Fulgencio Fernández con algunos de sus alumnos en los años 70.

por Alfonso Pinilla


Fulgencio Fernández, bata gris, amable e inteligente, hábil con el pincel, rápido en la mecanografía. Para los niños era “Don Flugencio” y, con el tiempo, tras los buenos ratos compartidos corrigiendo dibujos y pintando cuadros, “Don Flugencio” acababa siendo “Don Flu”. Dicho así, sin pausa: “donflu”

Fulgencio Fernández en la actualidad, en su casa de Montijo. (Foto: Rut GG)

Sus clases de pintura y mecanografía eran un clásico del verano en Montijo. Muchos niños de mi generación pasamos las mañanas dibujando, o aprendiendo a escribir a máquina, en el primer piso de su magnífica casa de la calle José Canalejas (“calle Badajoz” para los montijanos). Aquellas paredes, escaleras y pasillos albergaban la estival algarabía de los muchachos que allí nos acercábamos.

Fulgencio Fernández, junto a otros alumnos, en 1951.

Mi madre me apuntó a las clases de don Fulgencio, amigo de la familia, para que, según sus propias palabras: “no estuviera tirando piedras todo el verano”. Esta expresión confundía mi mente infantil, pues no recordaba yo aprovechar los veranos para ir lapidando por ahí al personal. Andando el tiempo, claro, comprendí que la metáfora maternal se refería a la necesidad de aprovechar los días de vacaciones para hacer algo intelectualmente útil que “engrasara las neuronas” de cara a la vuelta al cole.

Excelente decisión, porque aquellas mañanas dibujando láminas y aprendiendo mecanografía llevaban aparejadas, además, nuevas amistades y sorpresas que aderezaban agradablemente el verano.

Solía ir a “Don Flu” a media mañana, en mi bici. Ir de “Esteban Amaya” a la “calle Badajoz” era para mí toda una aventura.

Por cierto, en aquella feliz niñez siempre creí que la calle Badajoz se llamaba así en homenaje al equipo de fútbol pacense, como lo probaba el hecho de que una casa situada en la esquina de esa calle con la ronda de los Mártires luciera un zócalo con los mismos colores –azulejos blancos y negros– del equipo capitalino.

Esas delirantes deducciones infantiles pretendían dar respuesta a los misterios de aquellos años, siempre fascinantes. Al “doblado” donde don Fulgencio nos daba las clases se accedía atravesando su casa.

Fulgencio Fernández en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, en 1968.

Las paredes del pasillo principal estaban cubiertas de platos engastados en preciosas estructuras de hierro que imitaban formas vegetales, dando colorido al conjunto.

Terminando el pasillo subía, a la izquierda, una escalera que conducía al primer piso, donde se hallaban las mesas de dibujo y las máquinas de escribir.

La bruma del tiempo probablemente me difumine detalles, pero recuerdo que aquel “doblado” estaba dividido en dos grandes salas, cada una para las disciplinas que allí se aprendían: dibujo y pintura en la sala situada a la izquierda de la entrada; y a la derecha, la habitación dedicada a la mecanografía, con mesas corridas donde se situaban las máquinas y sus correspondientes “métodos”.

Nunca fui hábil en el dibujo y por eso me sorprendía la facilidad con que algunos niños, quizá ya pre-adolescentes, eran capaces de dibujar las magníficas escenas impresas en las láminas de “Don Flu”: un rodeo en el salvaje oeste, un torneo en la lejana Edad Media, un velero de la Isla del Tesoro… Los menos duchos en estas lides artísticas nos conformábamos con dibujar a Mickey Mouse o al pato Donald sin demasiados errores, aunque siempre estaba don Fulgencio, que se paseaba sin parar toda la mañana entre las mesas, para corregir aquí y allá trazos mal dados. Y cuando se acercaba el final del verano, ya podías pintar un cuadro. Recuerdo uno, que aún conservo, de Dartacán desenvainando su espada en actitud desafiante.

En realidad, sólo di cuatro pinceladas a una composición que, como casi todas, era obra de la destreza en el manejo del lápiz y pincel de don Fulgencio.

Cuando fui un poco más mayor me atreví a dibujar caballos, el animal que más me gusta y que, sin duda, es uno de los más bellos del mundo. De aquellas clases aprendí la técnica para esbozar la cabeza de los corceles y, aunque están muy lejos mis producciones de la brillantez con que Fulgencio resolvía aquellas láminas, todavía ensayo simples escenas ecuestres cuando dibujo
con mis hijos.

Sin embargo, uno de los recuerdos más gratos que guardo de las mañanas con “don Flu” es la contemplación de sus espléndidas gallinas.

Uno de sus óleos. (Foto: Rut GG)

Cuando tenía avanzada la lámina del día, aprovechaba para bajar al patio y disfrutar del magnífico ganado de don Fulgencio: gallinas castellanas, cenizas (ahora conocidas como “extremeñas azules”), preciosas americanas y unos majestuosos faisanes
dorados, de capa roja y áurea pechuga. Tenía que bajar el maestro a reprender al alumno para que no se me fuera la
mañana deleitándome con estas hermosas aves. Un mes de septiembre ya lejano, cuando habían terminado las clases estivales y empezaban las ordinarias, Fulgencio se presentó un día en mi casa con una caja de cartón agujereada que contenía la pareja de gallinas americanas más bonitas que he visto.

El macho rojo, pequeño y grácil; la hembra rubia, que resultaría ser una excelente criadora. Estas eran las pasiones de la niñez, aquellos veranos en Montijo, el bullir del doblado de don Fulgencio, el griterío de los niños que, para relacionarse y hacer amigos, no utilizaban móviles, ni táblets, ni ordenadores… Bastaba con la realidad, aún no había nacido la “virtualidad” que, de tanto interconectar lejanías, nos ha acabado aislando de quienes tenemos más cerca.

Fulgencio Fernández hizo una gran labor por la cultura y la educación en nuestro pueblo, pues fuimos muchos los
niños que pasamos por aquél doblado donde pululaban escenas de mágicos mundos. Sirva el humilde recuerdo impreso en estas líneas como personal reconocimiento a su inteligencia, honestidad y habilidad para conectar con “la muchachada”.

Aún lo veo de vez en cuando, en mis paseos, y cruzamos un cariñoso saludo que me transporta a aquellos limpios veranos de la niñez donde todo era posible.