por Chema Álvarez

El 20 de mayo de 1936, hace ahora 82 años, salía a la calle el primer número de Mujeres Libres, la revista homónima del mismo grupo libertario cuya historia y devenir se puede contemplar, ver y oír en la exposición “Mujeres Libres (1936-1939), precursoras de un mundo nuevo”, abierta al público en el Centro Cultural Alcazaba de Mérida entre el 8 y el 14 de junio y organizada por un grupo de mujeres anarcofeministas de esta localidad.

Ese mismo término, anarcofeminismo, no se crea hasta la década de los años sesenta del pasado siglo, tal y como nos recuerdan Cris Tejada y Lorena Martín en su prólogo al libro de Martha Ackelsberg Mujeres Libres. El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres, todo un clásico en el género de la recuperación de la memoria histórica a través de los testimonios orales de sus mismas protagonistas.

Entre algunos de los rasgos más significativos de ese carácter emancipador que tuvo Mujeres Libres, destaca el hecho de que surge, crece y se afianza en apenas los tres años de guerra como una organización creada por mujeres y entre mujeres, es decir, mujeres que se apoyan mutuamente (mutualismo anarquista), que trabajan desde la base, lejos de un feminismo oportunista amparado por algunos partidos u organizaciones obreras que exigen de la lucha por la liberación de la mujer un rédito político. De ahí que Mujeres Libres no fuera una organización que luchara por la emancipación de la mujer, sino por la emancipación de las mujeres, entendiendo la atención a la diversidad como uno de los principios de su lucha.

Aunque el discurso orgánico fuera otro, tanto los partidos de izquierda como las organizaciones obreras (sin excluir a la CNT y el resto del Movimiento Libertario: FAI y FIJL), consideraban a las mujeres como seres incapaces. La capacidad o capacitación de las mujeres ya fue un término o concepto tratado ampliamente en el debate sobre el voto femenino en las Cortes Constituyentes entre el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1931. Como es bien sabido, el Gobierno provisional de la Segunda República, recién proclamada la misma, permitía el voto a todos los hombres mayores de 25 años y se lo negaba a las mujeres, a quienes convertía en electas, pero no en electoras, es decir, podían ser elegidas diputadas (junto con los curas), pero no podían elegir a nadie, ya que no podían ejercer el voto.

Ha quedado claro que fue gracias al tesón e inteligencia de Clara Campoamor, mediante su intervención en ese debate, que las mujeres obtuvieron el voto y así se estableció en el artículo 36 de la Constitución de la República Española: “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”. En el debate que mantuvieron Clara Campoamor y Victoria Kent -la primera a favor de conceder el voto a las mujeres y la segunda en contra-, ambas coincidían en reconocer la capacidad de la mujer, si bien Victoria Kent se lo negaba en virtud de la “oportunidad para la República”, queriendo decir con estas palabras que se temía, como gran parte del arco parlamentario de la izquierda, que el voto de las mujeres fuera orientado por sus confesores espirituales.

Este argumento se ha utilizado y se sigue utilizando en diversas ocasiones de modo torticero para justificar el triunfo de las derechas en 1933, acusando a las mujeres de haberlas votado tras la conquista de este derecho y dando así la razón a quienes se lo negaban en 1931. Dicho argumento las culpabiliza de modo erróneo frente al hecho, demostrado, de que el triunfo de las derechas se debió más bien a un conjunto de circunstancias ajeno a la cuestión del voto femenino, tales como una izquierda desunida frente a una derecha fuertemente unida (CEDA) y un desgaste de los partidos de izquierda tras sucesos como los de Casas Viejas, que propiciaron una fuerte abstención. Sobre esto abunda el texto del catálogo para exposición del Instituto de la Mujer El voto femenino en España, elaborado por las autoras del Centro Feminista de Estudios y Documentación (ediciones de 1995 y 2007).

Pero volviendo al concepto de la capacitación de las mujeres, defendido por Clara Campoamor, Mujeres Libres fue creada, en palabras de Marta Ackelsberg, precisamente por el desacuerdo que existía entre los militantes libertarios acerca de cómo alcanzar dicha capacitación.

En Milicianas, libro de la editorial Catarata publicado recientemente por Ana Martínez Rus, su autora estudia la imagen idealizada de la mujer combatiente durante la Guerra Civil. Relata las diversas vicisitudes que tales mujeres pasaron en el campo de batalla, donde a menudo eran despreciadas o acosadas por sus propios compañeros. En palabras de la comunista Antonia García, “los hombres son comunistas, socialistas o anarquistas de cintura para arriba”. Como anecdótico, pero esencial para entender la consideración de la mujer durante la contienda, Martínez Rus recupera testimonios diversos sobre cuestiones tan realistas como las dificultades que tenían las mujeres combatientes para cambiarse la compresa cuando tenían la regla en medio de la batalla.

Mujeres Libres se adelantó a su época y promovió un feminismo que nos ha llegado recientemente o que está por llegar. Entre sus muchos avances podemos extraer cualquiera y compararlo con las luchas feministas de los últimos tiempos. Conceptos como el amor libre, el lesbianismo, la libertad sexual o la consideración de la prostitución son ejemplo de ello. En este último caso y como se adelanta en el prólogo del libro de Ackelsberg, “el feminismo ha caído muchas veces en el error de victimizar a las propias mujeres, fortaleciendo la figura de liberada frente a la de reprimida, que en el abordaje de la prostitución se ha expresado claramente. Ha caído en actitudes proteccionistas que se acercan peligrosamente a posturas estatistas, institucionales o reaccionarias”. Mujeres Libres creó los llamados liberatorios de prostitución, entre cuyos objetivos estaban los de capacitar a la mujer mediante la educación y el empleo, acusando directamente a los hombres (puteros) que mantenían la prostitución y a un sistema proxeneta que propiciaba la triple subordinación y explotación de la mujer: económica, cultural y sexual.

Mercedes Comaposada, Lucía Sánchez Saornil y Amparo Poch y Gascón fueron sus grandes fundadoras, sin olvidar a otras muchas que compartieron el esfuerzo y los riesgos. Gracias a exposiciones como la de Mérida, de la Fundación Anselmo Lorenzo (FAL), sus vidas y su aportación a la emancipación libre de las mujeres están siendo poco a poco rescatadas del olvido al que las somete un sistema patriarcal que se extiende como una red y lo impregna todo, la historia también. En el caso de la doctora Amparo Poch, promotora del método “ogino”, un método de planificación familiar natural reconocido hoy día por la Organización Mundial de la Salud, el franquismo trató de borrar su paso por la Universidad, donde obtuvo 28 matrículas de honor de 28 asignaturas en la carrera de medicina, en la Facultad de Medicina de Zaragoza (Antonina Rodrigo, Una mujer libre. Médica y anarquista, en ediciones Flor del Viento).

Si tiene ocasión de ir a verla, no se pierda esta exposición que nos permite realizar un viaje al pasado que nos lleva directamente al presente y al futuro.