Beaterio y Conventual entre los siglos XVI al XVIII


por Pablo Iglesias Aunión


 

Seguimos haciendo coincidir una parte de la Historia de Montijo con el calendario festivo y onomástico que en esta ocasión nos conduce nada más y nada menos que hasta santa Clara (11 de agosto), aquella Clara de Asís (1193-1253) nacida y muerte en esta ciudad italiana. A buen seguro que a cualquiera de nosotros se nos está viniendo a la cabeza la imagen del convento de monjas conocido popularmente como clarisas, pero antes de llegar hasta ellas, hay un rico y largo recorrido histórico que pasa desde sus antecedentes con el beaterio del siglo XVI hasta la misma fundación como tal convento del Santísimo Cristo del Pasmo en el siglo XVIII.

El beaterio del siglo XVI. Desde 1548 a 1617

“Yn Dei nomine, amén. Sepan, cuantos esta carta de testamento, última y prostímera voluntad vieren como yo, Marina Sánchez, hija de Diego García del Miradero, vecina de esta villa, estando enferma de cuerpo y sana de la voluntad en toda misma memoria y entendimiento natural a la que Dios, Nuestro Señor, fue servido darme, creyendo firmemente como creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas y uno solo Dios verdadero. Y en todo lo demás que tiene y creo y confiesa la Santa Madre Iglesia Romana. Y baxo esta fe y creencia que tengo confesada, profeso vivir y morir y si lo que Dios Nuestro Señor no quiere ni permita por persuasión del demonio o denuncia grave o en otra manera, ahora en otro cualquier tiempo alguno lo dijere o pensar contra lo que tengo dicho y confesado, quiero que no valga y para que me guíe en las cosas tocantes a este servicio de Dios Nuestro Señor, tomo por abogada a su gloriosa Madre, Nuestra Señora a la cual suplico interceda por mí y contra inmolación divina. Hago y ordeno mi testamento y última voluntad en la forma siguiente”.

Hablar en Montijo del actual Conventual del Santísimo Cristo del Pasmo es hablar de unos antecedentes que nos llevan hasta el siglo XVI como beaterio de la Orden Terciaria Franciscana, que pasará posteriormente a ser de la advocación de Nuestra Señora de los Remedios ya en el siglo XVII para terminar advocándose definitivamente en el Convento de las Clarisas tal y como lo conocemos hoy en día.

Partiendo de que el franciscanismo se extendió por Extremadura con enorme facilidad y que abrazó rápidamente nuestra Comarca[1], muchas de nuestras localidades comenzaron a ser protagonistas en el nacimiento y fundación de conventos y en aquellas donde el número de habitantes era importante, las órdenes terceras también se fueron abriendo paso. Este es el caso de Montijo en el primer cuarto del siglo XVI.

En nuestra localidad -como en muchas otras- adquirió fuerza el empuje de emprendedoras mujeres que por su condición social no podían ingresas en los conventos, imposibilitadas de poder pagar las dotes o por los obstáculos propios de la familia, por lo que decidían enclaustrarse de una manera voluntaria en sus casas, tomando la regla franciscana como norma de vida. Así pasaron a engrosar parte de la historia de nuestros pueblos con el nombre o apelativo de beatas.

Montijo contó en el siglo XVI con uno de estos beateríos de la orden franciscana el cual se advocaría bajo el nombre de Nuestra Señora de los Remedios ya en el siglo XVII y hasta los años iniciales del XVIII, momento en el que desaparece como beaterío y nace como tal convento del Santísimo Cristo del Pasmo. Pero ahora, antes de pasar a ser convento e incluso antes de ser beaterio de Nuestra Señora de los Remedios, es decir en el siglo XVI, el espíritu franciscano está representado históricamente en la familia de Beatriz Jiménez, la cual, en el año 1548 decide trasladarse desde Montijo a Yelbes (Elvas), por lo que se despoja de media casa que poseía en la villa montijana. Para el procedimiento notarial, esta familia da poder a Juan Rodríguez (su padrastro) quien venderá dicha casa el 21 de febrero del año 1548 quedando todo el proceso refrendado ante el escribano portugués Arias Gómes.

