
por Chema Álvarez
Pepe y Manuela
Es de justicia reconocer el paso de Manuela Roque y Pepe Melara por las llanuras de nuestros días, vecinos de Montijo y ciudadanos del mundo
Antes de que este otoño que llega invada por completo con sus sombras el luminoso y alegre verano, en este entretiempo de dessassosego em que o ar pesa e as cores abrandam, como escribió Pessoa, es de justicia reconocer el paso de Manuela Roque y Pepe Melara por las llanuras de nuestros días, vecinos de Montijo hasta la fecha y ciudadanos del mundo, esta última una categoría a la que solo accede quien anida pájaros de libertad en la cabeza y lleva por bandera un mundo nuevo en sus corazones.
Manuela Roque Hidalgo, mujer libre donde las haya, comunera, pétroleuse cuando se tercia, conversadora de sueños y tejedora de amistades, ha puesto su voz al sentimiento y a la revolución en una tierra donde la miseria va más allá de lo económico y el hambre no es solo de estómago, sino de gargantas secas incluso cuando llega le temps des cerises.
Su padre, Juan Roque, fue uno de los niños del Grupo Escolar Giner de los Ríos, la escuela de la Segunda República que el fascismo de Montijo mutiló dándole el nombre de un curato patriotero y catolicón que se las daba de pedagogo. Los fachas del pueblo (todavía los hay) no solo le cambiaron el nombre a la escuela: una tarde de septiembre del 36, tiempo de viñas y de moscas, cogieron al maestro, que andaba tomando el fresco, se lo llevaron a la puerta del cementerio y le pegaron cuatro tiros.
A día de hoy los instigadores de aquel crimen aún tienen nombre en las calles de Montijo.
Su madre, Juana Hidalgo, se pierde en esa categoría que durante los años de vergüenza de este país se denominaba “ama de casa”, mujeres que hacían del silencio la patria donde nos educamos los hijos e hijas que todavía andamos desenterrando el olvido.
Manuela y Pepe pusieron música a toda una época en la que las canciones decían mucho más que sus letras. Cuando se echaron a los caminos, no solo se atrevieron a cantar autores, poetas, que andaban prohibidos o en el exilio, tanto el del exterior como el del interior, sino que hicieron cultura con su voz y sus manos, a diferencia de la que hoy día se compra o se vende desde los despachos con dinero a espuertas del erario público.
Siempre acompañados por quienes bien les quieren, esa extraña familia que atiende más al grito del pueblo que a la misa de doce, tiñeron de rojo a duas vozes el erial de estos campos, donde la miseria del pobre se confunde con la vergüenza del lacayo, predios de la conformidad y el vasallaje en los que se premia la mediocridad cuando cumple con las buenas costumbres y se ningunea la excelencia que campea sin amo ni pesebre donde abrevar.
Atrás queda, para el recuerdo y aquí escrito para que nadie lo olvide, aquel grupo musical que Pepe y Manuela crearon en 1972, junto a Isabel Pajuelo, Mari Nieves Vila, Luis Núñez, José Antonio Triviño, José Antonio Rebolledo e Isabel Rebolledo. Le pusieron de nombre Viento del Pueblo. Quien no sepa de dónde viene este nombre debería correr a la biblioteca más cercana y recuperar el tiempo perdido.
Manuela Roque y Pepe Melara fueron, son y serán siempre romeros que cruzan por caminos nuevos, con un grito de pedrada contra cristales y rejas, como dijera Pacheco, amigos que un día nos regalaron libros y canciones, a quienes la vida les debe
un rendido homenaje.
Antes de que la voz sea silencio y el olvido o la distancia nos pueda, es de merecer decir sus nombres alto y claro, sobre la tormenta, sobre los truenos.
















