Final feliz para Pequeño Luchador, un cachorro abandonado en un contenedor de Valdelacalzada

Hemos recibido desde Valdelacalzada, a través de un lector, la entrañable historia de Pequeño Luchador, un cachorro de perro rerescatado por un grupo de vecinos de un contenedor de la localidad.

Los casos de abandono y maltrato animal son por desgracia frecuentes en nuestro entorno. En la mayor parte de los casos los animales mueren sin que lo sepamos, pero esta vez gracias a los vecinos valvienses la historia ha tenido un final feliz.

Así nos lo cuenta uno de los vecinos que participaron en el rescate:

«Os voy a contar una historia, una historia con nueve nombres propios, un PequeñoLuchador y un Hijoeputa

En un pueblo de Extremadura, de cuyo nombre me acuerdo a diario, una mujer, Gloria Escobar González, fue a tirar las sobras del mediodía al contenedor.

Al caer al fondo, se dio cuenta de que el ruido de la bolsa no estaba solo, y un sonido más vivo y menos contaminante se mezclaba entre los desperdicios.

¿Un gato?, ¿una rata? No, un perro. Un perro recién nacido.

Rápido llamó a su hijo Oscar Verdasco Escobar para sacarlo de allí.

Su cuerpecito minúsculo, mojado y muerto de frío; sus ojos, cerrados (no hay mucho que ver, hermano) y su voz, tímida y temerosa, gritaban socorro.

El frío y su reciente vida hicieron a los valientes ponerlo al sol y abrigarlo con mantas y papelotes. Pronto llegaron dos vecinas, Lorena Canchales Cumplido y Maria Del Mar Cumplido Parra y otro vecino, el que les cuenta esta historia.

Guiados por Patricia Tamayo Sánchez y Patricia Sol, dos salvadoras de los pueblos de al lado, fueron a buscar consejos, biberón y comida apropiada.

Lorena lo llevó a su casa y lo puso bajo el brasero. Mientras, Óscar le daba la leche, quizás la primera de su vida y los demás le preparaban la cama y buscaban ayuda para mantenerlo caliente y con vida.

Al ver que su estado requería de cuidados más intensivos, Emilia Roas Diaz, otra valiente del pueblo, los guió hasta Maite Ramos Carballo, de Badajoz, experta en cuidados de recién nacidos y abandonados, quién, al llevarle a #PequeñoLuchador, ya le tenía la cuna, el incienso y la mirra. Preparada, una vez más, para su nuevo salvamento.

Y estos ocho nombres propios pasaron un sábado de Navidad ayudando a vivir a otro nombre propio, de poco más de libra de chocolate y más dulzura que un flan de serradura.

Ah, me falta otro personaje, que por cobarde y sinvergüenza no sabemos su nombre, pero al que ya le buscan para aplicar la reprimenda adecuada, que aunque en mi país es de unos 600 euros y en otros, 3000 y cárcel, escocer escuece.

Pero ya que no tenemos nombre, le vamos a llamar: Hijoeputa.
Hijoeputa nació en un pueblo de las Vegas Bajas, quizás.

En su nacimiento, Hijoeputa fue ayudado por médicos y familiares, que lo mantuvieron caliente y sano.

#Hijoeputa fue bien alimentado, con buena leche materna, esa que #PequeñoLuchador no podrá probar nunca, y creció entre mimos, arrumacos y caricias.

Pero Hijoeputa, un día, vio como su perra tuvo perritos. Y no es que no los ayudara a nacer o a buscarles un sitio caliente y limpio… Hijoeputa lo metió en una bolsa, subió a su coche y lo tiró en el primer contenedor abierto que vio en el camino, porque Hijoeputa, además de cobarde y sinvergüenza, también es vago.

Y esta historia no tiene final, pues como otras historias, lo de tirar recién nacidos a contenedores y ríos, es práctica habitual en mi país. Un país donde a los animales se les considera cosas, donde el maltrato y abandono no tienen cárcel y donde en la cabeza de Hijoeputas como el de esta historia, no cabe la castración, la búsqueda de acogida o la adopción, sino el maltrato y el abandono.

Esta historia es real y está basada en un ser cuya vida pende de un hilo, y que unos pocos nombres propios ayudaron a no romper.
No sabemos cuanto durará PequeñoLuchador, pero dure lo que dure, al menos sabrá que los mimos, el amor y los cuidados existen. Esos mismos que otros, como #Hijoeputa, tuvieron al nacer.»