El arte, cuando se encarna, educa sin pedir permiso.

El cuerpo en plena acción. Irene Naranjo, en escena, arquea el gesto como quien convoca memoria. No es ensayo, es entrega. Cada curva, cada tensión, cada silencio corporal habla de historia, de oficio, de tierra.
El cuerpo en plena acción. Irene Naranjo, en escena, arquea el gesto como quien convoca memoria. No es ensayo, es entrega. Cada curva, cada tensión, cada silencio corporal habla de historia, de oficio, de tierra. (Foto: Rut GG).
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programa de eventos del Ayuntamiento de Montijo

por Rut GG


El cuerpo enseña lo que la palabra no alcanza

La sensibilidad de lo despacio. Lo sereno. La sencillez de la entrada en escena. La música. El sonido que pone voz al arte contemporáneo. El silencio sonoro, a gritos, de Irene Naranjo con Jaranda. Qué fácil es gritar a voces, y qué sutil, qué elegante, qué bello es transmitir en silencio.

Con los pies desnudos y el rojo a cuestas, el cuerpo entra en escena como quien carga historia.
Con los pies desnudos y el rojo a cuestas, el cuerpo entra en escena como quien carga historia. (Foto: Rut GG),

Retumba en el cuerpo. Irene. Y junto a ella, la percusionista, caja y pulso. Y una voz que no canta, sino que invoca.

El ritmo también cuenta historias. La percusionista, al cajón, sostiene el pulso de la escena. Cada golpe es memoria, cada pausa es tensión. Mientras Irene danza, ella marca el compás invisible que une cuerpo, tierra y relato. Porque en Jaranda, la música no acompaña: dialoga.
El ritmo también cuenta historias. La percusionista, Vicky González, al cajón, sostiene el pulso de la escena. Cada golpe es memoria, cada pausa es tensión. Mientras Irene danza, ella marca el compás invisible que une cuerpo, tierra y relato. En Jaranda, la música no acompaña, dialoga. Fotto: Rut GG).

Cánticos que nos transportan al Monasterio de Yuste, como si los monjes jerónimos regresaran por un instante para bendecir el escenario.

Diálogo en escena. Jaranda.
Diálogo en escena, irene naranjo y Vicky González. (Foto: Rut GG)

Como si el teatro fuera claustro, y el cuerpo, altar.

El cuerpo deja rastro. En plena actuación, la larga exposición revela lo invisible, la estela del movimiento, la memoria del gesto. No es solo danza, es archivo en fuga. En Jaranda, cada desplazamiento es historia encarnada, y cada imagen, una lección de lo que el cuerpo sabe. (foto: Rut GG)

La dureza de la recolecta. El gesto agresivo y relajado de quien suelta lo que pesa.

Así lo muestra Irene, con cada caída, con cada giro, con cada pausa que huele a pimentón de la Vera. A pimiento seco, a madera que cruje, a manos que saben.

El movimiento como rastro. En plena actuación, el cuerpo se multiplica en el aire. La larga exposición revela lo que el ojo no capta: el eco de cada gesto, la estela de cada giro. Sobre el suelo, los objetos rojos brillan como semillas. Porque en Jaranda, la danza no solo se ve: se queda.
El movimiento como rastro. En plena actuación, el cuerpo se multiplica en el aire. El eco de cada gesto, la estela de cada giro. Sobre el suelo, los objetos rojos brillan como semillas. En Jaranda, la danza no solo se ve, se queda. (Foto: Rut GG).

Nuestros ancestros. Nuestro presente. Nuestro futuro. El pimentón. Era fácil saborear la obra porque, ¿quién no escucha el sabor del color rojo? Los pimientos y su sonido, huecos como sonajeros, polvo con olor. El cuerpo baila como si fuera tierra sembrada.

El teatro como experiencia compartida. En plena función de Jaranda, el público observa, escucha, siente. En escena, cuerpo y sonido dialogan. La luz recorta el gesto, la música sostiene el relato. (Foto: Rut GG).

Irene cultiva memoria sobre el escenario. La expresión de su rostro –música– nos transporta. Nos hace sentir la fuerza de las mujeres del pasado. Voz. Comunicación. Unión. Fuego.

Desde el público, el canto de Ana Gutiérrez, brota. (Foto: Rut GG).

Y reitero, hay que involucrar a quien quiera. Niños, jóvenes, adultos, mayores. A ver a través de las emociones.

La cultura se hereda en fila. Una familia sentada, esperando que empiece. No hay solemnidad, hay presencia. El teatro como espacio compartido, como gesto que se transmite. Aquí no se viene a entender, se viene a sentir. Porque cuando el arte se vive en compañía, se convierte en memoria colectiva.
La cultura se hereda en fila. Una familia sentada, esperando que empiece. No hay solemnidad, hay presencia. El teatro como espacio compartido, como gesto que se transmite. Aquí no se viene a entender, se viene a sentir. Porque cuando el arte se vive en compañía, se convierte en memoria colectiva. (Foto: Rut GG).
El teatro como umbral. Afuera, la espera. Adentro, el ritual. El Teatro Municipal se convierte en lugar de encuentro, de cruce, de comunidad. No se entra solo: se entra con la memoria, con la emoción, con el deseo de mirar juntas.
El teatro como umbral. Afuera, la espera. Adentro, el ritual. El Teatro Municipal se convierte en lugar de encuentro, de cruce, de comunidad. (Foto: rut GG)

Porque sí, la vida está jodida. Pero también, la vida es belleza. Solo hay que saber dónde encontrarla.

