“La más suntuosa que hasta ahora hay en toda la provincia”

Nos encontramos ante un edificio con más de CINCO SIGLOS de historia en Montijo


por Pablo Iglesias Aunión


 

Advierta el lector que no podría pasar por alto en estos momentos, al escribir sobre el templo parroquial de San Pedro y por ende, sobre una parte de la Historia de Montijo, sin recordar y dedicar estas líneas a mi buen amigo, maestro y profesor, Alfonso Pinilla García quien me ha involucrado en la vida misma de nuestra historia local y a quien he ayudado en el desenlace de aquellos luctuosos sucesos descritos con tanta maestría en su novela “El misterio de Montijo” editada por La Ventana este mismo año.

Iglesia de San Pedro (Foto: Web Parroquial San Pedro Apóstol)
Iglesia de San Pedro (Foto: Web Parroquial San Pedro Apóstol)

Dicho lo anterior, nos movemos precisamente en el tiempo de la mano de los caballeros de la Orden Militar de Santiago, cuando en 1494 realizaron a la villa de Montijo su primera visita y recogieron en sus actas la existencia de una iglesia bajo la advocación del señor san Pedro. Corría el último tercio del siglo XV y el cura párroco de la misma era fray Bartolomé Pérez, que informaba de lo que hasta el momento era una breve pero intensa historia.

Ahora se cumplen 524 años (que como veremos son algo más), para que en los anales de la historia apareciera el nombre de un templo que, durante muchos siglos centrará administrativamente la vida local y regulará eclesiásticamente el devenir de montijanos y habitantes de su comarca, instituciones, asociaciones, edificios dependientes de ella como templo matriz, etc.

Una historia que comienza en 1490: Título de Colación

Ahora bien, el que las fuentes santiaguistas citasen a la parroquia de San Pedro en Montijo en el año 1494 no supone que ésta tenga su mismo origen precisamente en ese año. Hemos de remontarnos hasta el año 1490 para comenzar a hablar de la misma. Y lo hacemos por medio de un documento que remite y firma el Provisor de la Orden de Santiago López González Valbuena, en el año anteriormente indicado (1490). Por medio de él, al naciente edificio se le entrega o adscribe un territorio, título que se conoce como colación (territorio administrado por una parroquia).

Será poco años después en 1501, cuando los Reyes Católicos (1479-1516) mediante una Real Provisión, aprueben definitivamente dicho título de Colación.

Fábrica parroquial y Señorío de Montijo: 1550-1605

Y así, comienza una historia que se traduce en la riqueza visual de un edificio que arquitectónicamente nos va señalando el devenir de la propia realidad local, para pasar de construirse con las limosnas y donativos del pueblo y con el buen quehacer de los maestros locales, a ser una fábrica parroquial con la nobleza detrás, por lo que a partir de los años centrales del siglo XVI, las obras y sus aportaciones artísticas irán cambiando, todo ello con una relación que era esencialmente para entender la Edad Moderna (y buena parte de la Edad Media), nos referimos a la connivencia entre poder civil y poder eclesiástico.

El 1 de enero del año 1550, en los albores ya del reinado de Carlos I (1516-1556), Montijo fue desmembrado de la Orden de Santiago y vendida a la nobleza, concretamente el Marqués de Villanueva del Fresno quien convertiría a nuestra localidad en Señorío siendo Pedro Portocarrero, I Señor de Montijo. Todo ello para cambiar definitivamente con el Decreto del 13 de diciembre de 1599 otorgado por Felipe III (1598-1621), pasando a Condado y recayendo la titularidad del mismo en la persona de Juan Manuel Portocarreo y Osorio. No olvidemos que la gran mayoría de estos nobles pertenecerán a la Orden de Santiago, importante aspecto a tener en cuenta a la hora de entender la evolución de un templo santiaguista como San Pedro.

Lógicamente este proceso de reconversión afectó sin duda a la parroquia de San Pedro Apóstol que si bien eclesiásticamente seguiría perteneciendo a la Orden de Santiago (las visitas de los años posteriores a la venta dan fe en parte a ello), la titularidad civil-nobiliar se mantendrá, especialmente hasta el nacimiento de la Diócesis de Badajoz, convirtiéndose los Señores y Condes de Montijo, en patronos y fautores económicos de la parroquial montijana (con el Papa Pío IX y por medio de la Bula “Quo Gravius” del año 1873, los llamados Prioratos de las órdenes militares quedaron suprimidos pasando sus amplísimos territorios a manos de la diócesis pacense).

Interior de la Iglesia de San Pedro
Interior de la Iglesia de San Pedro

Todo ello parece querer entablar con el visitante un rico diálogo de testimonio y presencia nobiliar la llamada puerta del Perdón: sobre su arco de medio punto, aparece entre leones el escudo en mármol de los Portocarrero y Luna y por ella nos adentramos en la riqueza arquitectónica de la que llegó a ser desde sus primeros momentos, la más suntuosa que hasta ahora hay en toda la provincia.

