por Chema Álvarez

De un tiempo a esta parte la derechona española, y sobre todo la extremeña, anda revuelta desempolvando la parafernalia facha y casposa por la que aún muestra tanto orgullo y nostalgia. Mientras un diputado autonómico y el alcalde de un pueblo de cuyo nombre fascista no quiero acordarme asisten a la comilona en homenaje al jefe supremo de una cuadrilla de asesinos, torturadores y ladrones -que mantuvo secuestrado a todo un país durante casi cuarenta años, sembrándolo de cadáveres por las cunetas-, otro organiza un desfile de la legión presidida por la hija de quien fuera retrato mutilado de la muerte y diera vivas a la misma frente a la inteligencia preclara de Unamuno.

Henchido de ardor guerrero, exultante por hallarse en su bravucona salsa, el alcalde pepero de Almendralejo presidió un desfile de la legión que impregnó las calles del pueblo de olor a macho cabrío y brutal testosterona. Los himnos facciosos volvieron a retumbar en una ciudad que ya sufrió lo suyo a mano de un grupo organizado de criminales bajo el mando de un genocida muy conocido en Extremadura por su particular sadismo y, sobre todo, por comandar el asalto a Badajoz y organizar la matanza que siguió a la toma de la capital: Carlos Asensio Cabanillas.

A su llegada a Almendralejo al mando de las tropas franquistas a principios de agosto de 1936, según queda documentado en numerosos trabajos, Asensio prendió fuego con azufre y paja húmeda a la iglesia de la Purificación, donde se habían refugiado unos 40 milicianos defensores de la legalidad democrática. Al ver que estos no salían por el humo, ordenó bombardear la iglesia y después quemó lo que quedó de ella (las imágenes del templo bombardeado, con un gran agujero en su campanario, son fáciles de encontrar en Internet).

En los días siguientes organizó una brutal represión. Los documentos certifican el asesinato como mínimo de unas 400 personas, 100 de ellas mujeres, y como máximo dan la cifra de 1000 ejecuciones sumarias. A muchas de las mujeres las violaron y las pasearon por el pueblo con la cabeza rapada tras obligarles a beber aceite de ricino, para que se cagaran vivas, literalmente hablando, en medio de la burla colectiva. A los hombres les daban a elegir. Les preguntaban a dónde preferían ir: “¿A Rusia o a la legión?”. Si decidían Rusia eran asesinados en el mismo momento. Ese fue el recuerdo que dejó el cuerpo de la legión española a su paso por Almendralejo, unos crímenes por los que nadie aún ha pedido ni las más tímidas disculpas y, mucho menos, los herederos ideológicos de aquellas barbaridades, el Partido Popular, fundado en su día por un ministro franquista. Más bien, en recompensa, erigen en el pueblo un monolito como reconocimiento al cuerpo sanguinario –perdón: legionario-, donde más de un facha se hará alguna fotografía ritual levantando el brazo en saludo fascista.

Crecidos ante unos resultados electorales que certifican cierta falta de salud mental colectiva, patente en un electorado capaz de elegir como amo a quien le roba y abusa de su confianza, complaciente y agradecido de que le den por saco a plena luz del día, de vez en cuando a algún que otro de estos rizos ganaderos le salta la vena facha, se entusiasma y sale sin tapujos del armario franquista. No le basta con mirar a hurtadillas y enseñar a los fieles en fiestas íntimas la bandera con el pollo anticonstitucional que guarda como reliquia en la cómoda junto a la cama, sino que anhela ondearla a los cuatro vientos para que todo el mundo sepa que también él –o ella- permanece impasible el ademán, y está preparado para formar junto a sus compañeros, prietas las filas,   para cuando la ocasión lo precise y sea necesario salir a dar un buen escarmiento.