La infancia también escucha. En medio del teatro, una niña sonríe. No hay distracción, hay presencia. El arte no necesita traducción: se entiende con el cuerpo, con la emoción, con la mirada. Que los niños estén aquí no es casualidad: es futuro sembrado. Porque si el teatro se habita desde pequeños, la memoria se cultiva desde dentro.
La infancia también escucha. En medio del teatro, una niña sonríe. No hay distracción, hay presencia. El arte no necesita traducción, se entiende con el cuerpo, con la emoción, con la mirada. Que las niñas y los niños estén aquí no es casualidad, es futuro sembrado. Porque si el teatro se habita desde pequeños, la memoria se cultiva desde dentro. (Foto: Rut GG)

Y si tú, madre o padre, aún no habías imaginado que el teatro podía ser una forma de enseñar historia, cultura, momentos de pausa y belleza a tus hijas, a tus hijos, a tus mayores, a tus amigas… te lo recuerdo. Porque el arte no es un lujo, es una herramienta de transmisión, de cuidado, de memoria.

Desde el otro lado del escenario. Antes de que el público vea, alguien prepara. El teclado, la voz, la luz. El cuerpo inclinado sobre la máquina, como quien afina un ritual. Porque el arte no empieza cuando se abre el telón: empieza en el gesto invisible, en el cuidado técnico, en la respiración compartida entre bambalinas. Aquí también hay danza, aunque no se vea.
Desde el otro lado del escenario. Antes de que el público vea, alguien prepara. El teclado, la voz, la luz. El cuerpo inclinado sobre la máquina, como quien afina un ritual. Porque el arte no empieza cuando se abre el telón, empieza en el gesto invisible, en el cuidado técnico, en la respiración compartida entre bambalinas. Aquí también hay danza, aunque no se vea. (Foto: Rut GG)

Aunque rara vez ocupe titulares —porque no grita, porque no vende—, el arte está. Existe.

Y cuando se presencia, reaviva. Nos devuelve algo que creíamos perdido, la capacidad de sentir juntas, de pensar despacio, de mirar con otros ojos.

Antes de que empiece, ya está pasando. En el vestíbulo, las conversaciones. Las miradas que se cruzan. Las expectativas que se rozan. El teatro no empieza en el escenario: empieza en el encuentro. En la gente que llega, que se reconoce, que se dispone a sentir juntas. Porque el arte no se consume, se comparte.
Antes de que empiece, ya está pasando. En el vestíbulo, las conversaciones. Las miradas que se cruzan. Las expectativas que se rozan. El teatro no empieza en el escenario, empieza en el encuentro. En la gente que llega, que se reconoce, que se dispone a sentir juntas. Porque el arte no se consume, se comparte. (Foto: Rut GG).

Y lo tengo que decir, ir al teatro no es caro. Caras son unas Nike, o unas Adidas 360 (o yo qué sé). El teatro (la danza), para todo lo que aporta, es muy muy barato.

Queridas, no faltéis. Queda mucho por ver.

Y ahora, la sinopsis. Y un poquito de historia.

Irene Naranjo convierte el escenario en campo, en memoria. Jaranda es cuerpo sembrado, gesto ritual, danza que invoca.

El cuerpo se desdobla en el aire, como si la memoria se moviera más rápido que el tiempo.
El cuerpo se desdobla en el aire, como si la memoria se moviera más rápido que el tiempo. (Foto: Rut GG).

Es la historia del pimentón de la Vera hecha movimiento, esa especia que llegó desde América en el siglo XV y fue cultivada por los monjes jerónimos en el Monasterio de Yuste.

La sombra proyectada sobre el muro no imita: recuerda, como si el cuerpo dejara huellas de memoria en la piel del ladrillo.
El cuerpo se prepara, la escena se calibra. Todo lo que luego parecerá espontáneo, aquí se ensaya con precisión y cuidado. (Foto: Rut GG).

Lo que empezó como cultivo ceremonial se convirtió, con el tiempo, en el motor económico de toda una comarca.

En el siglo XVIII, el pimentón impulsó la revolución agraria en Extremadura, transformando el paisaje, la industria y las relaciones sociales.

Hoy, bajo la Denominación de Origen Protegida, sigue siendo símbolo de identidad y sustento para cientos de familias.

Irene lo encarna desde el cuerpo, cada giro es una molienda, cada caída una cosecha, cada pausa un secado al sol. Su danza no representa el pimentón, lo invoca.

Lo hace carne, lo hace historia, lo hace futuro. En Jaranda, el teatro se convierte en campo, y el cuerpo en territorio sembrado de memoria.

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