
por Rut GG
Si alguien te dice que la historia es aburrida, invítalo a Bacanal. No a una bacanal de esas con toga arrugada y resaca imperial, sino a la obra de teatro de David García-Intriago junto al violinista Santiago Vokram, dentro del Festival Clásicos en Santa Clara. Donde Dionisio se mezcla con carcajadas, el beso romano con la libertad femenina, y el humor con el rigor histórico, todo regado con música en directo y mucha, mucha complicidad.
La representación fue un ritual escénico delicioso. En la plaza de Santa Clara no solo se representó una obra, se saboreó la vida.
Y eso, en tiempos donde la muerte está tan presente, tiene un valor casi sagrado.
Con una copa (real o simbólica) en alto, el público brindó por la libertad, por las mujeres que han sabido serlo desde siempre, y por la historia contada con chispa, inteligencia y emoción.
Porque sí, Bacanal también es eso, una clase magistral disfrazada de carcajada. David, con su verbo afilado y teatral, nos pasea desde la antigua Roma —donde los besos se usaban como prueba de alcoholemia conyugal— hasta nuestras propias contradicciones actuales. Y lo hace con una velocidad narrativa que solo puedo comparar con poner un audio a 1.5x ¿La diferencia? Que aquí no te pierdes ni una coma. Va tan rápido, tan agudo, tan afinado, que no da tregua al bostezo. Un ritmo perfecto para las nuevas generaciones… que, curiosamente, casi no estaban allí. Y es una lástima, porque esta Bacanal es para ellas. Para los jóvenes que consumen historia en pildoritas digitales, que necesitan que el conocimiento venga con ritmo, humor y verdad. David lo tiene todo, es puntero, lúcido, directo al corazón.
La función se sintió como un regalo, para quienes ya amamos el teatro, y para quienes aún no sabían que lo necesitaban.
Como decía una espectadora al salir: “Una forma magnífica de desconectar”.
Hubo improvisación, participación espontánea (¡Paco, ya eres personaje!), y ese tipo de momentos que no se ensayan pero se quedan. Porque el teatro, cuando es de verdad, sucede entre lo que se dice y lo que se siente.

Gracias a David, al violinista con percha, a las mujeres que bebieron vino y pensaron por sí mismas, y a todo un equipo que recuerda que educar también es emocionar. Que la igualdad no se impone, se contagia. Y que la libertad no se declama, se vive…
Porque obras como Bacanal no solo entretienen, despiertan.
Y quizá por eso vale la pena sentarse, una noche cualquiera, en una butaca y dejar que el teatro nos sacuda un poco. Que nos ríamos, que aprendamos, que brindemos. Y que, al salir, algo haya cambiado.
El teatro no se ve, se vive. Larga vida.
















