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por Héctor López Rodríguez


Pues te tengo que llamar:

Sí, hace tiempo que sé que te tengo que llamar y como siempre lo dejo o se me pasa. Hoy me he enterado que ya no podré hablar contigo. Joder, como sorprenden estas noticias, aunque muchas veces no sean tan inesperadas.

Estoy en un espacio frío, con una temperatura fría y la noticia me hiela. Estoy en un examen con mis alumnos y se me empiezan a pasar recuerdos por la cabeza, el principal de todos, es que si en algunos momentos no me hubieras echado una mano, pues probablemente yo no estaría en el sitio que estoy, haciendo una de las cosas más aburrida que tiene mi trabajo, vigilar un examen.

Pienso en la biblioteca, cuando aguantabas a patanes como nosotros, que perdíamos allí tardes enteras, haciendo como que estudiábamos. Eras más cuidadora de niñatos que de la cultura, por eso me tuviste un verano dando clases de Historia del Arte y en esas largas tardes, conseguiste que aprendiera aquello que Fidias afirmaba o que tú decidiste que afirmó: “…que el desnudo es tan democrático como la muerte…”

Cambiaste de lugar de trabajo, pero siempre había un rato entre la “humaranga” del despacho, para los que te íbamos a ver. Incluso considerabas la opinión de los demás en aspectos en los que tú nos sacabas miles de kilómetros de ventaja. Alegrabas la tediosa preparación de oposiciones y hacías creer que sí se podía, dejando participar en tus estupendas Jornadas de Historia a cualquiera, sentándolo en un lugar que estaba reservado para Historiadores de verdad.

La distancia, las circunstancias y la vida nos separan a todos, pero las visitas a ese templo de la nicotina, estuviera dentro o fuera de la ley el fumar, contigo de protagonista en el ayuntamiento o siendo víctima de algunas de las purgas que te infrigieron, siempre era diversión.

No voy a relatar todas tus obras y milagros, supongo que ya lo habrán hecho muchos, yo me quedo con tu espíritu crítico y con lo que más me gustaba de ti, tu ácido sentido del humor. Lo malo que lo cuenten otros, porque con todos los enemigos que te buscabas y que te encantaba tener, seguro que algo se les ocurrirá.

Me voy despidiendo y te digo que como ya no te veré en ningún lado, como poco, que tu nombre se quede en el edificio de la Comunidad de Labradores, porque con el coñazo que diste, es lo que te mereces.

Poco más compañera, porque despedirnos en este momento con un Salud y República, ausentes ambas, creo que sería tan difícil de entender, como cualquiera de tus artículos de la Ventana Digital.

Lo dicho, siento no haberte llamado últimamente, un beso y qué pena me ha dado que te mueras, Antonia Gómez.

Héctor López Rodríguez

Muere Antonia Gómez Quintana

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