bombas rompedoras ordinarias, para hacer salir a la gente de los refugios antiaéreos, después ametrallar a quienes huían desde el centro de la villa hacia los bosques cercanos, con el fin de hacerles volver de nuevo a los refugios y, por último, soltar racimos de bombas incendiarias y proyectiles que profundizaban varios metros en la tierra, hasta llegar a esos mismos refugios, donde estallaban.

En tres horas de intensos bombardeos el centro de la villa quedó totalmente arrasado y 271 edificios fueron completamente destruidos. El Gobierno de Euskadi estableció en 1.654 las víctimas mortales, si bien nunca se pudo saber el número exacto de muertos y heridos –se estima que superó esta cifra-, dado que los escombros no fueron retirados hasta 1941.

Sin embargo, como se dice en la misma documentación del Museo de la Paz, disponible en su página web, “el régimen franquista no consignó ningún deceso en este tiempo y procuró eliminar los registros elaborados por las autoridades vascas, borrando así incluso la memoria de las víctimas”.

A partir de aquel bombardeo, cuyo objetivo era probar nuevo armamento de guerra y dar un golpe brutal en el símbolo de la patria vasca, comenzó una labor de zapa y de mentira, acompañada de una absoluta ausencia del reconocimiento de la culpa por parte de determinados historiadores y gobiernos. A fecha de hoy el Gobierno Alemán ya ha pedido perdón por el crimen al pueblo de Gernika, en una carta remitida por el Presidente Herzog en 1997 a los supervivientes, en nombre del parlamento germano, y a instancias de la diputada verde Petra Kelly ante el Bundestag. Ni el ejército español, ni ningún gobierno democrático posterior a la dictadura franquista, ni nadie que pueda tener alguna responsabilidad institucional, ha reconocido culpa alguna aún en esta masacre indiscriminada ni ha manifestado cuestionamiento alguno frente al revisionismo que, de vez en cuando, se atreve aún a cuestionar la verdad de los hechos.

Guernica, junto a la matanza de Badajoz, quedará siempre en nuestra memoria colectiva como el más triste y roto espejo de la más cruel de las guerras, la guerra civil, sea ésta en los Balcanes, Oriente Medio o África, sea de ayer o de hoy. El bombardeo indiscriminado de poblaciones civiles sigue estando a la orden del día en las guerras actuales, ya sea a manos de fuerzas dictatoriales o de fuerzas democráticas, inscritas en la mal llamada comunidad internacional. Quien quiera sentir, mínimamente, cuánto sufrió Guernica aquel 26 de abril de 1937, día de mercado, debe acudir a su Museo de la Paz, atravesar la exposición permanente y llegar a una sala donde hay una pared espejada. Allí una silla, en mitad de un cuarto vacío, le está esperando.