por Alfonso Pinilla
(Artículo publicado en la revista de Feria de Montijo 2025)
No hay afán de exhaustividad en lo que ahora leerán, ni estudio científico alguno, sólo un rosario de recuerdos hilados por percepciones personales y sentimientos
La memoria siempre es selectiva y en ella influyen los sentimientos, por eso los recuerdos no se ordenan fría y racionalmente, sino que en ellos hay pasiones del ayer mezcladas con pálpitos presentes, como si la memoria fuera cuenca y fuente a la vez. Cuenca de vivencias acumuladas a lo largo de los años y fuente de relatos donde pretérito y actualidad dialogan libremente. Este verano he hablado con personas nacidas a mediados del siglo XX, con el fin de que me contaran “cómo era su Feria”, cuando aún no existía el recinto ferial y las fiestas patronales se celebraban en el centro del pueblo. No hay afán de exhaustividad en lo que ahora leerán, ni estudio científico alguno, sólo un rosario de recuerdos hilados por percepciones personales y sentimientos, un patrimonio inmaterial tan valioso como intocable. Así va tejiéndose la Historia, con relatos agavillados que sirven de zaguán para que después, a través de método y paciencia, el historiador pueda construir la casa de la memoria colectiva desde cimientos firmes. Aquí van sólo unos ladrillos, retazos volanderos del pasado.
La Feria en los años sesenta y principios de los setenta
Pilar García, nacida en 1950, recuerda que aquella Feria de los sesenta empezaba el día 7 con los fuegos artificiales, lanzados desde las traseras de la Iglesia de San Pedro. Terminado el espectáculo inaugural, se abrían los puestos y las atracciones. “Y… ¡a ver la Feria!”, me dice, “dando unas cuantas vueltas para, después, regresar a casa”.
El 8 de septiembre era el día grande para todos los montijanos. Amanecía envuelto en la música de la “Diana Floreada” que una charanga interpretaba por las calles. En torno a las 11 de la mañana, salía la Virgen de Barbaño en procesión y casi todo el pueblo se echaba a la calle para ver a su patrona, en medio de cánticos. “Era muy emotiva esa procesión”, me comenta, “esa mañana del día 8, no se olvida”. Después de la procesión comenzaba “el matiné” en el Casino y, por la tarde, las atracciones abrían sus puertas para goce y disfrute de los montijanos: los caballitos, la noria, el tren de los escobazos, las barquitas propulsadas por la fuerza del feriante (cuyo rudimentario freno consistía en un tablón y una cadena), el tren de los escobazos… Así avanzaba la tarde hasta que empezaba el baile y el “teatro Mari Paqui”.
Entre los puestos de la Feria, durante aquellos años sesenta, había casetas de tiro, donde los jóvenes ensayaban su puntería. Un blanco en la diana equivalía a una pequeña botella de anís. Y luego estaba Rosita, la madre del gran Emilio, que iba por la Feria con una ruleta y una cesta cargada de bisutería. Probar suerte en la ruleta de Rosita te costaba una peseta. Según donde cayera la bola, tenías un premio distinto.
Aunque “el centro neurálgico” de la Feria comprendía el espacio que va desde la Plaza de España hasta el Piquete, existían otros lugares de reunión en aquellos días de septiembre, por ejemplo la piscina Cavi, donde también había baile, amenizado, entre otros, por la Orquesta de Alberto Pirfano. No faltaban los cantaores en el Salón Moderno de don Modesto Cabeza. Venían, por aquellas fechas, los más grandes a nuestro pueblo: Juanito Valderrama, Manolo Escobar, Marifé de Triana… Y, en el mundo del bolero, el inigualable Antonio Machín, entre muchos otros.

Luis Núñez (Luichi) me ha contado de primera mano la estancia de Valderrama en el Salón Moderno, regentado por D. Modesto, que se había casado en segundas nupcias con su abuela. Daba la casualidad de que algunos artistas se hospedaban “en casa del abuelo” de Luis antes o después de su actuación, y resulta que durante una de las estancias donde coincidieron Juanito Valderrama y Dolores Jiménez (la Niña de la Puebla), el pequeño Luis se quemó el brazo con aceite hirviendo. “Toda la noche estuvimos La Niña de la Puebla y yo soplando sobre tu brazo para aliviarte el dolor”, le contó el maestro Valderrama a Luichi años después, cuando éste lo abordó en el aeropuerto de Barcelona y le dijo que era de Montijo.
El olor a camarones y gambas, a las manzanas de caramelo y las chufas, al turrón y a las almendras garrapiñadas transportan a Luis Núñez a la feria de aquellos años, donde recuerda al ingenioso padre Dimas y sus famosas frases: “¡Lo estamos dando, lo estamos regalando!”, o aquella otra: “¡Cambio a la mía de 50 por dos de 25!”. También viaja, de memoria, a las veladas en el Bar España y al chocolate Quitín –sin olvidar el Noguerole– que compraba en los puestos de la Plaza para ver si le salían “los santos” que faltaban en el álbum. No olvida Luis la ilusión de estrenar ropa nueva y degustar alguna comida especial durante la Feria, costumbres extendidas entre muchas familias montijanas al llegar esos días. Cuando fue “mayorcito”, Luis acudía con su pandilla al baile de Cuéllar, situado donde hoy se localiza la carnicería Martínez, tras la iglesia de San Pedro. Y asistía a las múltiples actividades lúdicas que se organizaban durante la Feria, entre ellas al “concurso de electricidad” donde los jóvenes montijanos tenían que demostrar su pericia ante un circuito repleto de cables, bobinas e interruptores.
A partir de los 14 o 15 años, “Luichi” se subió al escenario, su auténtico y mejor hábitat, primero con el grupo Los Rapaces, donde, más que tocar, cantaba sin saber una nota de música. Después imitaría a Little Tony en “Escala en hi-fi”, un concurso que organizó su club de amigos, inspirándose en el homónimo programa televisivo. Más adelante vendrían Los Siroco, Vientos del Pueblo… hasta llegar a Acuario, el grupo que le llevaría por numerosos e importantes escenarios extremeños.
Cuando “el gusanillo” de la música picó sin remedio a Luichi, éste se pasaba los días de la Feria sobre el escenario, desde la “matiné” hasta la “nocheiné”, pasando por la “tardiné”, como se decía en aquellos tiempos. La “matiné” empezaba a eso de las 12 y duraba hasta las 14 horas, cuando la gente se iba a comer. A las 20 horas volvía el baile con la “tardiné” hasta las 11 de la noche, y los más marchosos aprovechaban la “nocheiné”, desde las 12 hasta las 3 de la mañana, para apurar la velada al máximo. La gran afluencia de público que asistía a estas sesiones disfrutaba de los ritmos que tenían más éxito en la época: desde pasodobles a boleros, sin olvidar, cómo no, el “cante jondo”.

