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por Alfonso Pinilla




Saltando de una formación a otra, compaginando su participación en grupos con su integración en orquestas y el acompañamiento a solistas –Fermín, Juan Ángel, Manola Roque, Feli Acevedo– la carrera musical de Luichi es prolífica, intensa y diversa. Una carrera que le ha permitido cruzarse en el escenario con grandes figuras como Lola Flores, Rafael, Machín, Valderrama

Era cuando Montijo se convirtió en hervidero cultural, en epicentro de las Vegas Bajas, con su Festival de la Canción, su Salón Moderno a rebosar, su Hotel Colón recibiendo a las primeras figuras de la canción de aquella época.

Luis Núñez

Fueron Los Beatles quienes introdujeron el veneno de la música en el corazón de Luís Núñez (Luichi). Los escuchaba cuando empezaron a sonar y, enseguida, aquel joven e inquieto montijano se acercó a la guitarra. A partir de ahí, ya no hubo retorno, se inició un viaje que sigue hoy sin prisa, pero sin pausa. Primero en el Club 007, después en el 009, Luichi y sus amigos organizaban varios actos culturales en los que cabía el teatro, la literatura y, por supuesto, la música. Un tocadiscos de pila en la tienda de los Colino, ilusión y ganas de divertirse fueron los ingredientes de los primeros guateques y conciertos improvisados. Aquel muchacho que empezó imitando a Little Tony pronto acabaría formando parte de Los Rapaces, llegando a ser su vocalista, con sólo un objetivo: divertirse en el escenario. Y eso se notaba.

Después vendrían Los Sirocos y, a partir de ahí, un nutrido número de grupos que han explorado el rock, el blues, el jazz, el
folk, el bolero, la rumba o la canción protesta.

Los Sirocos, años 60: Pepe Casero, Diego Lechón, Paco Otero, Luis Nuñez y Antonio Rebolledo.

Fueron Los Beatles quienes introdujeron el veneno de la música en el corazón de Luís Núñez

La dictadura iniciaba su fase terminal y quizá alboreaba la transición a la democracia, pero esas disquisiciones políticas no habitaban el almade Luichi, felizmente entregado a la música. Después de Los Rapaces y Los Sirocos, integraría otras formaciones como Los Rebeldes, Verbum, Vientos del Pueblo, la importante Orquesta Acuario, Tentación, Elektra, Bahía Blanca, Alodia y Los Acústicos, Curiosa Gente, Pueblo, Los del Cerro, Pepe None, Quiny Fusión, Monty Jazz Ensemble, los Play boys, Sentimiento Loco, la Tomajazz Big Band

Luis Nuñez con Juan Ángel Rubio en un descanso de la gira.


Mejor no continuar la lista para no abrumar al lector, y mejor pedirle disculpas, de antemano, por alguna omisión porque muchas fueron las participaciones, los conciertos, las anécdotas y las noches en vela, recorriendo junto con tantos amigos escenarios cuya numeración excedería, con mucho, la extensión de este artículo.

Aprendió mucho de Joaquín Jiménez Torrado (Kini), a quien considera su maestro, y bebió del virtuosismo de B.B. King, Mark Knopfler o Eric Clapton, sus referentes. Le pregunto cómo se identifica a un buen guitarrista, si es la velocidad –lo más
llamativo– de los dedos sobre el mástil lo que resulta definitivo -rio para considerar a alguien “un figura”.

“No es la velocidad, que está muy bien y luce mucho”, me dice serenamente, y continúa: “es la técnica y la elegancia. Ambas son compatibles. La técnica es fundamental. Por su parte, la elegancia implica que la nota salga limpia, y se consigue cuando, en un concierto, tocas primero y sobre todo para ti, para tus adentros y desde tus adentros, disfrutando de lo que haces. Sólo así transmites, sólo así logras definir un estilo, sólo así eres identificable, sólo así puedes emocionar”.

Una nochevieja con la Orquesta Acuario, en el Hotel “Luz” de Sevilla, entró en la sala Mike Kennedy, antiguo cantante y fundador de Los Bravos, acompañado del promotor musical Emilio Santamaría (padre de Massiel). Sin saber por qué, Kennedy sube al escenario y les propone que le acompañen tocando algunos temas suyos como “Black is black”, el clásico italiano “La lluvia” o “La motocicleta”…

Luis Núñez en algún lugar de Andalucía en la década de los años 70


Y así fue, Acuario acompañó a Kennedy aquella mágica noche. En otra ocasión, estando en Portugal, antes de una actuación, Luichi andaba calentando en un rincón con su guitarra cuando un colega se acercó a él y, sin ensayar, acompañaron en algunas piezas a una cantante de fados. El “ensemble” había funcionado a la perfección. Después de que el improvisado grupo hubiera deleitado al personal con su música, el empresario responsable del espectáculo le dijo que había estado tocando con una de las primeras guitarras lusas, un figura que había colaborado nada más y nada menos que con María Dolores Pradera y Los Panchos.

Su pasado rockero también arroja gloriosas anécdotas, como aquella de la “Noche Roja” en la Plaza de Toros de Mérida, cuando el grupo en el que estaba entonces, Tentación, compartió escenario con Ñu, Asfalto y Tequila. Entre esas jornadas memorables destaca el primer Día de Extremadura en Guadalupe, ahora tocando folklore de la tierra con el grupo Pueblo, subido al escenario junto a Pablo Guerrero y Luís Pastor.

Su incursión en el folklore extremeño le hizo interesarse por este estilo de música e investigó sobre el asunto, llegando a musicar algunas piezas. Quizá en ese momento nació la vertiente compositora de Luichi, que ha dado temas a la Agrupación Cultural Agla y ha puesto música a poemas de Teodoro Gracia, Rafael Cañete, Juan Pablo Sánchez Miranda, Vanessa Cordero o Luisa Pimentel (poetisa portuguesa), entre otros. Casi cien canciones ha registrado ya en la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), de la que forma parte desde los años 80. Entre estas obras hay composiciones –letra y música– como la que dedicó al mítico bar “El Pipo”, donde se narra la historia de este establecimiento tan longevo. Una de sus últimas canciones está dedicada a nuestra querida amiga Antonia Gómez. En primicia he podido escucharla, pues aún no se ha estrenado, y me pareció emocionante por la sencillez profunda de su melodía y de su texto.

En la Biblioteca Municipal he hablado con Luichi una tórrida mañana de agosto, bajo el silencio de una sala infantil vacía, donde él iba recordando su dilatada trayectoria para terminar enseñándome, en el móvil, algunas de sus composiciones. Llegamos
a la canción dedicada a Toña y, emocionado, entiendo entre las notas de su guitarra y el hilo de su voz el profundo sentido de la música: tocar el corazón. Una melodía nos hace llorar, nos eriza el bello, nos hace también bailar, reír… Y, cuando años después,
esa melodía de nuevo visita el presente, los ecos del ayer nos envuelven en la nostalgia del tiempo aparentemente perdido y, de pronto, recobrado.

Eso es la música, tiempo correteando entre los dedos de Luchi cuando, con elegancia, acarician su inseparable guitarra. En ese instante habitan mil recuerdos, importantes teselas del rico mosaico que forma la memoria musical de Montijo.

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