
por Rut GG
Música en los barrios. En los parques. En las plazas.
Una buena forma de consumir cultura, al aire libre, entre vecinos, con la calle como escenario.
Una de las bandas me atrapó tarde. Entrar en su conversación me costó. Escuchaba frases sueltas entre instrumentos, el piano susurrando, la batería marcando ritmo, el saxofón lanzando preguntas que el contrabajo respondía. Pero confieso, esa noche, la tristeza me tenía distraída.


El equilibrio del oído se me fue entre pensamientos, y me perdí más de un fragmento del debate musical.

Aun así, cuando levantaba la mirada, algo me devolvía. La escena. La composición. Esa conversación instrumental, delicada y honesta, merecería una segunda escucha. Me la debo, se la debo.

Lo que sí vi fue un antiguo quiosco lleno de vida.
Vecinas y vecinos del barrio Colón, emocionados. Orgullosos. Ilusionados de ver su plaza transformada.

Porque dar vida a los barrios además de bonito, es necesario.
Y aquel viernes, en el quiosco de la plaza de Colón, se respiraba algo distinto. Un ambiente disfrutón. Familiar. Con emoción compartida entre quienes viven allí y quienes llegaban de otros rincones del pueblo —o de pueblos vecinos—.
La música, y el vino los reunió…
Una semana después, otro debate, otra plaza
Pasó una semana y me encontré frente a otro escenario, otro diálogo instrumental. Esta vez fue en el parque del Virgen de Barbaño.
Venía de la manifestación contra el genocidio en Palestina, en apoyo a la flotilla rumbo a Gaza. Con el corazón cargado, tropecé con guirnaldas cálidas que iluminaban el parque como si todo estuviera preparado para sanar un poco.

Había ensayos, pruebas de sonido, movimiento. El ambiente empezaba a armarse y la gente llegaba despacio, como atraída por algo que aún no sabían que necesitaban.

Y entonces empezaron a sonar los instrumentos, jazz y música africana, una fusión en calma. ¡Menuda fusión en el escenario! Kora, batería, guitarra, saxofón, violín… todo se sentía. Hasta la cámara sentía la música cuando la apoyaba en el suelo del escenario.

Era otra conversación, distinta a la del viernes anterior, pero hablaban el mismo idioma.
Entre risas y miradas cómplices, se entendían sin hablar. Se comunicaban también con Miguel Ángel, en la mesa de sonido, como si todo formara parte de una sola partitura invisible.



Y cuando las risas se alineaban, emergía algo bello, una conversación serena, armónica. Cada instrumento pedía su turno para hablar, y cuando lo hacían al mismo tiempo, no chocaban, se escuchaban.

Se daban paso. Se respetaban. “Habla tú, me gusta lo que dices”, parecía decir cada nota.

La música nos llevó de viaje por otros rincones del mundo. Viajes agridulces, con paisajes de injusticia… y otros llenos de belleza.
Porque el jazz habla.

Y sus raíces, las raíces de África, traducen. Transforman.
«Aquí estoy, esto soy, escúchame»
El jazz nace en Nueva Orleans, en el sur de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX.

No es una casualidad. Nueva Orleans era una ciudad portuaria, mezcla de culturas, africana, caribeña, europea. Allí convergían esclavos liberados, exsoldados, músicos callejeros, bandas de metales, cantos espirituales afroamericanos, ritmos africanos, blues, música clásica…

Todo eso —fricción, dolor, esperanza, improvisación— se convirtió en jazz.
En esencia, el jazz nace de la experiencia afroamericana, del trauma de la esclavitud, de la resistencia cultural, de la necesidad de expresión.

El jazz, una música que susurra y grita a la vez, “Aquí estoy. Esto soy. Escúchame.”

Y por eso el jazz no es solo un estilo musical, es una forma de conversación, de libertad, de identidad.
Improvisa, respira, responde. Nunca se toca igual dos veces. Como la vida.

Y los responsables de todo esto —como siempre— son los mismos, María, Holguera y el equipo que los rodea. Todo, con el apoyo del Ayuntamiento de Montijo.
















