
“Me gustaría que la escultura transmitiera cercanía y se convirtiera en un punto de calma dentro del instituto”
—Jara Roque—
Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca (1997-2002), Jara Roque desarrolló una primera etapa en Madrid, donde compaginó la preparación de oposiciones con la impartición de clases de pintura en escuelas urbanas.
En 2004 inició su labor como profesora de secundaria en centros públicos de Extremadura y, desde 2006, ha alternado su trayectoria docente entre este ámbito y el de Artes Plásticas y Diseño. En este contexto, ha trabajado durante nueve años —no consecutivos— en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida, donde ha impartido asignaturas como Dibujo Artístico, Volumen y Proyectos Artísticos.
En los últimos años, a raíz de su maternidad, su práctica se ha orientado principalmente hacia el dibujo, una disciplina más ágil y con menores necesidades de infraestructura que la escultura, lo que le permite desarrollarla en cualquier momento y lugar.
Sobre este recorrido y su evolución artística, la autora profundiza a continuación en la entrevista.
Entrevista:
¿Cómo contactó el instituto contigo para este proyecto?
Durante este curso, mi destino es en el IES Enrique Díez-Canedo de Puebla de la Calzada, y coincidiendo con el 30 aniversario del Centro, se me propuso la realización del busto desde el equipo directivo.

Cuando te propusieron crear esta escultura, ¿qué fue lo que más te atrajo del proyecto y qué te hizo decir “sí, adelante”?
Sinceramente, mi primera reacción fue de un gran respeto profesional.
Llevaba mucho tiempo sin modelar a esta escala y me planteé el reto de si podría afrontar un proyecto de esta envergadura con el nivel de exigencia que requería.
Fue mi padre —también profesor de dibujo y mi maestro desde la infancia— quien me impulsó a aceptar, planteándolo como la oportunidad perfecta para reencontrarme con la escultura.
Contar con su apoyo técnico en procesos como los moldes o la soldadura, y poder trabajar en su taller, ha sido fundamental para que este proyecto salga adelante.
Al investigar la figura de Enrique Díez‐Canedo, ¿hubo algún detalle de su vida o personalidad que te sorprendiera o que te ayudara a conectar con él de una forma especial?
Lo que más me conmovió, más allá de su brillantez intelectual, es que se dice que era una persona de una generosidad inmensa, siempre dispuesto a apoyar a nuevos talentos.
Esa calidez humana me ayudó a no ver el busto sólo como un monumento a un académico, sino como el retrato de alguien cercano y empático.
Tu obra tiene una presencia muy marcada. ¿Qué querías que sintiera alguien al verla por primera vez, incluso sin saber quién fue Díez‐Canedo?
Me gustaría que sintieran esa sensación de cercanía que transmiten las buenas personas.
He intentado mostrar esa sonrisa un poco arcaica y una expresión sincera en los ojos que hace que te apetezca mirarlo durante un rato.

Toda escultura tiene su desafío técnico. ¿Cuál fue el mayor reto de esta pieza y cómo lo resolviste?
Cada parte ha tenido sus dificultades desde el principio: decidir la técnica, los materiales, el tamaño o si optar por un bulto redondo clásico o algo más contemporáneo.
Si tengo que elegir, es posible qué el mayor reto sea el tema de las gafas. Para que el molde no se enganchara y la pieza saliera limpia, tuve que ingeniármelas para sacarla sin ellas.
Al final, lo que hice fue trabajar dos piezas por separado y unirlas después. Fue un trabajo de una precisión inmensa; tienen muchísimos puntos de unión que ahora no se ven, pero integrarlas sin que se notara la marca fue probablemente lo más laborioso de toda la escultura, además del desafío de que el retrato fuera lo más fiel posible a Díez-Canedo.
También conté con la ayuda de mi padre para que la soldadura de la base metálica quedara impecable.
Si tuvieras que describir la escultura con una frase clara y directa, sin tecnicismos, ¿cómo la definirías?
Para mí podrÍa ser “la pieza del reencuentro”: un intento sincero de captar su esencia mientras recuperaba la ilusión por volver a modelar.
¿Hubo algún momento del proceso en el que algo no salía como esperabas y tuviste que replantear la idea inicial?
¡Uf, muchísimos! (Risas). Sobre todo al principio, los primeros momentos fueron un verdadero desafío.
