por Juan Pablo Sánchez Miranda

Se llamaba Laura, pero bien podía haberse llamado Irene, o Pilar, o Esther, o Paula, o Elena. Da igual el nombre que se ponga a las lágrimas, siempre seguirán siendo lágrimas. Era mujer, ése fue tal vez su único pecado, una mujer con toda una vida en el horizonte llena de ilusiones y sueños de celofán que naufragaron entre el veneno de los dedos sanguinarios de una bestia, de un ser inmundo cuya ceguera mental le impidió ver que el cuerpo al que arrancaba la ropa a dentelladas era similar al del vientre puro que lo había llevado en el regazo muchos años atrás. Qué ingrata es la memoria de quien nunca debería haber nacido, pues ni la vida se merece quien no ve a su madre en la figura cristalina de cualquier mujer.

Cuántas lecciones huérfanas quedan ahora flotando sobre el cuerpo deshabitado bajo los quejidos de unos matorrales, cuántos recreos llenos de juegos y risotadas se ahogaron esa tarde que tuviste la desgracia de cruzarte con él, cuántos proyectos han ardido en el infierno que tiene como rostro el de un ser despreciable que hace que hoy más que nunca me avergüence de ser humano, y sobre todo, de ser hombre. Perdón, Laura, por la parte que me toca.