por Gerardo Hernández Zorroza

“Seguimos el rumbo, no el camino”, leía hoy en un discreto escrito de pared. Un rumbo que marcan las modas, los condicionamientos sociales o que seguimos simplemente dejándonos llevar por la comodidad.

El camino, sin embargo, es individual y precisa de introspección.

Desenvolverse en la vida siguiendo un “camino” (desde luego no el de Escrivá de Balaguer), sin dejarse arrastrar por las mareas, o aprendiendo a manejar estas a nuestro favor, tiene su truco, un truco muy antiguo que en Oriente se conoce como Wu-wei, y es la utilización de la fuerza del otro. Un esfuerzo este del Wu-wei, vano, estúpido y frustrante si es para conseguir meros caprichos superficiales (esos que gustan tanto a nuestros yoes o egos), pero que elevan nuestra condición humana, siempre frágil, a la de dioses que consiguen actuar la realidad que desean. No nos engañemos ni seamos cínicos buscadores de aplauso: es este, y no otro, nuestro destino final.