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Diario de campaña


por Alfonso Pinilla


 

Aristóteles concebía la aristocracia como el gobierno de los mejores, una elite que debería tener buena formación, amplias lecturas, sapiencia general; un grupo de individuos que representara fielmente a los ciudadanos y se mantuviera vigilante ante las derivas tiránicas que siempre laten en cualquier democracia. Pero, sobre todo, Aristóteles insistía en que el aristócrata es el excelente en el servicio. Quien mejor sirva a la comunidad, ése debe ser nuestro representante. Por eso no veo con malos ojos que los partidos abran sus puertas a figuras brillantes de la sociedad civil, con una hoja de servicios acreditada a lo largo de su trayectoria profesional. Bienvenidos, pues, los fichajes, siempre que no haya pucherazos de por medio para imponerlos (Ciudadanos en Castilla León) o que quienes den el salto a la política no sean los árbitros encargados de aplicar las leyes. Es el caso de los jueces, o de los abogados del Estado, cuyo trasiego del escaño a las puñetas se antoja peligroso para salvaguardar la independencia de la justicia, ese preciado bien de la democracia. Parecido caso es el del generalato en la reserva, si bien estos militares ya “no están sujetos al régimen general de derechos y deberes de los miembros de las Fuerzas Armadas” (artículo 115 de la Ley de la Carrera Militar), por lo que pueden hacer sus pinitos en la política si lo desean. No obstante, aunque sólo sea por estética, ni jueces, ni abogados del Estado, ni militares pintan bien defendiendo unas parciales siglas. Aristóteles diría que sí, adelante todos los fichajes, siempre y cuando sirvieran al bien común. Pero yo no me fío ni de Aristóteles.