Eran días especialmente divertidos donde los montijanos pasaban mucho tiempo en la calle. La Feria estaba llena de gente, no como ahora, pues antes había pocas fiestas a lo largo del año y nuestros paisanos aprovechaban al máximo los escasos momentos de asueto de los que podían disfrutar. Hoy tenemos “mil rejolguetes”, como diría mi abuelo: desde la feria de la tapa al mercado medieval. Todo eso está muy bien, pero, a veces, el exceso de oferta inhibe la demanda, por eso la Feria ha dejado de ser una excepcionalidad para convertirse en un breve paréntesis donde muchos montijanos –sobre todo autónomos, empleados en los negocios locales y personas mayores– aprovechan para salir de vacaciones hacia lugares distintos. Es comprensible, aunque ello suponga que la Feria de hoy sea menos populosa que la de antaño. Los tiempos cambian, y hay que asumirlo.
El circo de los payasos, los espejos deformantes, los gigantes y cabezudos, las carreras de galgos en las Eras, las carreras de sacos, el tiro al plato y las peleas de gallos ingleses eran algunas de las actividades que procuraban divertimento a los montijanos. Para inmortalizar todos esos instantes, Visan, cámara en mano, paseaba por la Feria fotografiando a cualquier pareja de novios sentada en los “sofás” instalados en la atracción de los caballitos. Esta, y mil escenas más, están diseminadas por los álbumes familiares de nuestros paisanos. Todo ello conforma la memoria visual de Montijo.
Joaquín Serrano, que vivió en su juventud la Feria de principios de los años 70, me confiesa que su intenso trabajo durante aquellos días –ayudando en su empresa familiar, dedicada a la alimentación y al suministro de bebidas–, así como el mareo que le producían algunas de las atracciones provocaron en él cierta “animadversión” a las ferias. Eso sí, recuerda cómo “a lo largo de la baranda del campo de la Iglesia había colocado un sinfín de casetas con atractivos juguetes, hasta llegar a la altura del actual Teatro, donde antes estaba la Plaza de Abastos. Allí se colocaba una caseta de pinchos morunos… Por las horas en las que iba yo a hacer el reparto a domicilio, veía cómo guisaban la carne de cordero, con su aliño, en un inmenso baño sobre el que, en muchas ocasiones, volaban unas inmensas moscas verdes que parecían decir: ¡a ver qué pillo!”.

“Al lado de las escaleras de bajada de la Iglesia”, sigue Joaquín, se situaba el puesto de turrón de Castuera, “que venía en grandes bloques y que cortaban con una hachuela de carnicero”. A lo largo de la Avenida Emperatriz Eugenia se instalaban puestos que ofrecían distintos abalorios, así como bolsos, tambores y otras baratijas atractivas “que sólo veías en tiempos de Feria”. Justo donde ahora se halla la tienda “Clarel”, había una caseta de vino de Cariñena “Los Maños”, presidida por dos maniquíes articulados y ataviados con el traje de baturro, simulando que pisaban la uva en un lagar de madera. Me cuenta Joaquín que tiene vagos recuerdos del Teatro Chino de Manolita Chen, un espectáculo ambulante de calidad al que se le llamaba “el cabaret de los pobres”. Porque en aquella Feria de los sesenta y los setenta, como en cualquier evento popular, se concitaban todo tipo de clases sociales y niveles adquisitivos, sólo que antes, quizá, las diferencias eran más palpables en función de la indumentaria, las formas de socialización y las actitudes. En definitiva, concluye Joaquín, “cada uno cuenta la Feria como le va”. Y tiene razón, porque todo es cuestión de gustos, personalidades, circunstancias y coyunturas.

Nostalgia
A lo largo de estas páginas, he querido viajar al pasado a través de testimonios que ofrecen, tan sólo, algunas caras del riquísimo poliedro de la memoria. Ojalá estas palabras hayan servido, a quienes vivieron aquel ayer, para revisitar su juventud; y a quienes no lo vivieron, para comparar su presente con el pretérito del que proceden. Repasando estos recuerdos de la Feria, pienso que cualquier tiempo pasado no siempre es mejor, pero desde luego lo parece. Quizá todo se debe a la nostalgia que suscita la juventud, esa sensación que magistralmente inmortalizó Worsdworth en su famoso poema:
“Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza siempre habita en el recuerdo”


















