
por Rut GG
Mayéutica (mientras escribo)
Robe no se ha ido del todo, su legado está en las canciones que siguen sonando en la memoria colectiva, en las casas, en los coches, en las voces de quienes crecieron con él y ahora lo transmiten a las que vienen detrás.
He crecido con la voz de Robe acompañando mis días. Desde mi adolescencia en los años 90, sus canciones fueron refugio en mis rabias, compañía en mis tristezas y celebración en mis alegrías. Su poesía me culturizó el alma, me enseñó a amar la libertad y a tener opinión crítica, algo que hoy echo en falta en muchas personas.
Su legado está en nosotras, en quienes lo escuchamos y lo transmitimos.
Extremoduro en el coche…
Está en las madres y padres que ponemos Extremoduro en el coche —cuando vamos al instituto o a las extraescolares—, en quienes recuerdan un verso en medio de una charla, en los tíos y tías que enseñan a los jóvenes que la música puede ser poesía. Y ahora nos toca asegurarnos de que sus canciones no dejen de sonar en las personas que vienen detrás.
Robe se fue, pero su voz sigue latiendo en mí.
Amar es la verdadera revolución.
Aprendí que la vida se expande cuando se comparte, que amar es la verdadera revolución, porque él insistía en que hay que amar y ensanchar el alma. Esa idea me acompañó siempre, como un recordatorio de que vivir con intensidad es la única forma de vivir de verdad.
También me enseñó que la rebeldía es necesaria. Entendí que no debía conformarme, que había que romper lo impuesto y buscar caminos propios.
En otros momentos me mostró la fragilidad. Comprendí que la vulnerabilidad no nos resta, sino que nos hace más humanos. Esa manera de desnudar el alma en una canción me enseñó a aceptar mis propias grietas.
Robe también me puso frente a las contradicciones de la vida. Al recordar que pedimos perdón por los pecados y por los pecados pedimos castigo, me enseñó a cuestionar lo establecido, a no aceptar verdades sin pensarlas, a mirar de frente nuestras incoherencias.
Caminos alternativos…
Y entendí, gracias a Robe, que la vida no siempre se escribe en las avenidas principales. Muchas veces se construye en los márgenes, en esos lugares donde una aprende a ser auténtica. Sus letras me mostraron que los caminos alternativos, esos que parecen ocultos y que tantas veces recorrí, son los que terminan revelando lo verdadero. Porque lo importante rara vez está en lo fácil o en lo evidente, sino en esos senderos que nos obligan a mirar más adentro y que, al final, nos llevan a lo que importa.
Literatura.
Robe me regaló sueños, me enseñó a pensar y me recordó que la libertad también se defiende con canciones. Su voz se apagó, pero sus poemas sonoros seguirán vivos, resonando y enseñando siempre.
Obras así deberían estar recogidas en los libros de literatura y ser referencia en colegios e institutos, porque forman parte de nuestra memoria cultural. En mi caso, tengo la suerte de que en el colegio de mi hija e hijo su música se escucha, y eso me llena de satisfacción. Gracias, Luis Moreno, por mantener encendida esa llama en las aulas.
Un legado.
Después de que Robe se haya ido, lo que queda es algo que no se apaga, un legado que sigue vivo en cada una de nosotras. Porque él nos enseñó que la música nunca fue solo pasar el rato, sino una forma de aprender a sentir y a pensar. Con sus letras soñamos, nos rebelamos, nos emocionamos… y entendimos que la libertad también se pelea con canciones, esas que se clavan y se quedan para siempre.
PD: Llegué tarde a retratarte. Me lo tomo como un nuevo principio.
Vuela alto, Robe.
















