Bailar, compartir, sanar…

Paloma Soto Mayordomo y Lara Fernández de la Cruz, profesoras de la Escuela Municipal de Danza de Montijo, junto a un grupo de alumnas adultas participantes en las clases de danza.. (Foto: Rut GG).
Paloma Soto y Lara Fernández, profesoras de la Escuela Municipal de Danza de Montijo, junto a un grupo de alumnas adultas participantes en las clases de danza.(Foto: Rut GG).
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Con motivo del Día Internacional de la Mujer, Paloma Soto Mayordomo, profesora de danza clásica y contemporánea de la Escuela Municipal de Danza de Montijo, comparte una reflexión sobre su trayectoria en la danza y sobre el papel que esta disciplina puede desempeñar en la vida de las mujeres adultas.


por Paloma Soto Mayordomo
Profesora de danza clásica y contemporánea | Escuela Municipal de Danza de Montijo


Bailar, compartir, sanar…

Cada movimiento guarda una historia, y cada paso compartido abre un pequeño universo de emociones y conexiones. Y para alguien que la mayor parte de su vida la ha pasado en movimiento, no es difícil creer, que su vida está cargada de grandes historias. 

Comencé a bailar hace más de cuarenta años. Mi carácter inquieto me llevó a explorar otros caminos, incluso otras profesiones, pero la danza siempre me llamaba de vuelta.

Paloma Soto Mayordomo
Paloma Soto Mayordomo. (Foto: Cedida)

Casi de manera inconsciente, y tras una larga entrevista con Fabiola Gutiérrez, directora de la academia de danza Isadora de Mérida, la docencia fue el camino elegido. 

Elegir enseñar no fue renunciar al escenario; fue abrir un espacio donde la danza podía multiplicarse, compartirse y transformarse a través de otras personas.

Paloma Soto, profesora de la Escuela Municipal de Danza de Montijo, junto a un grupo de alumnas adultas durante una actividad de la escuela.
Paloma Soto, profesora de la Escuela Municipal de Danza de Montijo, junto a un grupo de alumnas adultas durante una actividad de la escuela. (Foto: Rut GG).

A la hora de enseñar, cada edad tiene su propia magia. En los primeros años, todo es alegría y espontaneidad, casi diría que mi función es canalizar, toda esa libertad de moverse sin miedo, hacia unos pasos estructurados que poco a poco se irán convirtiendo en una danza mucho más académica. 

Con la llegada de la pubertad y la adolescencia, te haces cómplice y sufridora de esas miradas desafiantes llenas de preguntas internas que necesitan urgentemente tener una respuesta. Y puedo asegurar, que paso a paso, movimiento a movimiento, la danza ayuda muy positivamente al desarrollo de las personas que la eligen 

La profesora Paloma Soto junto a alumnas adultas de la Escuela Municipal de Danza de Montijo.
La profesora Paloma Soto junto a alumnas adultas de la Escuela Municipal de Danza de Montijo. (Foto: Rut GG).

Pero ¿qué sucede cuando son mujeres adultas las que deciden bailar? Llegan cargadas de responsabilidades, dudas o silencios acumulados, y poco a poco descubren que la danza no es solo ejercicio: es un espacio para reconectar con ellas mismas, recuperar confianza y permitir cuidarse. Cada movimiento fortalece sus cuerpos y, al mismo tiempo, transforma sus emociones, su seguridad y su manera de habitarse.

Muchas llegan pensando que solo harán actividad física. Y sí, lo es. Pero pronto descubrimos que ocurre algo más profundo: la risa compartida, la mirada cómplice, el abrazo silencioso de la comunidad. Entre pasos y movimientos nace un espacio de cuidado, solidaridad y amistad que convierte la clase en un verdadero refugio.

Como explica la neurocientífica Nazareth Castellanos en su libro El puente donde habitan las mariposas, cuerpo y cerebro están profundamente conectados. Cada postura, cada respiración y cada movimiento consciente envía mensajes directos a nuestro mundo emocional. La ciencia lo confirma, pero yo lo veo cada semana: cuando ellas se mueven, se fortalecen y se coordinan, también se ordenan por dentro; la danza transforma su cuerpo y su manera de mirarse.

Paloma Soto Mayordomo y Lara Fernández de la Cruz durante una coreografía junto a otras compañeras. (Foto: cedida)

Hoy siento que enseñar a estas mujeres adultas ha cerrado un círculo en mi carreracomo docente. Ellas me enseñan, me desafían y me renuevan en cada clase.

Gracias a compartir la danza con ellas, descubro nuevas formas de enseñar, nuevas formas de mirar y, sobre todo, nuevas formas de aprender.

La danza se convierte así en un espacio de transformación mutua: porque bailar juntas no es solo mover el cuerpo, es abrir el corazón, tejer historias y descubrir que, en cada paso compartido, también nos encontramos a nosotras mismas.

Ellas crecen, yo crezco, juntas nos sanamos.

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