Con esta idea nos adentramos en su primera fase constructiva que se desarrolla entre los años 1494 a 1500, donde el templo irá adquiriendo sus primeras formas bien definidas, dentro de un agonizante gótico tardío que mantendrá en una primera nave sus techumbres aún de madera, utilizando la piedra mampuesta y elevándose el edificio en altura. Entre los años 1500-1511, se inicia una segunda fase constructiva en el que ese gótico tardío es aún visible, rematándose importantes obras en su interior como lo fueron las destinadas al Altar Mayor en el que se construyen dos gradas.

La tercera etapa será la última sin la mano nobiliar en la financiación de las obras. Entre los años 1511 y 1556, finalizan lo que podemos llamar primera gran etapa constructiva, terminándose dos capillas, tanto la mayor de bóveda sobre cruceros, como la menor situada en lo que entonces era el final del templo.

A partir de los años centrales del siglo XVI, con la villa en manos del I Señor de Montijo y posteriormente con el I Conde, las obras no pararán hasta los años iniciales del siglo XVII, adquiriendo el templo un aspecto casi parecido al que ahora vemos. Obras que irán tocando su fin en torno a los años 1604-1630, de manera que veremos en esos momentos una fábrica parroquial con su actual crucero, capilla mayor sobre planta de cruz latina, cubierta en bóveda de media naranja apoya sobre pechinas y rematada toda ella por una pequeña linterna. El templo se abraza ahora a un estilo renacentista con sus brazos y el cuadriculado en su techo, con puertas (la hoy principal) y dirección de obras en el que la genialidad de los maestros Francisco Montiel y de su hijo Bartolomé González Montiel se hacen presentes y cuyos gastos sin la mencionada intervención nobiliar no se pueden entender (máxime por la categoría de artistas que trabajan y trabajarán para la parroquia y de la que hablaremos en otro momento).

Además, desde 1508 el templo luce orgulloso su gran torre, articulando sus cuatro cuerpos igualmente con maestría en el uso de los materiales para su construcción: los dos cuerpos inferiores en piedra mampuesta para soportar bien el peso y los dos últimos en ladrillo para terminar abriéndose en su último cuerpo en arcadas sujetas por pilastras donde se recogen las campanas.

El enorme patrimonio histórico artístico: siglos XVI-XVIII

Una obra arquitectónica de esta magnitud con tan dilatada vida en el tiempo, es indudablemente perfecto recipiente para el arte. Así, desde finales del siglo XVI con el anónimo Cristo de la Buena Muerte, al llamativo Retablo Mayor, del que Francisco Tejada Vizuete apuntó como hipótesis su autoría al portugués Francisco Morato, el cual se fue labrado entre los años 1611 y 1628, podemos encontrar en San Pedro Apóstol un enorme ajuar artístico: retablo de las Ánimas de estilo barroco, dorado en 1760 por devoción de Miguel de Burgos; retablo de la Virgen del Rosario, igualmente barroco que por su temática franciscana debió proceder de algún conventual-hospicio, con una imagen del Niño Jesús atribuido posiblemente a la escuela de Roldán (interesante estudio del montijano y doctor Rafael Ramos Sosa, profesor titular de Historia del Arte en la Universidad de Sevilla). El retablo de San Vicente de Paúl, con su bello Cristo rematándolo. Igualmente, el órgano adquirido el 30 de junio de 1780 obra del maestro jerezano Francisco de Andía.

Pero sin duda no podemos finalizar sin mencionar dos obras de extraordinaria significación. La primera es la pila bautismal, anónima, pero de la que sabemos ya estaba realizada a inicios del siglo XVI (la visita santiaguista del año 1508 habla de ella). La otra, nace de la gubia del maestro Blas Molner y es la bella imagen de Santa Ana con la Virgen en su regazo, adquirida por la parroquia en 1777.

Imagen de Santa Ana con la Virgen en su regazo de Blas Molner
Imagen de Santa Ana con la Virgen en su regazo de Blas Molner

En definitiva, no debe pasar desapercibido para el montijano la presencia de un templo que sigue abriendo sus puertas cada 29 de junio, festividad de su patrón (San Pedro), con el engalanamiento que le propicia el paso de un realengo histórico que sabe ya a más de quinientos años de historia. Su presencia imponente que se vislumbra desde los alrededores de Montijo, nos hacen entender que no sólo es un montón de piedras necesitadas de un constante arreglo, costoso siempre en su mantenimiento, que es mucho más que todo ello. Muestra de todo ello son las importantes obras que iniciará pronto para seguir viendo al paso del tiempo con notable estado de salud para disfrute de todos. Sufragarlas hoy en día, recuerda aún más el paso de este tiempo del que hablamos y la necesidad de reconocerlo como casa de los cristianos-católicos montijanos, pues ahora igual que en antaño, sus obras son sufragadas con las limosnas de los vecinos de la villa (expresión repetida en varias ocasiones y recogidas en los libros de visitas de la Orden de Santiago: 1494-1605).

Sea pues esta festividad de San Pedro Apóstol para Montijo, recuerdo vivo y necesario del que es uno de los edificios más antiguos que podemos encontrarnos y una muestra de la riqueza artística como manera de expresión de la fe de un pueblo a lo largo de los siglos.