por Rut GG
Mai Mai Mai (mientras escribo)
(Crónica visual y reflexión sobre un sistema que aún no entiende la creatividad)
El reloj de la torre marca las 7:30 de la mañana. El atrio de la iglesia todavía huele a humedad y suena silencio.
Una familia —sí, una familia— empieza a preparar el espacio de un espectáculo de funambulismo. Mientras la niña de cinco años duerme en su cama, calentita, la madre y el padre preparan el cable sobre el que, en unas horas, otras familias levantarán la vista para ver cómo alguien camina por el aire.

Hay que recordarlo, las familias no solo viven puertas adentro. También crean, trabajan, inventan, arriesgan. También sostienen el arte.
El equipo de la concejalía de Cultura de Montijo coloca moquetas, ajusta estructuras… Y no sorprende ver dos tractores en mitad del atrio de la iglesia, aquí el arte convive con lo rural sin pedir permiso.

La mirada de una niña que aprende que su madre camina por el cielo
Pienso en esa niña cuando, en la puerta del colegio, alguien pregunte:
—¿En qué trabaja tu mamá?
Y ella responda, sin adornos:
—Camina por el aire.
Algunas personas lo encontrarán fascinante. Otras desconcertante, probablemente no la tomarán en serio. Porque en un sistema que retrocede, la creatividad sigue siendo sospechosa. Una mente libre incomoda. Una profesión artística se cuestiona. Y lo que no encaja en la norma se mira con desconfianza.

Por eso seguimos explicando —una y otra vez— que caminar sobre un cable es una carrera de altura. Que el arte no es un capricho, sino una herramienta para que nuestros hijos desarrollen pensamiento crítico.
Y sí, lo repito siempre: tener pensamiento crítico sigue siendo una revolución.

Un arte antiguo que sigue desafiando al mundo moderno
El funambulismo no nació ayer. En la Antigua Grecia y Roma ya existían los schenobates y funambuli, artistas capaces de desafiar la gravedad con una elegancia que aún hoy nos conmueve.
En la era moderna, figuras como Charles Blondin —cruzando las cataratas del Niágara en 1859— o Philippe Petit —volando entre las Torres Gemelas en 1974— devolvieron al mundo la certeza de que el equilibrio no es solo destreza, sino también coraje.
El gesto de Petit, irrepetible por naturaleza, quedó inscrito en la historia como un desafío a lo establecido y una afirmación de belleza. Hoy sigue latiendo como una forma de resistencia poética frente a lo monumental, lo efímero y lo que parecía imposible.
La Corcoles, cuando el cable se convierte en lenguaje
En esta representación, la compañía La Corcoles despliega el universo creativo de Mariona Moya: circo, danza y teatro de calle entrelazados en un lenguaje propio.

Una propuesta arriesgada donde la imagen y la simbología sostienen el relato. Un ejercicio de deconstrucción del funámbulo tradicional, donde la emoción del intérprete irrumpe sin filtros. Un duelo quijotesco entre técnica y vulnerabilidad. Una peregrinación íntima hacia la cresta de los propios abismos.

Sobre el cable se juega algo más que equilibrio físico. Hay una tensión constante entre la precisión que exige la disciplina y la vulnerabilidad que ella decide compartir.
Ese contraste —inusual en una disciplina que suele ocultar cualquier fisura— convierte cada paso en un gesto de honestidad.

Lo que vemos es un viaje íntimo hacia los propios límites, una exploración de los miedos y las alturas internas que cada artista carga consigo. Un recorrido que no solo se camina en el aire, sino también hacia dentro.

Y mientras todo esto ocurre… alguien lo cuenta con imágenes
Mientras la familia ensaya, mientras la niña duerme, mientras los tractores esperan su turno, alguien observa, encuadra, documenta. Porque cada gesto, cada tensión del cable, cada respiración previa al salto, merece ser contada.

Ese es el valor de la cobertura gráfica profesional, convertir un instante efímero en el archivo vivo de lo que nos marcó. Traducir un espectáculo en relato visual. Hacer que el arte se vea y, sobre todo, permanezca.
Y en un mundo que retrocede, contar bien lo que avanza es casi un acto de resistencia.

















