
Él se sienta en la plaza de Santa Clara y espera,
A la sombra de las celosías de las monjas,
al sol del membrillo,
echando la corrobla
con el que de su reloj de arena deja unos granos
para un saludo lento,
liviano y profundo;
con el que día día echa migas de pan
para reencontrarse;
con el que habita la soledad
en las vicisitudes hechas palabras
allí junto a los contrafuertes.
Perder, y a un tiempo,
ganar el tiempo.
















