por Rut GG
Bach, mientras escribo
La Puerta Lateral acogió este domingo una de esas propuestas que empujar a detenerse.

Si esto es un hombre, basada en el testimonio de Primo Levi (1919–1987) —escritor y químico italiano de origen sefardí, superviviente de Auschwitz y una de las voces para entender la memoria del Holocausto y los mecanismos de deshumanización del siglo XX—, llegó al espacio escénico con una interpretación que rehúye el artificio y apuesta por la palabra como territorio de memoria.

Carlos Álvarez-Ossorio sostuvo en solitario un relato que, sin necesidad de recrear el horror, lo hace presente a través de la precisión emocional.
La obra avanza sin estridencias, apoyada en la sobriedad del espacio que la enmarca.




Tubos, cables y columnas del Teatro Nuevo Calderón se incorporan a una escenografía que renuncia a reproducir Auschwitz y apuesta por activar la memoria desde lo cotidiano.


El público siguió en silencio un viaje que atraviesa trenes, hambre, degradación física y pérdida de identidad.
Un recorrido que muestra cómo borrar un nombre es una forma extrema de control, un mecanismo que sigue vigente y cuyas consecuencias se repiten, cuando el poder actúa sin identificarse, quienes menos tienen quedan expuestos, sin protección y sin margen para defenderse.


La interpretación evita el dramatismo fácil.
Álvarez-Ossorio articula cada gesto con una calma inquietante, casi documental, que permite que el texto respire.


Sugiere el dolor. No busca conmover, invita a comprender. Y en esa contención reside su fuerza.
La obra impacta por lo que despierta en quien la escucha, por lo que muestra en escena.


Hay ecos contemporáneos que resultan incómodos, dinámicas de deshumanización que, bajo otras formas, siguen presentes.
No hablamos de locura. Hablamos de una ceguera social capaz de borrar vidas, una ceguera extendida y asumida que hoy actúa como una de las armas más peligrosas.

Por eso la cultura importa. Nos afina la mirada y nos conduce de vuelta a esos lugares que preferiríamos no volver a abrir, aunque sea esencial mantenerlos abiertos para entender quiénes somos.

La función recordó que el teatro va mucho más allá del entretenimiento. Es un espacio que preserva memoria, abre preguntas y mantiene encendida la parte de la historia que aún necesitamos comprender.
En Montijo encontrarás una programación en crecimiento que necesita del público para sostenerse. Cada asistencia refuerza un proyecto cultural que avanza cuando la gente decide acompañarlo.


















