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por Alfonso Pinilla

Francesc Homs ha declarado en el Tribunal Supremo que, si sale condenado por haber permitido el falso referéndum de autodeterminación catalana el 9 de noviembre de 2014, España desaparecerá, pues quedará desacreditada al responder desde la judicatura a un problema estrictamente político. Lo sorprendente es que no haya desaparecido ya, cuestión que preocupaba a cabezas tan preclaras como Bismarck, que a finales del siglo XIX llegó a escribir: “España es la nación más fuerte del mundo, lleva más de un siglo intentando destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”. Precisamente por esta pertinaz pulsión autodestructiva que no triunfa estoy relativamente tranquilo, al pairo de las profecías de Homs, Nostradamus con barretina.

Pero su frase me ha interesado, pues tanto tensar la cuerda tiene consecuencias, y las naciones –al ser creaciones humanas– surgen, crecen, se desgastan y desaparecen. ¿Qué conceptos explican que un grupo humano decida vivir unido?, ¿cómo se integra la diversidad (cultural, lingüística, identitaria) en una misma organización con pretensión de perdurabilidad? ¿Y por qué ese proyecto integrador triunfa en unas ocasiones –Francia, Alemania, Estados Unidos–, fracasa en otras (Yugoslavia) y sobrevive a duras penas en no pocos lugares del planeta (España, Bélgica, Reino Unido)? Preguntas demasiado complejas cuyas respuestas rebasan estas breves líneas, pues han merecido sesudos tratados sobre el fenómeno nacionalista. Recomiendo la lectura del último libro de Álvarez Junco, titulado “Dioses útiles” (Galaxia Gutenberg, 2016), donde con fino bisturí dialéctico, el historiador disecciona el fenómeno hasta hacerlo comprensible. Y sin embargo, como leve rosa de los vientos ofrezco aquí algunos conceptos que, a mi humilde entender, explican cómo se fragua la integración de lo diverso.

Partamos de un hecho: las grandes construcciones políticas surgen de la optimización de los intereses particulares que, al ser defendidos, redundan en el bien común. Es entonces cuando la competición no sólo no está reñida, sino que favorece la cooperación. Prusia en el Zollverein, la colaboración económica entre las colonias norteamericanas antes de la independencia, el interés de Francia y Alemania por no quedar reducidas a anécdotas tras la Segunda Guerra Mundial son ejemplos de intereses particularísimos que, al cooperar, generan dinámicas integradoras. Y así, considero que un conjunto de hombres –diferentes en sus trayectorias históricas, culturales y políticas– decide unirse cuando:

  1. Son impotentes para imponer, unilateralmente, sus preferencias. Tras 1945, Alemania está destrozada, Francia humillada, son débiles, y en la unión de debilidades encontrarán su fortaleza.
  2. Las amenazas que les rodean son tan inminentes como potentes. La URSS desplegaba sus tentáculos por una Europa occidental convertida en páramo después de la segunda gran guerra. El temor al comunismo, y también al colonialismo norteamericano, indujo a Francia, Alemania, el Benelux e Italia a poner en marcha el mercado común europeo.
  3. El riesgo de desaparición es considerable. Lo sabía bien Adenauer, que en 1946 observa, con horror, cómo Alemania se desintegra y reparte entre los aliados.
  4. La necesidad de sobrevivir ante el marasmo genera relaciones simbióticas entre las partes que, a la postre, conformarán el todo. Alemania y Francia, en este contexto, se necesitaban tanto entre sí que la mutua cooperación construyó un eficaz bote salvavidas para sortear la tempestad. La gestión, bajo una alta autoridad común, del carbón y el acero del Rhur y el Sarre (génesis de la CECA en 1951) fue el buque insignia de la futura integración europea.
  5. La voluntad de ceder mutuamente en parte de las respectivas pretensiones permite llegar, juntos, a un mismo destino que asegure la salvación. Y siempre que hay voluntad, hay un camino.
  6. Un ideal compartido genera esperanzas e ilusiones, pues fija un objetivo a conseguir y traza un proyecto vital. Las tradiciones federalistas del siglo XIX o el europeísmo de entreguerras son pruebas de este ideal del que beberá la integración europea tras 1945. Ortega: “España es el problema y Europa la solución”.

Dicho escuetamente: impotencia manifiesta, fuerte amenaza, riesgo de desaparición, necesidad de supervivencia, voluntad de cooperación e ideal de unión son los mimbres que optimizan los intereses particulares hasta generar dinámicas integradoras. Si los mimbres no existen, son débiles o ni siquiera hay consciencia de los enemigos circundantes, la fragmentación es probable, y en esta situación se hallan hoy tanto la Unión Europea como España. Así que, a pesar del vaticinio de Bismarck, puede que Homs esté en lo cierto si nada hacemos para remediarlo.

 

Alfonso Pinilla García