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por Alfonso Pinilla

Hay tres grandes pasajes en la Biblia. Son tres destellos, tres faros-guías que me hacen profundizar en este difícil, pero fascinante, camino de la fe. En ellos se revela el Dios en el que yo creo y mi particular interpretación del cristianismo.

Dice San Juan que “Dios es amor”, que en esa fuerza arrolladora sentida por el ser humano está la presencia de lo infinito, inefable y trascendente. Dios no luce barba blanca ni vestidos brillantes allá, en el inmarcesible cielo, pues no es entidad mágica ni esotérica. Dios es tan humano como el amor claro, limpio, sin aditamentos; y el amor es la satisfacción en la entrega, la alegría de darse sin esperar nada a cambio, de vaciarse sin cálculo ni medida. Aquellos que son padres habrán experimentado el amor profundo, el amor más verdadero y brutal que la naturaleza nos concede al concentrar en el vástago ese afán irracional –pura pasión– de dar la vida por salvarle, si fuera necesario. San Juan recuerda que ahí, cuando un ser se vuelca en otro de forma solidaria y altruista (no hay otra forma de amar cuando se quiere de veras), está Dios. Seguir, pues, a la divinidad es perseverar en el amor al otro, al distinto, a ese que se halla fuera de tu piel, a ese que no eres tú, porque ningún mérito tiene amarse a sí mismo.

Y riza el rizo el cristianismo cuando San Lucas escribe: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis solo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?” He aquí el amor extremo, el sobre-humano, aquel al que nosotros, humildes mortales, apenas avistamos en nuestros pensamientos y actos. ¡Amar al enemigo! ¡Querer a quien nos odia! ¡Dar la vida por quien está dispuesto a matarnos! Este radical amor nos estremece a los cristianos cuando adoramos la cruz, hecho y símbolo que me recuerda cuán lejos estoy de tanta generosidad con mayúsculas. Porque suelo amar a quienes me aman y muchas veces ignoro a quienes me rodean, formando el decorado de mi acelerada vida –como todas las vidas hoy– cargada de bullicio e inconstancia. “Amar al enemigo” es, como “la verdad” para Ortega, ese punto cardinal llamado Este al que nunca llegarás porque, por mucho que camines hacia él,  siempre habrá una ciudad, un pueblo, un valle al Este… del Este. “Amar al enemigo” es utopía, pero las utopías sólo empiezan a concretarse cuando caminamos hacia ellas, aún sabiendo que jamás las alcanzaremos. Eso es, también, ser cristiano, asumir que nunca serás perfecto aunque cada día intentes ser mejor, sólo un poquito mejor, de lo que fuiste ayer. Y en ese humilde afán de superación radica la fuerza, quizá la fe, que mueve las montañas de la vida cristiana.

Acepto mi debilidad, mi profunda imperfección, mi accidentado escalar por la cuesta de la virtud y por eso soy feliz. Mi felicidad radica en ser consciente de mis carencias y mis errores, de este balbuceo sin voz diáfana que garabatea palabras en renglones muy torcidos. Pero la confianza que me da el pensar que mañana puedo mejorar –siquiera una pizca– confirma que exploro un buen camino, una senda de verdad y vida. Por eso el mañana no me atormenta, y he aquí el tercer destello que alumbra mi existencia, esta vez de San Mateo: “a cada día le basta su propia pena”. No adelantes disgustos porque el futuro, ese país desconocido, te los traerá de una u otra forma, pues la vida es puro antagonismo, incertidumbre, alegría y desastre a la vez.

Cuando lleguen malas cartas aférrate al único bote salvavidas del amor, de la satisfacción en la entrega, de la rendición sin reservas al otro, “porque sólo dando se recibe, sólo muriendo se resucita a la vida”.

Por todo ello soy cristiano, aunque no esté de moda.