por Chema Álvarez

Casi con total seguridad, ninguno de los presos que trabajó como esclavo de Franco en las llamadas colonias penitenciarias de Montijo resucitó a los tres días de morir para contarnos su particular víacrucis de años de explotación y miseria.

Ninguna procesión de devotos y devotas disfrazados anduvo jamás al son de fanfarrias por los pedregales que llevan desde el pueblo, por la antigua carretera de La Nava, al camino de las colonias para recordarnos la penitencia de los 1.500 presos y de sus familiares.

Tampoco las aguas de este canal, abierto a pico y pala, serán bendecidas jamás por ningún obispo u otro padre de una Iglesia sujeta a una interpretación de las bienaventuranzas que no cuestiona su entusiasta participación en la edificación de semejante calvario.

Sin embargo, a pesar de que el canal de Montijo se empeña en llevar corriente abajo las aguas del olvido, un grupo de mujeres y de hombres nos acercamos el pasado 15 de abril a homenajear la primavera de quienes la perdieron entre las alambradas de este campo de concentración franquista que sobrevive a los oficios de la desmemoria.

Ningún cartel, ningún poste indicador, ninguna señalización da seña alguna a la salida del pueblo a quien quiera dirigirse a este lugar, a pesar de que si usted va por Montijo podrá encontrar numerosos carteles, postes y señalizaciones que hacen referencia a su pasado: pozos comunales, yacimientos arqueológicos e incluso señalizaciones del camino a charcas de fantasía y leyenda donde se sitúan hechos y personajes que nunca existieron ni ocurrieron.

Pero nada hay sobre las colonias, como si la ausencia de cualquier referencia al camino que conduce a las mismas fuera un empeño en el olvido.

El pasado 15 de abril, quienes anduvimos de nuevo ese camino de la memoria, leímos en compañía del viento de silencio que nos llegaba por encima de las aguas del canal desde los barracones, los versos del poeta Marcos Ana, quien estuvo 23 años en las cárceles franquistas:

Hablaré por vosotros:

Hablaré por vosotros.
Excavaré con mi palabra hasta encontraros
en las sangrantes raíces sumergidas
de vuestros corazones enterrados.

Hablaré por vosotros.
Reconstruiré la voz de vuestros labios,
su semilla final, la de aquel grito
constelado de estrellas y balazos.

Hablaré por vosotros.
Y extenderé el secreto que os dejaron
en la oquedad terrible de los ojos
la voz estremecida de los astros.

Hablaré por vosotros.
Jamás olvidaré aquellas madrugadas,
los últimos abrazos, las gargantas
de vuestra dignidad amordazadas.

Marcos Ana.