Alejandro, Carmen, Jesús, Leo, Miguel Ángel, Pablo y Teo nos cuentan cómo fue su misión solidaria en un orfanato de Malabo

Leo, Teo, Miguel Ángel, Carmen, Pablo, Jesús y Alejandro nos cuentan cómo fue su misión solidaria en un orfanato de Malabo. (fotos: cedidas)
Publicidad
programa de eventos del Ayuntamiento de Montijo

por Azra García


Jóvenes extremeños viven una experiencia inolvidable en Guinea Ecuatorial

Jóvenes scouts de MontijoPuebla de la Calzada y Valdelacalzada ha pasado el mes de julio en un orfanato de Malabo. Algunos de ellos cuentan por qué volvieron convencidos de que recibieron mucho más de lo que dieron.

Miguel Ángel, uno de esos jóvenes, le dijo a uno de los niños del orfanato de Malabo en Guinea Ecuatorialque aquel lugar era su casa. El pequeño le corrigió sin dudarlo: «Te equivocas, esta es nuestra casa, vosotros ya sois de la familia».

En esa respuesta cabe buena parte de lo que este verano vivió en Guinea Ecuatorial un grupo de jóvenes scouts de la provincia de Badajoz.

Los jovenes, procedentes de Puebla de la Calzada, Valdelacalzada y Montijo, durante todo el mes de julio han realizado un voluntariado en Malabo, en la isla de Bioko, en Guinea Ecuatorial, acompañados por Justo Fermín Luengo, párroco de Puebla de la Calzada. No es la primera misión de este tipo (en años anteriores habían vivido experiencias similares en Perú), esta vez centraron su labor en el acompañamiento de los niños de un orfanato y en la colaboración con las parroquias de Santa Maravillas y Santa Beatriz, adonde llevaron también ropa, juguetes y ayuda económica.

Regresaron a España el 31 de julio. Siete de ellos —Alejandro Gómez Pérez, Carmen Escudero Escassi, Jesús Vicho Mendoza, Leo Gómez Pérez, Miguel Ángel Vicho Mendoza, Pablo Moreno García y Teo Espinosa Huertas— comparten aquí lo que se traen de vuelta.

Estar, más que hacer

Sobre el papel, su labor tenía tareas concretas. Leo la resume en «colaborar con el orfanato de Malabo, ayudando en las tareas que fueran necesarias y pasando tiempo con los niños». Miguel Ángel se centró en «dar clases y hacer juegos y animaciones», y Jesús, en la «animación, preparación de juegos» y las clases a los niños de primaria.

Pero muy pronto entendieron que lo esencial no estaba en la agenda. Para Teo, la parte fundamental fue acompañar a los menores en su día a día: «Intentamos ofrecerles atención, cariño y compañía», y sobre todo «estar con ellos, escucharles y compartir nuestro tiempo».

Pablo lo tenía claro desde el principio: se trataba de conseguir que los niños vivieran «unas semanas diferentes a las que suelen tener durante el año».

Lo que no esperaban encontrar

Si algo se les quedó grabado a todos fue la forma de recibir de la gente de Malabo. Nada más llegar, cuenta Pablo, las personas que conocieron fueron capaces de «hacernos sentir como en casa y de tratarnos como parte de su familia». Miguel Ángel lo resume en «la capacidad de amar y acoger a los voluntarios que tienen en el orfanato», y a Alejandro todavía le sorprende «la solidaridad y el cariño que muestran las personas aunque no te conozcan de nada».

Para Carmen, la clave estaba en lo cercana que es esa gente.

Por encima de todo, estuvieron los niños. Su alegría lo desbordaba todo. Jesús se quedó con «el cariño que te expresan los niños, su simpatía, su alegría y la capacidad que tienen de bailar en cualquier momento», y Carmen con ese «cariño inmenso» que dan sin pedir nada a cambio. Lo que más les removió, sin embargo, fue descubrir cuánto se puede disfrutar con casi nada. A Teo le sorprendió «la capacidad de los niños para disfrutar y ser felices con cosas muy sencillas», y Leo lo vio cada día en cómo «disfrutan y valoran cosas tan sencillas como jugar, compartir tiempo juntos o recibir cariño».

