por Pablo Rodríguez Pérez

El pasado 31 de agosto todos los españoles comprobamos cómo nuestros líderes políticos en el Congreso de los Diputados aludieron al “Pacto de los Toros de Guisando”. En efecto, esto ocurrió durante el debate de investidura de Mariano Rajoy, una investidura fallida, igual de fallida que la que protagonizó Pedro Sánchez en el mes de marzo. Haciendo memoria sobre la sesión de no investidura del líder socialista, recordé que el propio Rajoy comparó el pacto suscrito por Ciudadanos y PSOE con el abrazo, previo a la firma de un acuerdo, que tuvo lugar cerca de El Tiemblo (Ávila), allá por 1468.

Resulta curioso que mientras se estaba celebrando en el mes de marzo esta sesión parlamentaria para solicitar la confianza de la cámara al proyecto de Sánchez, yo me encontraba leyendo el libro de Miguel Ángel Ladero Quesada, titulado La España de los Reyes Católicos. El sonido de la radio se escuchaba de fondo y efectivamente se repitió en varias ocasiones en el debate aquello de “como el Pacto de los Toros de Guisando”, junto a eso de “no es no: ¿qué parte del no usted no ha entendido?”.

Verdaderamente, dotar a los discursos políticos de referencias históricas contribuye a enriquecer el debate o al menos los hace más interesantes para los telespectadores y oyentes. Claro está, dichas referencias históricas deben ser veraces, no tergiversadas ni inventadas y constatadas en las fuentes.

Lejos de buscar la polémica, comprobé que en mi propia ciudad de estudio, la gran mayoría de sus habitantes desconocía la existencia del Pacto de Guisando. A algunos le sonaba de la escuela, pero no se atrevían a decir quiénes fueron los firmantes.

En un intento por divulgar nuestra historia, me gustaría comentar la naturaleza de dicho acuerdo ocurrido en la segunda mitad del siglo XV en la Corona de Castilla, que en boca de nuestros políticos ha sonado con mucha intensidad estos días.

Enrique IV de Castilla (1425-1474) perteneciente a la estirpe de los Trastámara, en un intento por “colocar” en la línea de sucesión a su hija, Juana, desató una guerra civil. Como rechazo a su reinado, se creó “La Liga” de 1464, formada por varios nobles castellanos. Esta confederación decidió proclamar como rey al hermanastro de Enrique, Alfonso, en lo que la historiografía ha llamado “La Farsa de Ávila” de 1465. La prematura muerte de Alfonso en 1468 obligó a La Liga a buscar una nueva causa por la que luchar. Ahí entró en juego la infanta Isabel, que pasaría a la historia como la Católica. Ella sostenía, desde el mismo momento en que su hermano murió, que le correspondía “sustituirle en el derecho de sucesión”.

En este contexto, ocurre el no correctamente llamado “Pacto de los Toros de Guisando”, ya que en Guisando no se firmó ningún papel, sólo se produjo el abrazo entre monarca e infanta. Pues bien, Enrique IV aceptó una negociación con su hermana Isabel en septiembre de 1468. El día 18 de septiembre se instalaron ambas partes en diferentes villas de Castilla (Cebreros y Cadalso). Allí se aceptó que Isabel fuera la heredera al trono y, por tanto, reconocida como Princesa de Asturias y además se le consintiera percibir, para el sostenimiento de su Casa, rentas procedentes de diversas villas de la Corona. Isabel se comprometía a casarse con quien Enrique y sus consejeros propusieran; pero se reservaba el derecho a rechazar a su cónyuge (principio de libre voluntad). El encuentro/abrazo entre ambas partes se produjo en la explanada del cerro de Guisando, en el actual municipio de El Tiemblo. Se sellaba, así, el pacto entre rey e infanta el 19 de septiembre de 1468.

No obstante, Juan Pacheco, marqués de Villena y consejero de Enrique, convenció al monarca para incumplir lo acordado en Cadalso y Cebreros. Esto llegó a oídos de la facción de Isabel. La farsa se presentó como realidad en 1469, ya que Isabel no dispuso de las rentas de las villas asignadas en el tratado y el rey, además, pretendió imponer un matrimonio a la infanta, para alejarla de la vida política castellana.

En esto consistió aquel pacto malogrado de 1468 al que hizo referencia Rajoy en el pasado mes de marzo, para equipararlo al igualmente fallido suscrito entre Rivera y Sánchez.

Podremos estar de acuerdo o no con las ideas políticas de Mariano Rajoy; sin embargo, se le debe reconocer el mérito de contribuir a despertar el interés de los españoles por la historia, nuestra historia.