Al llevar tiempo sin modelar a esta escala, me planteé seriamente qué camino tomar y reconozco que barajé diferentes vías para resolverlo, desde procesos de molde previo hasta técnicas de modelado 3D por piezas.
Sin embargo, sentía que si optaba por una solución más «tecnológica» o rápida, la obra perdería esa alma que solo da el trabajo manual.
Afortunadamente, los propios problemas técnicos de esas alternativas me empujaron a volver a lo que realmente buscaba: el método tradicional de modelado y vaciado.
Ha sido un reencuentro precioso con el oficio.
Al final, la pieza no solo es un retrato de Díez-Canedo, sino también el resultado de haber recuperado la seguridad en mi técnica y en el proceso artesanal.
El IES celebra su 30 aniversario. ¿Qué te gustaría que esta obra aportara al centro en un momento tan simbólico?
Me gustaría que aportara, sobre todo, calma.
En un mundo que va tan rápido, que el busto de Díez-Canedo sea un punto de pausa y serenidad para el centro.
¿Qué reacción del alumnado te haría pensar que la escultura está cumpliendo su función dentro del instituto?
¡Bueno! Siguiendo con la respuesta anterior, la primera señal de éxito sería que, al ver la escultura, ¡de repente todos estuvieran tranquilos y atentos en el aula! (Risas).
Pero hablando más en serio, hay algo que me encantaria…
Por mi experiencia como docente, sé que en cada grupo siempre hay dos o tres alumnos que te miran de otra forma. Suelen ser chicos o chicas con problemas de autoestima, de integración o con situaciones difíciles en casa, que te toman como referente.
Años después, cuando sigues en contacto con ellos y ves que se han lanzado a algo artístico, te invade una satisfacción enorme al pensar que quizás tuviste algo que ver en ese impulso.
Aunque no he modelado el busto en clase, les he hecho partícipes de todo: les enseñaba fotos del proceso a diario y les contaba con total sinceridad mis dificultades, inquietudes y bloqueos.
Han visto que yo tampoco me sentía del todo segura, pero también han visto mi satisfacción al ver que el trabajo salía adelante y dentro de plazo.
Si esa admiración que me tienen les sirve para ver que es normal tener bloqueos, y que, aun así, se puede conseguir… si eso les da el empujón para dedicarse al arte si es lo que quieren, entonces la escultura habrá cumplido su función.
Desde tu punto de vista, ¿qué papel debería tener el arte en un centro educativo, inspirar, provocar reflexión, acompañar… o un poco de todo?
Creo que debe ser, ante todo, un estímulo de la capacidad creadora y de la actitud crítica.
En un mundo saturado de impactos visuales, aprender a entender las imágenes y los mensajes que se transmiten con ellas, a través de su propio lenguaje, es una herramienta poderosa de comunicación.
Saber decodificar ese lenguaje y, a la vez, ser capaces de generar una expresión propia —ya sea para comunicar un mensaje o como una forma de proceso personal— nos ayuda a entender mejor el mundo y a nosotros mismos.
El arte en el instituto debería servir para decirles que está bien dudar durante el proceso, que la búsqueda es tan importante como el resultado y que, en medio del caos del día a día, se puede encontrar en la creación, un espacio de calma.
Al final, más que inspirarles exclusivamente a ser artistas, creo que el arte debería darles las herramientas para interpretar la realidad y funcionar como una vía de bienestar personal, ofreciéndoles un lenguaje propio para canalizar sus emociones y encontrar su propio equilibrio.
Ahora que esta escultura ya forma parte del instituto, nos gustaría saber hacia dónde te está llevando tu camino creativo: ¿qué proyectos estás desarrollando actualmente o qué nuevas líneas te gustaría explorar en tu trayectoria artística?
Es cierto que este proyecto me ha dado un chute de energía increíble y me ha despertado las ganas de retomar el modelado, y otros proyectos artísticos.
Pero, siendo totalmente sincera, el día a día es complicado: conciliar la crianza con el trabajo y los proyectos personales es un rompecabezas.
Por eso, ahora mismo mi mayor proyecto es la constancia: con conseguir dibujar un poco cada día, me daría por satisfecha. No aspiro a grandes producciones, sino a mantener viva esa llama que se ha encendido con el busto de Díez-Canedo.
















