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por Alfonso Pinilla

Pablo Iglesias lo dijo en diciembre de 2015. “Operación Menina”. Se refería a una posible conspiración urdida por los poderes fácticos de la política, la economía y los medios de comunicación para elevar a la actual vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, a la jefatura del ejecutivo una vez el desgaste de Rajoy fuera tan irreversible como inaguantable. Pablo lo sabía porque es una pieza de esa operación, y nunca más ha vuelto a expresarlo, consciente de que conviene mantener las verdades soterradas si queremos hacerlas realidad en breve.

Quienes se mueven entre la “beautiful people” madrileña, escudriñando los entresijos de la villa y Corte, afirman que el plan consiste en apuntalar al PP en el poder a medio plazo, azuzando el miedo a Podemos entre la conservadora clase media, deslizada con más prisa que pausa por la rampa del voto útil. Ello destrozaría al ya maltrecho PSOE y adelgazaría a Ciudadanos, desactivando así la tan necesitada regeneración de un sistema podrido hasta el tuétano. Y así, conviene visualizar día y noche las ocurrencias de Podemos, mejor cuanto más estrambóticas, para escandalizar al español medio, al señor de orden, al currante humilde que no entiende de metalenguajes marxistoides y se refugia en lo único que a la postre interesa: llegar a fin de mes lo más holgadamente posible. Ándeme yo caliente y ríase la gente. Qué me importa más o menos corrupción si el país va como un tiro, hay negocio en la calle, puedo alimentar a la prole y hasta permitirme unas cañas los fines de semana. Y si estos tíos aburridos del PP me lo aseguran, no voy a arriesgarme a que los chisgarabís podemitas, con o sin autobús, me enturbien la nómina…

Otra vez el miedo como arma, como herramienta que paraliza el cambio cualitativo tan necesario en esta España bufa. Otra vez vuelve a aventarse el espantajo de un enemigo, más creado que real, para que volvamos al redil del fango, sucio pero calentito. Pablo es ese mastín de los Basckerville, producto de la mercadotecnia política, que ladra para que los de siempre sigan en lo de siempre, convertidos –eso sí– en salvadores del supuesto desastre, clavo ardiendo al que aferrarse por si el mastín sale de la caseta y ocupa la Moncloa.

Soraya propició la fusión de Antena 3 y la Sexta inteligentemente, con el fin de promocionarse de manera indirecta poniendo, a la vez, una vela a Dios y otra al diablo. Antena 3 es el orden mientras la Sexta saca, todos los días y todas las noches, a pasear al mastín. Dar cera, pulir cera, con el fin de eliminar al PSOE, desactivar a Ciudadanos, amplificar el amor/terror en torno a Podemos y dibujar al PP como refugio frente al cabo de las Tormentas. Y, si no, ¿por qué Wyoming no destroza a Soraya?, ¿por qué la mantiene al margen de la corrupción que afecta a su partido? Son los arcanos de la tele.

No sé cuánto hay de rumor, y cuánto de verdad, en esta operación. El tiempo nos dirá si existió o fue paranoia surgida de la crisis. En caso de ser cierta –y no conviene olvidar que el rumor es la antesala de la noticia– caben tres escenarios: uno, que a medio plazo Soraya sea presidenta, capitaneando un cambio de rostros en la cúpula popular que limpie al partido, siquiera cosméticamente, de tanta corrupción; dos, que algún día (quizá no tan lejano) Pablo llegue a la Moncloa, vociferando de cara a la galería pero bien domesticado en el fondo, escenificando un socialismo de salón mientras se rinde, intramuros, al encanto del capital; o tres, que de tanto promocionar al mastín, éste ocupe la mansión y ponga en práctica su doctrina, desoyendo a quienes le promocionaron/crearon y aplicando el principio freudiano de matar al padre sin ambages. Para quienes están en la sala de máquinas de la Operación Medina, la primera opción es la más deseable, la segunda un mal menor y la tercera, ay, demostraría la incapacidad de controlar al monstruo larga y generosamente alimentado. Es el riego que algunos corren cuando juegan a aprendices de brujo.

 

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