
por Rut GG
Una noche en el atrio, danza vertical, arte en directo y corazones encendidos
Cámara en mano, corazón en vilo, fui testigo de los primeros latidos del espectáculo. Disfrutábamos de los ensayos de Delrevés, en ese rincón íntimo donde el arte aún no se muestra, pero ya empieza a respirar.
Julià López Vázquez, técnico del espectáculo Finale, ajustaba cada detalle con precisión quirúrgica, mientras los operarios del ayuntamiento dejaban las calles limpias.

Entre clics y suspiros, pensaba en ellas, las bailarinas.

Dos mujeres. Dos aves. Dos cuerpos suspendidos en el aire.

Ellas, Saioa Fernández y Sheila Ferrer, de la compañía Delrevés (fundada en Barcelona por Saioa Fernández y Eduardo Torres en 2007), han recorrido medio mundo colgando el arte de las alturas. Su danza vertical además de técnica, es lenguaje, es poesía, es una forma nueva de mirar el cielo.
Las vi aparecer como aves en el reloj del atrio, justo bajo las campanas. Tutú negro, mirada firme, y una energía que desde abajo se sentía como electricidad.

Desde el porche del teatro, desde cada esquina del atrio, la espera era un suspiro.

Y entonces empezó, técnica y cuerpo en perfecta comunión. Ensayaban para lo que por la noche sería un espectáculo inolvidable.

El atrio, que horas después estaría a rebosar, ya temblaba.
Por la tarde, el ambiente se transformó. La música de Koke Díaz empezó a envolverlo todo, mientras Adrián Rolo pintaba en directo un cuadro de bailarinas. Arte en vivo, sin filtros ni retoques. Cultura en estado puro. Niños, mayores, adolescentes… todos atrapados por la magia. ¡Qué bonito! ¡Qué chulo! ¡Cuánto arte!

Y me voy a mojar un poco más, la música de Koke es de la buena, de la de verdad. No es solo un DJ con ritmo, es un artista con escuela musical. Su música no se queda en lo comercial; cuenta historias.
Su set estaba ajustado al momento. Hay melodías, sonidos, una narrativa que se siente. Desde las escaleras del teatro, mientras trabajaba, podía reconocerlo, eran buenos temas. Para los que saben, un regalo. Para los que no, una revelación.

Adrián, por su parte, no soltó el pincel ni un segundo. ¡Qué concentración! Pintó a las bailarinas con una delicadeza que emocionaba. Y ellas, las reales, se acercaron después a ver el cuadro. Lo miraban con ilusión, con admiración. Fue un momento íntimo, precioso.

Las aves de la noche
Esta vez con tutú blanco. Inspiradas en el Hombre de Vitruvio de Da Vinci —casi nada—, descendieron desde la torre de la iglesia de San Pedro. Literalmente volaron.

A la altura de la primera ventana comenzó la coreografía, ballet clásico en vertical, a varios metros del suelo. Posturas imposibles, belleza suspendida. El público, abajo, contenía el aliento.

Las redes sociales ardían (por fin, por algo bueno). Comentarios llenos de emoción, de agradecimiento, de orgullo.
La concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Montijo se lució. Técnicos, acomodadoras, personal del teatro… cada detalle cuidado con mimo.

El atrio estaba a reventar. Ni un alfiler cabía. Los niños cenaban pizzas en las escaleras, las terrazas llenas, los balcones convertidos en palcos improvisados. Qué manera tan elegante de consumir cultura, de educar con ella, de transmitir valores.

Arte, eres lo mejor.
Pero como siempre, en todo lo bueno hay algo que duele. Porque mientras nosotros disfrutábamos, también pensábamos en quienes no podían hacerlo. En las familias desalojadas por los incendios. En los bosques que están siendo devorados por llamas…
Desde aquí, desde este rincón de arte y belleza, va mi apoyo incondicional a todas esas personas que en cuestión de minutos tienen que decidir qué salvar de una vida entera. A veces, solo pueden salvarse a sí mismas. Y eso ya es mucho.
