La casa fue comprada por las beatas Isabel Alonso, Catalina Entrerrey y Juana Gómez a las que podemos considerar como fundadoras del beaterio en Montijo que entonces quedaba situado en la calle Badajoz. A ello hemos de unir un segundo momento enormemente importante que hace entrar en escena a otra beata Marina Sánchez, la cual ni vivía en el beaterio ni tampoco formaba parte de la pequeña comunidad anteriormente mencionada.

Un rico libro de mandas que forma parte del Archivo Histórico Parroquial de San Pedro Apóstol de Montijo, permite estudiar con detenimiento quién es Marina Sánchez y qué papel juega en todo esto ya que en dicho libro aparece su testamento el cual se inicia con el encabezamiento siguiente: “Marina Sánchez que es monja de esta villa…” testamento por el cual esta mujer legó todos sus bienes al beaterio de la orden tercera franciscana proporcionándoles tierras, una casa en la llamada calle del Miradero y cargas suficientes como para la fundación de una Capellanía de la cual sería su primer capellán el clérigo Rodrigo Gragera y la administradora como beata mayor Inés Domínguez. Todo ello quedando jurídicamente amortizado es decir que dichos bienes no podían ser dividido, ni vendido, ni enajenado (diferente será de que llegue el siglo XIX y las medidas desamortizadoras).

Marina Sánchez además de forma muy inteligente quedaba asegurada la continuidad de todo ello a un futuro y posible naciente convento (como así fue en el año 1704), al nombrar en dicho testamento que los bienes quedaran administrados por una abadesa en caso de dicha erección. Bienes que fueron licenciados por García Zambrano alcalde mayor de Montijo en aquellos momentos, el padre Rodrigo Gragera y certificado por el escribano Francisco Sánchez de Mesa. Dicha casa a la que se trasladarían desde la que poseían en la calle Badajoz, se situaba como hemos dicho en la llamada calle del Miradero actual calle de Santa Ana (recogido aquí en uno de nuestros reportajes). A partir de este momento y durante todo el siglo XVII hasta que llegue la fundación del convento, la mejora material y espiritual acompañó a una comunidad que no tardó en 1617 en levantar una iglesia advocada a Nuestra Señora de los Remedios.

Iglesia del Convento de las Clarisas de Montijo
Iglesia del Convento de las Clarisas de Montijo

Beaterio de Nuestra Señora de los Remedios: la vida religiosa en el siglo XVII.

La creciente hacienda y economía del primitivo Beaterio hace que estas mujeres se trasladen de manera progresiva primero, de la casa en la calle Badajoz a una nueva en la calle de Santa Ana, donde nacerá este nuevo modelo de vida religiosa y acabará configurándose una congregación en la que a finales del siglo XVII acogerá el ingreso de la hija del IV Conde, doña Manuela.

Directamente relacionado con todo ello, está por ejemplo la llegada a Montijo de la preciosa talla de Juan de Juni[2] que acabará dando nombra al Convento. Lo cierto es que el Beaterio de Nuestra Señora de los Remedios nos permite conocer la vida de estas religiosas en la segunda mitad del siglo XVII. La advocación mariana de Los Remedios es una advocación que se extiende por Europa y España a lo largo de todo el siglo XVI de la mano de la Orden de los Trinitarios y que ocasionó que muchos lugares sus templos y ermitas terminaran estando bajo su advocación.

Al adentramos en el primer tercio del siglo XVII y especialmente en los momentos centrales de esta Centuria, la comunidad estaba formada por sor Elvira de San Juan, beata-presidenta; María de San Juan, Juana María de San Francisco, María de Santiago, María de San José, Leonor de Jesús, Mariana de la Concepción, Catalina de San Marcos, Isabel de San Agustín y Constanza de San Bernardo. Vestían con manto y hábito de extremeña como los que usaban las monjas clarisas, de aquí que posteriormente abrazaran la regla franciscana de Santa Clara. Diariamente realizaban dos horas de oración mental, una de Prima y otra después de las Completas. Igualmente era diario el rezo de oficio a la Virgen en el coro, como acostumbran en otros conventos. Ayunaban la festividad de todos los Santos hasta la Navidad, días de Cuaresma y algún día de la semana voluntariamente. Una vez que entraban en la comunidad, estaban durante un año de noviciado y al final, profesaban tres votos de la Orden Tercera Franciscana, guardando clausura voluntariamente.

