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por Chema Álvarez

Con ocasión de la celebración por parte de la Biblioteca Municipal de Montijo del Día Mundial de la Poesía con un acto titulado Las poetas olvidadas de la Generación del 27, conviene recordar que ese nombre, el de Generación del 27, le fue atribuido por Dámaso Alonso al grupo de escritores, mayoritariamente hombres, que participaron en los diversos actos de homenaje que ese mismo año, 1927, se realizaron entre Madrid y Sevilla para conmemorar el tercer centenario de la muerte del poeta Luis de Góngora y Argote.

Hasta aquí lo que nos cuenta la Historia y lo que nos han contado los distintos planes de estudio desde que en 1953 Joaquín Ruiz-Giménez, ministro entonces franquista de Educación Nacional, introdujo su reforma educativa (la del PREU o curso preuniversitario), en la que ya se mencionaba, de modo timorato, a algunos autores de esa llamada Generación del 27, aunque no a todos, y menos aún a los que desde el exilio seguían siendo molestos con el Régimen. Cabe decir que Ruiz-Giménez, político camaleónico donde los hubiere -que solía hablar de Franco como de la cuarta persona de la Santísima Trinidad–, no fue sólo ministro franquista con uniforme de Falange, sino también el primer Defensor del pueblo con el PSOE de Felipe González tras una Transición en la que muchos, que supieron verlas venir, purgaron sus antiguos pecados fascistas.

Como nos recuerda Gregorio Morán en su obra sobre el regreso de Ortega y Gasset a la España de Franco, El maestro en el erial, Dámaso Alonso, intelectual instalado en Madrid que había renegado de sus veleidades republicanas, evitó así denominar lo que se debería conocer como Generación de la República en un tiempo en el que ésta estaba muy mal vista, una denominación en la que coincidían muchos de los mismos escritores que pertenecieron a esa generación y tuvieron que seguir la diáspora intelectual que aconteció tras la Guerra Civil. Fue en un artículo publicado en la revista Finisterre en 1948 y titulado “Una generación poética. 1920-1936”, donde Dámaso Alonso bautizó con este nombre a un grupo de intelectuales –que hoy acoge a escritores, pintores, escultores, cineastas, actores, tanto hombres como mujeres- que le debía más a la República que al año 1927 (año de la dictadura de Primo de Rivera), dado que fue durante este período político, a partir de 1931, cuando dieron o comenzaron a dar lo mejor de su obra, auspiciados bajo el mecenazgo de una República que veía en la cultura el necesario acicate para sacar al pueblo español de su analfabetismo ancestral.

Que Dámaso Alonso era un intelectual que no quería incomodar al Régimen lo atestigua también José Manuel Caballero Bonald en su reciente libro Examen de ingenios, donde hace un retrato de conocidos intelectuales y cuenta cómo en una ocasión Dámaso Alonso dio una fiesta en su chalet de Madrid, en la que la poetisa Ángela Figuera Aymerich le señaló como un intelectual domesticado al servicio de Franco. Según cuenta Bonald, que lo presenció, “no más oír esa acusación, Dámaso se precipitó sobre la interfecta y le aplicó un derechazo en la mandíbula que la abatió sobre un providencial sofá”. No es de extrañar que tanto compañeros como amigos y alumnos le conocieran por su mala uva.

El encuentro en Madrid y Sevilla que señala Dámaso Alonso y que aglutina a esa generación -la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Góngora, de cuyos versos decía Quevedo que más que letras eran letrinas y a quien llamó “poeta de bujarrones y sirena de los nabos”-, ha sido narrado en más de una ocasión por sus mismos protagonistas como sendas jornadas de chanza y jolgorio, en las que el mismo Dámaso participó, con largas noches de jarana y alcohol, como la memorable a mediados de diciembre en la finca de Pino Montano a las afueras de la ciudad hispalense, propiedad del torero Ignacio Sánchez Mejías, donde la fiesta se prolongaría hasta altas horas de la madrugada amenizada por el cante jondo de Manuel Torres (Ian Gibson, Dos noches de 1927, El País, 8/12/2007).

Hay quien señala a Juan Chabás, autor de la Nueva historia de la literatura española, publicada en 1944 en La Habana, como al primero que utilizó el sintagma Generación del 27. No obstante, todo apunta a que el uso de esta denominación para reconocer a los integrantes de este grupo poético que se repite como un mantra en los libros de texto se debe más a Dámaso Alonso que a cualquier otro. Si no fuera por su oportunismo, tal vez hoy día hablaríamos de la Generación de la República. Otra cosa es lo de las poetas (o poetisas) olvidadas, cuyas vidas y peripecias han sido narradas con justicia y maestría en dos libros recientes: Las sinsombrero, de Tania Balló (Espasa, 2016) y La conspiración de las lectoras, de José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro (Círculo de lectores, 2009).