La lección de vuelta a casa

De ahí nace el aprendizaje que más se repite entre ellos. Miguel Ángel lo reduce a una frase: «Se puede ser feliz con poco». Es la idea que sobrevuela todos los testimonios. Carmen dice haber aprendido «a valorar lo que tenemos, tanto cosas materiales como a la familia y a los amigos», y a comprender que «la verdadera felicidad está en las cosas sencillas». Leo habla de ser más agradecido: «Muchas veces no necesitamos grandes cosas para ser felices, y compartir nuestro tiempo con los demás puede tener muchísimo valor».

Pero hay un segundo aprendizaje, más profundo, sobre qué significa de verdad ayudar. Teo lo tiene claro: «Ayudar no significa únicamente dar cosas materiales, sino saber acompañar, escuchar, tener paciencia y mostrar cariño». Jesús llega a la misma conclusión por otro camino: «Aprendes a valorar todo lo que tienes, y sobre todo aprendes que dando es como se recibe». Y Alejandro pone el broche reconociendo que la experiencia cambió por completo la perspectiva con la que llegaron: «Al final te das cuenta de que recibes más de lo que das».

Es también la sensación que resume Leo cuando piensa en lo que los niños le dieron a él: «Aunque nosotros íbamos con la intención de ayudar, ellos también nos han aportado muchísimo a nosotros».

Lo que ellos pusieron

¿Y qué aportaron ellos? Todos coinciden en que no fueron tanto las actividades como el tiempo, la atención y el cariño. Miguel Ángel cree que pudieron dar «amor a niños que tienen historias difíciles y se encuentran faltos de él». Carmen habla de «alegría, energía y mucho cariño», y Jesús de «alegría, diversión» y nuevas formas de jugar que los niños no conocían.

Leo lo resume en «nuestro tiempo, nuestra compañía y nuestra ilusión», y Alejandro en «cariño, atención y compañía». Teo insiste en el valor de ese tiempo compartido «nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro cariño» y añade una idea que le da la vuelta a la sensación de no haber hecho «algo enorme»: esos momentos de «jugar, reír, hablar y sentirse acompañados tienen mucho valor»

Los momentos que se quedan

Hubo escenas que ya no se les olvidarán.

Carmen se queda con las llegadas diarias al orfanato: «Nada más bajarnos del autobús, venían todos los niños a recibirnos sonrientes, gritando nuestro nombre y llenándonos de besos y abrazos». Jesús habla de «muchas sonrisas, muchas caras que se te quedan grabadas», y Leo, otra vez, de la convivencia: «los momentos que compartimos jugando y riéndonos».

Y luego llegó la despedida. El último día, dos niñas, empezaron a llorar al entender que los jóvenes se marchaban y que quizá no volverían a verse. Pablo había logrado contener la emoción hasta ese instante. «Aquella escena me hizo imposible seguir haciéndolo», reconoce.

Alejandro guarda un recuerdo más callado, de esos que dicen mucho: «la felicidad que mostraban con gestos tan sencillos como un abrazo o una muestra de cariño».

Nadie vuelve igual

A la vuelta, las respuestas se vuelven íntimas. Miguel Ángel ha aprendido a valorar «cosas que parecen simples y no lo son, como poder abrazar a tus seres queridos». Carmen reflexiona sobre «cuántas veces nos quejamos por cosas que realmente no lo merecen».

Alejandro se sorprende ahora con lo cotidiano: «algo tan sencillo como abrir el grifo y tener agua». Y Pablo dice prestar más atención a cuándo alguien, a su alrededor, necesita afecto.

Jesús lo formula de la manera más rotunda: «Uno nunca vuelve a ser el mismo después de experiencias como estas, y una parte de ti siempre se queda allí con ellos».

Leo, que asegura haber vuelto «con una mentalidad diferente», resume lo que buscaban sin saberlo: «No se trata de llegar a un lugar y pensar que vas a cambiarlo todo, sino de ayudar en lo que puedas, compartir, escuchar y aprender de los demás».

Al final, los protagonistas de esta historia no son los jóvenes que viajaron, sino los niños que les enseñaron que se puede ser feliz con poco.

Publicidad

Síguenos

8,081FansMe gusta
1,640SeguidoresSeguir
998SeguidoresSeguir
883SuscriptoresSuscribirte