Un interesante conjunto documental que ha sido estudiado[3] y que se basa en los testamentos de éstas beatas, permite poder conocer, aunque de manera superficial, la vida del beaterio hasta el momento de la erección en convento en el año 1704. En ellos se recoge una cronología que comprende entre los años 1649, 1662, 1678 y 1693 hasta el momento en que el conde de Montijo, don Cristóbal Portocarrero y Guzmán eleva al Papa en el año 1699 para que dicho beaterio pasara a ser convento[4].

Espadaña del Convento de las Clarisas de Montijo
Espadaña del Convento de las Clarisas de Montijo

La erección del Monasterio de Clarisas Descalzas bajo la advocación del Santísimo Cristo del Pasmo se produce en marzo del año 1703, haciéndose efectivo en el año 1704 al funcionar como tal. En todo el proceso jugó un papel importante el entonces conde de Montijo don Cristóbal Portocarrero y Guzmán. Especialmente porque tuvo el conde una hija que abrazó la orden, doña María Portocarrero que pasó a llamarse Sor María Dominga de Jesús, ingresando en un convento franciscano de Madrid. Renunciando en favor de su padre la dote que legalmente le correspondía, unos veinte mil ducados, deseó que fueran aplicados al beaterio de Montijo y así poder levantarse dicho convento. Ello se une a la primera dota ya propiciada por el Conde en 1699 (al entonces Sumo Pontífice Inocencio XII, 1691-1700) y que consistió en cien fanegas de trigo, dos arrobas anuales de cera y dos reales diarios para la iluminación de aceite del convento. En el siglo XIX hay importantes enfrentamientos legales entre la comunidad de clarisas y los condes porque dichas cantidades no eran abonadas como se había estipulado (pero éste es otro tema).

El 11 de marzo del año 1703 era concedida licencia para que se levantara el convento por Breve concedida por el Papa Clemente XI (1700-1721): “Hacía más de cien años que existía en la villa de Montijo un Conservatorio de religiosas, que tienen el título de beatas, las cuales ha vivido siempre dando ejemplo conforme a la tercera Orden del Seráfico Padre san Francisco, observando ahora de su voluntad la clausura, y en este sentido el fervoroso celo del señor Conde de Montijo había fabricado un convento con su iglesia, muy grande capacidad, costoso y ricamente alhajado, de tal suerte que no hay otro mayor en toda Extremadura, la cual obra a más de ocho años, la perfeccionó con dota y capital asignado de 20.000 ducados, que han de rentar al año 1.000 ducados y otras cosas”[5]

La licencia concedía además que fuera levantado bajo la advocación del Santísimo Cristo del Pasmo y bajo la rama franciscana de las clarisas: “…bajo la advocación de Nuestro Señor Iesuxripto, que vulgarmente se llama del Pasmo y de la jurisdicción del Prior de San Marcos de León, con el establecimiento o estatuto de la verdadera clausura y hacer los votos acostumbrados y profesar la Orden de Santa Clara[6]


[1] P. Iglesias Aunión, El franciscanismo en la Baja Extremadura: Impacto del conventual del Loriana. Siglos XVI-XVII. Asociación Cultural Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo, 1999

[2] J. Urrea, Juan de Juni al servicio de Almansa, Monográfico

[3] P. Iglesias Aunión, Historia de la Comarca de Lácara. Del Medievo a los Tiempos Modernos. ADECÓM-Lácara. Diputación Provincial de Badajoz, 2000

[4] V. Navarro del Castillo, Montijo. Apuntes históricos de una villa condal, 1974

[5] A. Arévalo Sánchez, Las clarisas de Montijo. Historia del Monasterio del Santo Cristo del Pasmo, Cáceres, 2007

[6] Ídem, 47


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