por Antonia Gómez Quintana

Cualquier país lleva a gala su bandera hasta en la ropa interior. No es nuestro caso. Porque las heridas siguen abiertas y las fosas cerradas.

Porque no hemos tenido un juicio de Núremberg, sino una medrosa continuidad de la dictadura, alargada por la sombra de una modélica Transición, trufada de falangistas y postreros ministros franquistas.

Unamos a esto el postureo que conlleva la ley de la memoria histórica, una palangana donde lavar la conciencia de los burócratas y secarla en un trapo tricolor.