por Rut GG
Miles Davis, mientras escribo
Hay obras que nos ayudan a mirar la historia con otros ojos. El perfume del tiempo (de Chema Cardeña) pertenece a ese teatro que recupera lo que un Estado intentó ocultar y lo devuelve al presente con la fuerza de un recuerdo que sigue vivo.
La trama nos lleva a Buenos Aires, 2010. Héctor Kessler –interpretado por Juan Carlos Garés–, médico militar retirado, arrastra el peso de una historia marcada por la última dictadura argentina. Vive encerrado entre frascos de perfumes caseros y silencios.

Sus hijos –interpretados por Iria Márquez y Manuel Valls– intentan sacarlo de ese encierro, pero todo cambia con la llegada de Sofía Timmerman.

Ella forma parte de las Madres de Plaza de Mayo —y, en la obra, es la abuela de Victoria—, el colectivo nacido en 1977 durante la última dictadura argentina para buscar a sus hijos detenidos‑desaparecidos.

También integran la lucha por recuperar a los bebés robados, hijos e hijas de personas desaparecidas que fueron apropiados y criados con otra identidad.

El personaje de Timmerman –interpretado por Marisa Lahoz– representa esa lucha incansable por la verdad y la memoria, y su aparición es lo que rompe definitivamente la quietud de la casa y de la historia.


A partir de ahí, la obra deja de ser ficción para convertirse en espejo. En memoria. En un recordatorio incómodo de cómo la política de aquellos años convirtió la maternidad en botín y la identidad en mercancía.

La puesta en escena es precisa, contenida. Las proyecciones, los titulares, el ajedrez como metáfora de decisiones que cambian vidas… todo está al servicio de una verdad que no necesita adornos.

Y los actores, lejos de interpretar, encarnan. Se dejan atravesar por la historia. La sostienen con una honestidad que desarma.

El momento más brutal (para mi) —y más honesto— llega cuando el hermano dice:
«tu padre te dio la vida.»
Y ella responde:
«No me la dio. Me la quitó.»

La sala quedó suspendida con esa sentencia histórica. Es la voz de miles de hijas e hijos que crecieron con una identidad prestada. Es el eco de madres a las que les arrancaron a sus bebés sin explicación, sin duelo, sin justicia.


Cuando terminó, nadie se apresuró a aplaudir. Hubo unos segundos de silencio, de esos que pesan porque cada persona está procesando lo que acaba de ver.

Y después sí, llegaron los aplausos, creo, que no eran aplauso a la técnica ni al espectáculo. Era un reconocimiento a la importancia de contar esta historia y a la necesidad de no olvidarla.

El perfume del tiempo merece llegar más allá de los teatros. Su lugar también está en las aulas, en los institutos, en esos espacios donde se debería aprender a pensar con contexto.
Aporta cultura, sí, pero sobre todo ofrece memoria viva. Su historia trasciende lo argentino y toca algo universal, el poder cuando borra identidades, la fragilidad de quienes quedan atrapados en ese silencio, la memoria como forma de reparación.

Las nuevas generaciones conviven cada día con titulares veloces y discursos que saturan sin explicar. Frente a ese ruido, esta obra propone otra vía, comprender desde la experiencia.
Y es que el teatro, cuando se hace desde la verdad, tiene la capacidad de hacer sentir la historia.
Y lo digo con cariño por mi pueblo, El perfume del tiempo merecía un teatro completo. Quedaron algunos asientos libres y esta es una obra a la que vale la pena acercarse. La experiencia de ponerse frente a la historia, sentirla y comprenderla, es algo que enriquece a todas las personas.
Da gusto ver actores capaces de transmitir con tanta fuerza, así sí.
Una obra que merecía una sala llena. Ojalá vuelva, porque nadie debería perdérsela.
Y por eso, si algo tengo claro, es que necesitamos apoyar aún más el programa cultural de Montijo.
Hay propuestas que no pueden pasar desapercibidas. Hay que venir, hay que estar, hay que llenar las butacas.
Cuando la cultura se cuida, el pueblo crece.

















