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por Luis Alberto Guijarro Dominguez

La generación matada

Hace un tiempo escuché en un medio de comunicación que la generación de mis sobrinos era la generación perdida. Formados, sin empleo y con pocas aspiraciones, varados entre dos crisis mundiales y un futuro poco alentador.

Hoy quiero a hablar de otra generación: La generación matada.

Imaginaros nacer en los años 40. La guerra acaba de terminar y el país se sume en una crisis sin precedentes, cerrada en fronteras al exterior y sin apenas capacidad de autoabastecimiento.

Una niña de entonces pasaba los días entre campos de algodón y voces de señoritos de digno apellido, dignos únicos también, de títulos variopintos y estudios universitarios.

Quizás no sea malo mirar en la memoria de nuestros abuelos, cuando cerramos la puerta a aquellos que piden por las casas…

Antonia era hija de Fidela, criada de los Ayala y de Antonio, guarda de una tierra que hoy se llama Valdelacalzada. Antes vendió tabaco, carbón y todo aquello que permitiera llevar un trozo de pan al chozo donde vivían sus siete herederos.

En cada cama dormían cuatro, en vertical; cabezas de unos sobre los pies de los otros.

No había tiempo para pensar en su hermano Miguel, muerto en el 39 a golpes de culata malintencionada.

Antonia tenía no más de diez años cuando ya servía en casas de señoritos. Ellos la querían como a una hija, más bien como sobrinilla, a la que incluso ofrecieron estudios a su cargo y cuenta.

Pero ella no aceptó, pues como tantas otras doncellas, se casó virgen y joven y, siendo joven también y con cuatro hijos, se quedó viuda y desamparada.

Digna, valiente y decidida, fue otra emigrante más en la Barcelona burguesa e industrializada. Allí sacó a sus hijos adelante, trabajando sin descanso, barriendo mucho y cosiendo más. Para quedar allí juntos, con sombras y luces, pero juntos.

Hoy, 4 de Noviembre de 2020, en las 306 palabras anteriormente escritas, aún no te nombré, vil responsable de su matanza.

Una fría llamada, tras días sin saber, informa que Antonia dejó de luchar.

¿Ella?

¡No la dejasteis luchar, carajo!. La trinchera en la que debiera esconderse, se la quedó otro soldado, más joven y sano, quizás.

Como el tratamiento… Sólo un reloj viejo y maldito, marcando la hora en que la cama y el respirador quedarían disponibles para otro.

Tras una mampara de protección y en una habitación oscura, uno de sus hijos llega con el encargo de despedirse para siempre, en nombre de sus hermanos.

Mama, me despido de ti, en mi nombre y en el de mis tres hermanos. Te pido perdón por no estar todos, pero no nos lo permiten, verte y que nos veas, ahora que ya te vas, tus hijos… Te queremos.

No sé si le escuchó y, si abrió los ojos, quizás viera una cara conocida dentro de un traje de lluvia, de lejos…

Y así mataron a Antonia. El asesino, una enfermedad que seguiré sin nombrar y un sistema que seguiré sin nombrar. Ese que ha decidido que una generación tan digna como la suya no es digna para vivir.

Falta de previsión. Falta de humanidad. Injusticia.

La selección natural, dirán algunos. La generación matada, diremos otros…

Descansa en paz tía,
Luis Guijarro Dominguez

 

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