por Rut GG
Johannes Brahms, mientras escribo
Hace un par de días me preguntaron cuál era mi meta y respondí seguir aprendiendo.
Anoche me preguntaron cómo definiría lo que había fotografiado en pocas palabras y me quedé sin respuesta. No supe explicar de qué manera había salido del Nuevo Calderón.
Durante unos instantes llegué a preguntarme si estábamos contemplando todos lo mismo. Si aquello que estaba ocurriendo sobre el escenario lo estábamos compartiendo o era una percepción íntima.
Hubo un momento en el que observaba a Morán, a quien ya había escuchado en otras ocasiones, y dejó de parecerme un director de orquesta para convertirse en algo más difícil de nombrar, una nota, un sonido… algo intangible, no sé. Quizás por eso agradezco tanto la fotografía, porque impone un orden a mi mirada cuando las palabras resultan insuficientes.
Las imágenes que siguen son el intento de traducir aquello que veía. Y, sobre todo, aquello que sonaba.


El mundo va mal y el sistema peor.
Mandamos a nuestros hijos e hijas a la escuela durante siete horas al día y apenas reservamos unas pocas para la música. Hasta segundo de la ESO tiene presencia; después parece desvanecerse del mapa educativo. Y, sin embargo, mientras escribo esto, no puedo evitar pensar que la música y la historia son inseparables. Las revoluciones tuvieron himnos, las guerras sus marchas, los movimientos sociales sus canciones y cada generación una banda sonora propia.
En las lecciones de Historia podrían sonar las músicas de cada época. La emoción también es una forma de conocimiento y una nota puede explicar un tiempo histórico con una precisión que a veces no alcanza un manual.

El idioma universal no es el chino ni el inglés, es la música. La música conecta a personas de diferentes ideales, gustos y lugares; despierta conciencias. Ayer, Anam Camerata, junto a Alexander Kandelaki, fueron senseis del alma.
Existieron momentos en los que Morán dirigía de una manera tan «todoterreno»… Expreso esta palabra porque, técnicamente, la verdad es que no sé cómo se definiría lo que Morán estaba logrando. Todos los instrumentos dejaban estelas de sonido. La respuesta de Morán era tan certera que aquel todoterreno se convertía en un Porsche (que para mí una Benz es igual de estupenda o más). Verás, explico esta metáfora del todoterreno y el Porsche, Morán salía de su órbita terrenal conectado con cada grupo de la orquesta, violines, clarinetes, violonchelos… entrando a todo gas y llevándolo hacia la serenidad del sonido.
Ese sonido que te hace feliz. Ese que te explica que eso que sientes en ese momento escuchando a Camerata junto a Kandelaki es felicidad. Efímera en el instante, pero que queda firmada en tu persona para siempre.





¿Nos damos cuenta realmente de lo que hace la música cuando entra en nuestras vidas? Tiene la capacidad de despertar conciencias, ordenar el caos, fortalecer certezas y abrir preguntas. Nos ayuda a caminar con más firmeza porque actúa allí donde no alcanzan los discursos, en el territorio de la emoción.
Por eso creo que la humanidad debería invertir mucho más en ella. No como un lujo cultural, como una necesidad.
La música no distingue entre pobres y ricos, cuerdos y locos, jóvenes y ancianos. Cruza todas esas fronteras con una naturalidad que pocas cosas poseen. Y además conserva memoria, devuelve al presente a quienes corren el riesgo de ser olvidados. Como diría Pastor, la buena música también es una forma de justicia.


Hubo un detalle que me resultó llamativo, la presencia de bebés en el teatro. Permanecieron allí durante más de dos horas sin alterar el desarrollo del concierto. Más allá de la anécdota, me parece una imagen cargada de sentido. Solemos pensar la música como un hecho cultural o artístico, pero antes que nada es una experiencia humana. Anoche convivieron en una misma escucha quienes apenas empiezan a descubrir el mundo y quienes llevan toda una vida habitándolo. Y, de algún modo, la música consiguió reunirlos a todos en un mismo tiempo y un mismo lugar.
Quizá porque la música sigue haciendo algo que la política, los algoritmos y las redes sociales parecen haber olvidado, reunir bajo una misma emoción a personas que piensan de forma diferente. Mientras otros espacios fragmentan, clasifican y refuerzan las diferencias, la música continúa ofreciendo un territorio común.
Y en ese lenguaje abstracto y, al mismo tiempo humano que son las notas musicales, no existen fronteras ideológicas, generacionales o sociales capaces de impedir el encuentro. Allí cabemos todos y todas.


No sé cuántos músicos había exactamente ayer sobre el escenario, pero sí sé que todos ellos hicieron posible aquello que intento contar. Y quizá por eso no procede aquí decir «larga vida a la música». Tampoco «mucha mierda». Lo que ocurrió anoche en Montijo, un municipio de apenas 17.000 habitantes, fue una suspensión temporal de las inercias que gobiernan nuestro tiempo.
Solemos asociar la rebeldía a las pancartas, a los eslóganes o a la ocupación de las calles, cuando también existe una forma discreta de resistencia que se ejerce desde las butacas de un teatro. Cada vez que nos detenemos a escuchar, a contemplar o a compartir una experiencia cultural, estamos defendiendo algo esencial. Las movilizaciones no ocurren únicamente en las calles, también suceden allí donde una comunidad decide preservar aquello que la hace más humana. Y la música es una de las expresiones más complejas y refinadas de esa condición.

La inteligencia artificial podrá reproducir estructuras, identificar patrones e incluso imitar determinados lenguajes sonoros. Pero aún existe una distancia insalvable entre la reproducción y la experiencia.
Lo que sentimos anoche no estaba solo en las partituras ni en los instrumentos, estaba en el encuentro irrepetible entre quienes interpretaron la obra y quienes estuvimos allí para escucharla.
Y eso, de momento, sigue perteneciendo al territorio de lo humano.

¡Ay, madre mía!, sigo procesando lo vivido. Y la mejor noticia es que esto no termina aquí. El próximo 7 de noviembre el Teatro Nuevo Calderón de Montijo volverá a abrir sus puertas a Anam Camerata, esta vez acompañada por Luis Pastor.


















