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La escritora montijada Vanessa Cordero ha dedicado unas palabras a la Residencia de Mayores Virgen de Barbaño en el día del amor.

«Cruzar la puerta de la Residencia de Mayores Virgen de Barbaño es apagar los grises del alma y encender el fuego de la vida», expresa Cordero.

Los usuarios de la Residencia de Mayores Virgen de Barbaño, han celebrado el día de San Valentín como auténticos Masterchef, cocinando en el exterior de las instalaciones y degustando los platos cocinados.

 

Disfrazar los miedos y celebrar el amor

La vida, un laberinto, una isla o un parque donde aprender a jugar. Son días de disfrazar los miedos, de romper el antifaz de la tristeza, de pintarse una sonrisa de colores en los labios…

Días raros, pero, a pesar de todo, con el sol de frente y las manos llenas de esperanzas nuevas.

Un fin de semana diferente donde se han unido el día del amor en el calendario y una fiesta con sabor a ausencia que muchos han extrañado…

Cruzar la puerta de la Residencia de Mayores Virgen de Barbaño es apagar los grises del alma y encender el fuego de la vida. Es amar el tiempo, es detener las prisas, es bailar con el corazón lleno de verdades.

Ellos, ángeles que pellizcan el cielo con las manos temblorosas, en ellos late la mirada más limpia, la más sabia, la que nos muestra la grandeza de un gesto, la que acaricia, une y salva.

Un San Valentín que ellos sienten cada día del año gracias a las maravillosas personas que velan por ellos, los cuidan, los protegen, los miman y los llenan de alas blancas. Ellas los protegen de las noticias que arañan por dentro, ellas les muestran el brillo de los días haciéndoles sentir protagonistas de cada instante, haciéndoles sentir únicos, porque lo son, porque jamás dejarán de serlo.

Estremece detenerse en sus ojos llenitos de ilusión cuando los llaman por su nombre, cuando les hacen partícipe de un día diferente, cuando con un gorro y un delantal son los “Masterchef” más entregados que jamás verás en ninguna pantalla de tv…

Héroes ilusionados con un cucharón en las manos y la sal surcando sus labios. Cocinando vida, cocinando ganas, cocinando ante un cielo sin nubes que les regala su calor, su fuerza, su energía, su belleza.

Ellas, su sombra y su espejo, guías desde el amanecer de sus dudas y silencios, ellas, que les llenan de aliento, les dibujan un mundo lleno de flores, pájaros y azules, ellas, que se esconden los oscuros y las lágrimas en un bolsillo y brindan con la felicidad para ponérsela ante sus pies, para que caminen con ella, para que nunca les falte un latido de esperanza en su corazón de papel y sabiduría, porque ellos no, ellos no pueden dejar de sentir que la vida es bella…

Porque lo es, aunque quizás tú y yo, al otro lado del tiempo, no sepamos verlo… A ellos no, a ellos no se les pueden apagar las luces, a ellos debemos mantenérselas encendidas, no, no podemos permitir que la realidad llene de sombras su vulnerabilidad, su fragilidad, su magia…

Y hoy, al cruzar esa puerta, los he mirado uno a uno, me he quedado prisionera en cada mirada queriendo descifrar sus sentimientos, queriendo dedicarles el cuento más hermoso jamás escrito, queriendo quedarme para aprender de ellos, de las enseñanzas que suspiran bajo esas arrugas tan bellas que te llenan de escalofríos el pecho, de ese entusiasmo que se resbala entre sus dedos, de esa libertad y honestidad que navega en sus palabras.

La vida es bella y hay que seguir espantándoles a ellos, a nuestros mayores, los fantasmas, hay que vestirles de fiesta el alma, y los monstruos del presente que se queden fuera que, ya nosotros, les pondremos trampas y sabremos vencerlos. Y tras los umbrales de la Residencia Virgen de Barbaño puedo decir que otra realidad sí es posible.

Que aún podemos mirar con los ojos de un niño por muchos años que dicten en nuestro DNI.

Que hay que regalar copas llenas de optimismo hasta dejar ebria a la melancolía.

Hoy mi mundo ha dado un vuelco. He visto vida y he visto al amor en su expresión más pura. Al entrar por esa puerta hay que dejar al otro lado la tristeza, los suburbios de la pandemia, el temblor y los periódicos.

Y bailar, porque la vida es un Carnaval y las penas se van cantando… La vida es bella ¡qué duda cabe! Solamente hemos de sentirla, valorarla y amarla como lo hacen ellos, sin relojes, sin horarios, disfrutando de cada suspiro de vida y, sintiéndose, por un momento, eternos, como lo serán sus miradas de algodón, los estremecer es de su risa y su ejemplo de voluntad en mis recuerdos…