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Diario de campaña


por Alfonso Pinilla


 

Pablo Iglesias, según sus propias palabras, llegó a la política para “romper el candado de la Transición”, pues consideraba la Carta Magna como la concreción del “enjuague infecto” que franquistas y traidores a la oposición democrática alumbraron tras la muerte de Franco. Siempre se ha opuesto a la Constitución, pero ahora la blande como el Libro Rojo de Mao, o la mini-constitución chavista, para dar lecciones de democracia al personal. Tal cinismo está dictado por su nueva estrategia de alcanzar un ministerio en la depresión más intensa de su corta carrera política, y para ello adquiere la pátina de hombre moderado, de docente regenerador, de estadista ejemplar que no quiere derogar la Ley de Leyes, sino cumplirla. El engaño es burdo y cae en la flagrante contradicción de que Iglesias invoca todos los artículos de la Constitución menos los dos primeros, pues en ellos se define el sujeto de soberanía –la fuente de poder– del Estado español. Artículo 1.2: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”; Artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre ellas”. La invocación de Iglesias al derecho a la autodeterminación para Cataluña –lo que, de facto, supone trocear ese sujeto de soberanía único e indivisible que es la nación española– pulveriza la base de la Carta Magna que tanto dice defender. Una contradicción más, en fin, para embellecer su dacha de Galapagar.