por Alfonso Marín Caballero

Esas personitas que al nacer miden 50 centímetros y que al llegar a casa la ocupan por completo, mida la casa lo que mida… los hijos. Esos seres que te enseñan nuevas medidas de tiempo; la edad a partir de entonces ya no se mide en años, se mide en semanas antes de nacer y una vez que ha nacido en meses. Tu hijo ya no tiene 2 años y pico, tu hijo tiene 132 meses (ahora coges tú y calculas…). O la otra variable que más me gusta a mí, y es que los niños adquieren la rara costumbre de cumplir años hacia delante, es decir, los niños tienen “2 años para 3”, “3 años para 4”, “4 para 5”, etc… y es que es importante que los padres especifiquemos eso, no sea que a alguno de nuestros hijos le dé por cumplir años para atrás y acabe con menos 7 años…

Los hijos te enseñan a interpretar y a ejercitar tus dotes de actor; no importa lo maduro o lo responsable que seas como padre, si te pasan su teléfono de juguete, tú debes atender la llamada. Y da igual si llegas a casa radiante de energía y vitalidad, si te disparan con su pistola de juguete, tú debes fingir que mueres.

Con un hijo aprendes arte, concretamente arte abstracto, cuando te llegan todo ilusionados a enseñarte su dibujo y tus primeras palabras al verlo son: “pero qué bonito!!” y acto seguido le tienes que preguntar: “¿y ese dibujo qué es lo que es?” y ahí es dónde te das cuenta que no tienes ni puta idea de arte, a tu edad y no sabes apreciar que un rayón rosa es una princesa o un garabato verde es un dragón, pero por favor, qué ignorante somos…

Con un hijo aprendes a cruzar un paso de cebra pisando solamente las rayas blancas, porque si pisas las “negras”… pierdes.

De un niño pequeño, deberíamos aprender TODOS, que hasta el mayor de los berrinches se puede pasar y perdonar en 10 minutos. Un hijo te transporta a esa edad en la que te quedabas dormido en el sofá del salón y despertabas a la mañana siguiente en tu cama, así, por arte de magia. Ahora que eres padre, das una “cabezadita” a las 23:00 y a las 5:00 de la mañana te despiertas en el mismo sofá, solo, con la luz apagada y con la sensación de estar completamente perdido en tu propia casa… qué pena.

Con una hija concretamente, también aprendes el noble arte hacer coletas en el pelo y por consiguiente, también aprendes a cagarte en la madre que parió a los fabricantes de gomas para el pelo, esos artilugios que son muy pequeños para darle 3 vueltas, pero que se quedan flojos si sólo le das 2, cágate. Así que la mayoría de las veces, para un padre, sus niñas están mucho mejor con el pelo suelto…

Para una madre, los armarios de sus hijos están llenos de “no sé qué ponerle”, mientras que para un padre, los armarios de sus hijos están llenos de “esto mismo”.

¡Aaaayyyy! Los hijos, no sabes lo que son hasta que los tienes y a los cinco ­minutos de tenerlos ya no puedes vivir sin ellos.

Y voy a parar, que por hoy ya ha estado bien el homenaje a los hijos y más en estas fechas navideñas que se aproximan, que son por excelencia SUS FECHAS; disfrutemos de ellos y con ellos cuanto podamos, que son el mejor regalo que  nos pueden traer los Reyes Magos.