
Con la cercanía de las fiestas navideñas, una época en la que el consumo de alcohol tiende a aumentar, resulta oportuno reflexionar sobre su presencia en la vida cotidiana y el impacto que tiene, particularmente entre adolescentes y jóvenes. En este contexto, la psicóloga Sara Garay García, colaboradora del Núcleo de Salud Comunitaria del Centro de Salud Montijo–Puebla de la Calzada, aaborda los riesgos asociados a un consumo cada vez más precoz y normalizado.
por Sara Garay García | Psicóloga General Sanitaria
Colaboradora del Núcleo de Salud Comunitaria del Centro de Salud Montijo- Puebla de la Calzada
Prevención de Alcoholismo
El día 15 de noviembre se celebró el Dia Europeo para la Prevención del Alcoholismo, una jornada en la que diversas organizaciones tratan de concienciar sobre la necesidad de adquirir y mantener hábitos saludables y responsables en relación con el consumo de alcohol.
Una adicción normalizada y al alcance de todos
Pocas cosas afectan tan gravemente al bienestar físico y emocional como las adicciones y en concreto la adicción al alcohol, un producto de mercado que hoy está siempre disponible (supermercados 24 horas, redes sociales, publicidad encubierta e influencers) y que, por lo tanto, expone a la población a un consumo precoz, normalizado y muchas veces invisible. Se trata de un producto que, bajo una apariencia de ocio, “diversión” y socialización oculta contenido altamente dañino: dependencia, conductas de riesgo, agresividad, accidentes, deterioro físico y emocional… Un producto destinado, sobre todo, a generar enormes cantidades de dinero.
Una industria construida sobre la apariencia de ocio
En torno al alcohol se ha construido todo un negocio que se presenta como diversión, celebración y vida social… Pero la realidad es mucho menos amable. Detrás de esa imagen festiva, quienes consumen – especialmente la población joven- acaban quedando atrapados en dinámicas que dañan su salud, su autonomía y sus relaciones.
Consecuencias más allá del consumidor
Esta cultura de “beber para todo” termina afectando tanto a quienes consumen como a quienes convives con ellos, favoreciendo la dependencia, el malestar emocional y múltiples riesgos asociados.
Preocupación por el inicio temprano del consumo
Lo que realmente alarma es como el consumo de alcohol se está colocando cada vez antes en la vida de los niños y adolescentes. Las cifras muestran un inicio precoz y una normalización que preocupa a familias, centros educativos y profesionales de la salud.
Cifras que evidencian una realidad preocupante
Según las últimas estadísticas en España, la edad media de inicio son los 14 años. Además, entre los estudiantes de 14 y 18 años, el 75,9% ha bebido alguna vez y el 28,2% ha realizado al menos un episodio de consumo intensivo en los últimos 30 días. El botellón sigue siendo muy frecuente a partir de los 15-16 años, aunque una parte importante de las familias infravalora el consumo real de sus hijos.
Acceso fácil y mensajes que trivializan el consumo
El acceso al alcohol es extremadamente fácil y normalizado: a través de amigos, de compras directas sin control o en celebraciones sociales supuestamente “inocuas”. Además, redes sociales y publicidad muestran el alcohol como algo glamuroso y deseable, reforzando su consumo y trivializando sus efectos.
Necesidad de acompañamiento y modelos alternativos
Ante esta realidad, resulta esencial que familias, centros educativos, profesionales de la salud y el propio entorno social abran espacios de diálogo, no solo sobre cómo está influyendo el alcohol en la vida de los jóvenes sino de ofrecer modelos alternativos de ocio y de relación. Cuando no existe ese acompañamiento, el mensaje que reciben muchosadolescentes queda en manos del grupo de iguales o de la cultura social, que tiende a minimizar las consecuencias y a presentar el alcohol como algo inevitable e incluso obligatorio.
Una cultura de bienestar como objetivo común
Para avanzar hacia un escenario más saludable, es necesaria una implicación conjunta: mejorar la educación preventiva, actualizar las medidas de protección y reforzar las políticas que garanticen un entorno más seguro para niños y adolescente. La clave está en promover una cultura de bienestar real, donde el cuidado personal y las relaciones sanas tengan más peso que la normalización del consumo.
















