por Chema Álvarez

Si hay unos versos que definan la lírica de muchos y muchas poetas proclives o ajenos al canon oficial de las letras y a la farándula de premios y portadas, esos son los de Jorge Riechmann en su libro Ahí te quiero ver:

“POETAS QUE escriben/ para amontonar palabras/ como almenas en torno a su nombre/ y poetas que escriben/ porque se han fatigado/ de las sílabas aguanosas de su nombre”.

En esto de la poesía siempre fue difícil distinguir el trigo de la paja. Antonio Machado ya lo dejó escrito, pero nadie lo conocería si no lo hubiera cantado Serrat: A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.

Ese desdeño de las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna se entremezclan con las gotas de sangre jacobina que corre por las venas del poeta y la convierten, en boca de Gabriel Celaya en “Poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día,/ como el aire que exigimos trece veces por minuto,/ para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica”.

Tras la muerte del dictador -después de que se llenara de arrugas y de lacras mientras su retrato, a juicio de Ángel González, permanecía incólume en sus versos Yarg Nairod-, en España se asentó una cultura nacional y nacionalista que hacía patria a golpe de talonario, concesión de premios al vasallaje y fiestorro en forma de piscolabis en cualquier acto supuestamente cultural que se preciara. Rafael Sánchez Ferlosio lo dejó muy bien retratado en aquel memorable artículo publicado en El país en 1984, La cultura, ese invento del gobierno (fácil de encontrar en Internet), donde hacía un parangón entre la frase de Goebbels y la atribuible al PSOE, recién tomado por Felipe González y señora el Palacio de la Moncloa: si el jerarca nazi decía “Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola”, los socialistas pregonaban: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador”.

Desde entonces para acá no ha llovido mucho en este asunto de la cultura dirigida ni tampoco ha valido mucho la obra de quienes se han dejado dirigir. Más bien podríamos decir que no vale un pimiento, pero no hay acto cultural organizado desde el establishment que no se caracterice por el boato y el postineo de quienes acuden como moscas a la miel, por no decir que acuden a otra cosa que también es del gusto de las moscas. No falta, además, el premio otorgado al famoso o famosa de turno, que sale por la televisión y asegurará en el acto la asistencia de un concurrido público que asiste no encandilado por su obra, sino por la oportunidad de hacerse un selfie con el agraciado (o agraciada).

Antonio Orihuela, quien el viernes presenta en Montijo uno de sus últimos libros (Disolución), pertenece a ese grupo de poetas que se apartaron o fueron apartados en su momento por una oficialidad cultural interesada en la divulgación de una poesía ni tan siquiera neutra, sino más bien neutralizada, que no dijera nada ni sirviera para nada, salvo para cantar panegíricos bien pagados en los actos oficiales. La conocida como Transición no sólo se encargó de eliminar cualquier disidencia política ajena al juego del bipartidismo de siglas que derechizó nuestro país, sino que también arrambló con cualquier voz discorde que cantara contra el discurso oficial o que desentonara en la polifonía que se esperaba y se premiaba. Afortunadamente, a la voz de Antonio Orihuela se unieron otros y otras cuyas voces siguen siendo la sombra de il grillo parlante, voz de nuestra conciencia.

Sirva, en reconocimiento de su obra y de su visita a nuestro pueblo, los versos que dejara escritos José Ángel Valente sobre este difícil oficio, o arte, de escribir poesía:

 

Arte de la poesía, José Ángel Valente

Implacable desprecio por el arte
de la poesía como vómito inane
del imberbe del alma
que inflama su pasión desconsolada
de vecinal nodriza con eólicas voces.

Implacable desdén por el que llena
de rotundas palabras, congeladas y grasas,
el embudo vacío.

Por el meditador falaz de la nuez foradada,

por el que escribe ¡ay! y se pone peana,

por el decimonónico, el pajizo, el superfluo, el obvio,

por el que anda aún entre seres y nadas
flatulentos y obscenos,

por el tonto tenaz,

por el enano,

por el viejo poeta que no sabe
suicidarse a tiempo debajo de su mesa,

por el confesional,

por el patético,

por el llamado, en fin, al gran negocio,

y por el arte de la poesía ejercido a deshora
como una compraventa de ruidos usados.

El inocente, 1970.