Ángel Olmedo Alonso y Chema Álvarez Rodríguez acaban de publicar un nuevo libro, que va ya por su tercera edición. Invitamos a Chema Álvarez, colaborador habitual de la revista La Ventana, a realizar una recensión del mismo.
por Chema Álvarez
Hace apenas un siglo, cuando el analfabetismo era patrimonio de la gente pobre, quienes alimentaban sus días con garbanzos y berzas tenían claro en qué lado de la historia estaban. Había quien se resignaba –Dios proveerá– y quien se rebelaba –La tierra para quien la trabaja– frente a un determinismo que dividía la sociedad entre ricos y pobres, señoras y criadas, burguesía y proletariado. Si había un afán entre quienes nutrían el lado hambriento de la historia, aparte de aplacar las ganas de comerde cada día y calzar a sus críos, era el de aprender a leer y tener algún libro en casa con qué hacerlo. Cuando se disponía de dos en el hogar, se presumía de biblioteca.
El empeño en aprender a leer y escribir no solo partía del interés por adquirir conocimientos o interpretar la realidad para cambiarla. También interesaba narrar la historia, contar los sucesos que acompañaban sus noches y sus días, dejar testimonio directo de lo que se vivía y cuánto costaba mantenerse con vida.
Extremadura contra el olvido, historias de memoria y resistencia, publicado por la editorial Jarramplas en marzo de 2025, cuya autoría comparto con Ángel Olmedo Alonso, se estructura en una treintena de artículos que se complementan en un sano ejercicio de apoyo mutuo sobre las dos cuestiones mencionadas en el título, la memoria y la resistencia, con hechos acaecidos y documentados que sucedieron y dejaron huella enterrada en esta tierra desde 1882 hasta nuestros días.
En una primera parte se narra la historia de los de abajo, la muchedumbre en la historia que citó y rescató como concepto e interés George Rudé en su clásico de la historiografía, cuyo enfoque se adopta en este libro sobre la Extremadura olvidada. Le ponemos nombre y cara a quienes protagonizaron o sufrieron unos hechos que la otra Historia, la que se escribe con mayúsculas y relumbra oropeles académicos al son de fanfarrias, ignora frente a la grandilocuencia de nombres rimbombantes, acuerdos de gobierno, vaivenes políticos en las altas esferas que, en mayor o menor medida, le traían al pairo a la gente de a pie, familias de jornaleros y obreros, más interesados en matar el hambre diaria y en lograr unas condiciones dignas de trabajo que en saber cuándo, dónde y con quién se casaba el borbón de turno.
Casos como el affaire de la Mano Negra en Villanueva de la Serena y el intento de acabar con el movimiento obrero extremeño de carácter anarquista, el asalto del hambre de la sociedad La Defensa a la electro harinera de Montijo en 1932, con el nombre y apellidos de todos los detenidos, o qué tipo de lecturas tenían los obreros y obreras extremeños de 1936 complementan esta historia que rescata el concepto de Gramsci de cultura subalterna frente a cultura hegemónica.
En algunos artículos se rompe el mito tan extendido de una Extremaduradomesticada, pasiva, de santos inocentes que se quitaban la gorra y agachaban la cabeza al paso del señorito. Las ocupaciones y plantes de los campesinos de Navalmoral de la Mata en 1933, de la mano de la CNT, o la huelga protagonizada por las mujeres que trabajaban en el textil de Mérida y que dejaron a la ciudad sin pan en 1936, son algunos ejemplos de esto que digo.
Después vino el tiempo de la represión y la resistencia. En 1936 Extremadura no vivió una Guerra Civil, dado que una guerra se da cuando se enfrentan dos ejércitos, sino un genocidio, similar al que lleva a cabo, mientras escribo, el ejército israelí en la Franja de Gaza, con la condescendencia y el silencio de nuestros gobiernos. La ocupación de Badajoz por los golpistas se hizo palmo a palmo de tierra, enfrentando un ejército organizado y pertrechado con la más avanzada tecnología del momento a jornaleros desarmados y escuálidos, que ofrecieron resistencia con lo que tenían más a mano, que era poco y defectuoso. La represión en los pueblos no finalizó con el triunfode los golpistas, sino que se extendió más allá de la victoria, como sucedió en Montijo, donde no se había dado ninguna muerte a cargo de las izquierdas constitucionales, mientras que las derechas golpistas y quienes asumieron el gobierno municipal asesinaron a más de 120 personas en poco tiempo, con la participación activa de la Iglesia y la connivencia de organizaciones religiosas, como la Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño, hechos que se narran en “El cura de Montijo y la represión franquista. La otra historia de una Hermandad”.
Después llegó la memoria franquista. Mientras, la maquinaria de exterminioseguía funcionando a tope, bien engrasada. Esta memoria fue homenajeada, respetada, interesada en sacar de las fosas solo a los “caídos por Dios y por la patria”, paraenterrarlos con honores en cementerios tras lápidas labradas con consignas falsarias,donde se perpetuaba el odio a quienes defendieron la legalidad democrática. La otra memoria, la de los vencidos y exiliados, fue guardada en silencio, reprimida, castigada.
Muerto el perro no acabó la rabia. Frente al intento por rescatar la memoria que aún yace en las cunetas, la de aquellos que defendieron una democracia y unos derechos, surgieron y vuelven a surgir las voces de la caverna, que incluso parten ya de la Universidad, en un empeño revisionista por seguir ocultando y negando lo sucedido, un ejercicio de “fake news” con la historia que trata de legitimar leyes torticeras, como la nueva Ley de concordia, a cargo del PP y VOX en Extremadura, que falsea los hechos y sitúa al mismo nivel a víctimas y verdugos.
Aquella gente pobre de hace ya casi un siglo, jornaleros y criadas, soñaron un mundo nuevo para sus hijos e hijas, donde la instrucción y la igualdad fueran el pan de cada día. Sus nietos y biznietas parecen haber olvidado aquel afán. Este libro da voz al silencio frente al olvido.
Chema Álvarez.

















