Cuando el progreso se apaga, ¿qué nos queda?

Un apagón eléctrico generalizado —de esos que solo ves en películas apocalípticas— nos dejó sin ordenadores, sin internet y, por supuesto, sin excusas para seguir trabajando.
Publicidad
programa de eventos del Ayuntamiento de Montijo

por Rut GG


¿Preparados para sobrevivir sin electricidad? Spoiler: no

El desconcierto llegó puntual, como quien no quiere la cosa, alrededor de las 12:30 del mediodía.

Un apagón eléctrico generalizado —de esos que solo ves en películas apocalípticas— nos dejó sin ordenadores, sin internet y, por supuesto, sin excusas para seguir trabajando. La incertidumbre, esa vieja conocida, se instaló de inmediato.

Vecinos y vecinas empezaron a salir a la calle, desconcertados, como si esperaran encontrar respuestas flotando en el aire. Algunas personas mostraban miedo, otras enfado, y otras simplemente esa cara de «¿y ahora qué?».

Pasaban las horas y, como era de esperar, el tema de conversación migró rápido, del apagón en sí, a la preocupación por el abastecimiento. ¿Supermercados abiertos? ¿Agua? ¿Comida? Lo básico, de repente, volvió a ser lo importante.

La comunicación, fiel a su costumbre en momentos críticos, se volvió un goteo. Las noticias informaban poco, mientras WhatsApp se llenaba de teorías conspirativas tan disparatadas como tentadoras. Y mientras las certezas escaseaban, lo que no faltaba era la oscuridad. Literalmente.

La estampa era surrealista, la gente en la calle. Sin tecnología no hay teletrabajo, ni redes, ni memes de emergencia. Las pilas empezaron a cotizarse como si fueran bitcoins y, sorpresa, si no llevabas efectivo, tampoco podías comprar pan. Bienvenidos a un mundo donde, si no tienes papel (del de pagar), te mueres de hambre.

La noche cayó, y con ella un silencio de esos que te hace dudar si la ciudad sigue habitada. Pero las estrellas —esas que siempre estuvieron ahí, ignoradas por nuestras pantallas— brillaban.

Los edificios apenas se intuían, revelados de vez en cuando por los faros de algún coche o la luz azul de las sirenas.

Y lo más curioso de todo, mientras las calles parecían escenas de una película de zombis, los carritos del supermercado —sí, esos mismos— seguían iluminados, como si ellos, y no nosotros, fueran los verdaderos privilegiados del apocalipsis.

Publicidad


Síguenos

8,081FansMe gusta
1,640SeguidoresSeguir
998SeguidoresSeguir
883SuscriptoresSuscribirte