Aclaraciones metafóricas
Por Miguel Ángel Gayo Sánchez
(Sevilla)
Mi querido Lobezno:
Utilizo la tradicional carta manuscrita a pesar de que nuestra relación se fraguó en la distancia y por medios telemáticos. Esta noche volveremos a hablar en el chat de solteros donde nos conocimos, pero quise enviarte esta misiva para reafirmar mis sentimientos y precisar algunas cuestiones antes de nuestra inminente cita física.
¡Y es que resulta que los dos somos muy metafóricos!
Cuando te presentaste en el chat utilizando el nick de “Lobezno”, imaginé a un depredador solitario dispuesto a devorar a la hembra de su vida. ¡Justo lo que yo necesitaba en estos momentos! Ayer, después de dos semanas virtuales de amable conversa, matizaste el significado de tan sugestivo apodo: “Amada Tecla, tengo pelos hasta en las uñas de los pies. Parezco un lobo. De ahí el nick. Lo siento si te he decepcionado”.
¡Ay, Lobezno, qué tonto eres! ¡Qué pueden importar unos pelillos, por muchos que estos sean! Ya sabrá Tecla abrirse paso y encontrar al hombre que se esconde tras la espesura.
Tu sinceridad te honra y me conmueve. La añado al resto de virtudes con las que has conseguido atraparme el corazón.
Pero ya te dije que los dos somos muy metafóricos. Debo aclararte entonces el auténtico significado del apodo con el que me presenté en el chat. Y muy al contrario de lo que imaginaste en un primer momento (relacionando el nick de “Tecla” con mi habilidad en el ordenador) te diré que hace referencia a Santa Tecla de Icono, antigua mártir del cristianismo, a la que me une el haber perdido un brazo como ella.
Sí, Lobezno, soy una lisiada que aporrea el teclado con una sola mano por puro amor.
Rezo para que estas aclaraciones metafóricas nos unan de por vida. Pronto nos veremos en la vida real: tú con tus pelos, yo sin el brazo, gozosos de pasión los dos.
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En las aguas del recuerdo
Por Juan Pablo Sánchez Miranda
(Montijo)
(“A veces las raíces del alma sienten frío
en la crisálida invisible que las envuelve.
A veces añoran la luz a pesar de ser ciegas.
Por eso, se aferran a los lugares
donde vagan los susurros perdidos
o, acurrucadas, se apilan esas caricias que nunca se dieron.
A esos lugares invisibles que habitan tras los lugares que vemos.
Esas islas cuya fragancia sólo conocemos los que estuvimos allí
y la aspiramos entre el oleaje de espumosos besos…”)
El recuerdo es como un río que fluye entre veredas recónditas a las que sólo uno mismo puede acceder y sumergirse en sus cálidas aguas. Los momentos de soledad como éste son los más idóneos para acercarme a la orilla y ver mi reflejo en su claro espejo o intentar capturar todos esos momentos atrapados en su corriente.
Lentamente alargo mi mano y palpo tu esencia disuelta en el líquido de la memoria. Ahí estás. Aquí estás de nuevo. Aturdida, blanda, transparente, temblorosa como un recién nacido. Otra vez en el mundo que pensabas que te había olvidado para siempre.
Por arte de magia, tu presencia se filtra por cada grieta de esta casa e inunda el vacío que hasta ahora ha estado reinando. El río frena de repente su cauce…
…Y te tengo frente a frente, intacta. Enmudezco. Miles de palabras polvorientas se apresuran a salir a la vez de mi boca, pero tu imagen palpitante las evapora como si fueran diminutas motas de escarcha acariciadas por el ámbar de los primeros rayos de sol.
¿Qué decirte que no sepas? Si tú fuiste la que construiste mi vida moldeando en silencio mi ser y mi existencia. Tú puliste cada uno de los peldaños que ascienden a mi conciencia y forjaste el camino que ambos iniciamos hace ya cincuenta años…
Cincuenta años…¿qué es eso? Nada, la fugacidad de una chispa comparado con los dos años sin ti a mi lado en estos días sombríos, en estas noches eternas. Ojalá el tiempo fuera un puente, no una muralla. Algo que manejásemos a nuestro antojo, que pudiéramos alargar, retorcer, contraer cada vez que quisiéramos, que pudiéramos convertir en esa bruma que aturde los sentidos y envenena el alma quedándola dura e inmutable como el mármol. Ojalá fuera posible desenredar la eterna maraña de horas y minutos que se interpone entre nosotros para comenzar de nuevo. Estaría dispuesto a olvidarlo todo, lo malo y también lo bueno, a cambio de otra vida entera contigo.
En esta misma habitación, ante tus ojos teñidos de atardecer, me vuelvo a declarar tuyo como el primer día. Te beso con la misma pasión de la juventud, te atraigo hacia mí con una fuerza que duele tanto como tu ausencia. Entre susurros, te corono como la sutil guardiana de mis sueños en combustión. Vuelvo a adornar mis palabras para que acaricien tus oídos y me regales una de tus sonrisas. Todo para darme cuenta de que es al aire silencioso a quien me estoy dirigiendo.
Incapaz de ir más allá, decido dejar al río fluir de nuevo y escaparse entre mis dedos llevándoselo todo (también a ti). Cuando dejen de sangrar las heridas que acabas de abrir, una vez más te tenderé la mano y recuperaré de las aguas profundas en las que ahora te alejas.
Mas no te preocupes, pues mantendré nuestro secreto. Cubriré las llagas con aureolas de silencio. Ante todos seguiré fingiendo, disimulando que no estoy roto por dentro, con el consuelo de que tu recuerdo es lo único que mantiene juntos los miles de fragmentos en los que se ha convertido mi vida, y de que sigues viviendo prisionera en la irremediable vacuidad de hablarle a una fotografía.
















