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Diario de campaña


por Alfonso Pinilla


 

Acaban de cumplirse quince años de la matanza del 11-M. Tantas personas asesinadas, tantas familias destrozadas, tantos heridos conmueven. Eso fue, desde luego, lo más dramático. Pero a otro nivel, al del análisis histórico, también produjo una inmensa tristeza la división que el atentado desencadenó en la política española. Y, junto a esa división, la emergencia de una operación de agitación y propaganda aventada desde los mensajes de móvil que ya empezaban a encender la gasolina en las calles. Aquél fue el inicio, a la española, de las revueltas postmodernas que, corregidas y aumentadas, después vimos en Cataluña con motivo del “prusés”. Se desataron con el 11-M los demonios familiares que dividen nuestra nación hasta debilitarla en grado sumo. Acaba el excomisario Villarejo de entregar al juez que le procesa un escrito donde desliza que el 11-M fue perpetrado por los servicios secretos marroquíes, en cooperación con la inteligencia francesa, que les serviría de apoyo logístico. Da pavor pensar por qué turbias aguas discurre el choque de intereses geoestratégicos. En ese choque, y en ese lodazal, se inscribiría la verdad de aquél atentado, de la cual conocemos retazos y relatos inacabados. Sin prejuicios, la sociedad española –incluida su clase política– debería unirse en la búsqueda de esa verdad, aunque el resultado de las pesquisas nos estremezca.